NO QUIERO OTRO REY

por Alicia Pérez Gil

Alicai Pérez Gil, Felipe VI, escribir, leer, vivir, amar

Extracto de la página web de la Casa Real Española:

El tránsito del Antiguo Régimen al Estado Liberal es también el tránsito de la soberanía como competencia del Rey a la soberanía como atributo exclusivo de la Nación y así se estableció en Cádiz con la Constitución de 1812. En ese proceso de traslación de la titularidad de la soberanía hacia el pueblo, el monarca se afirmó como la máxima representación institucional y personal de la Nación soberana. Esta traslación es fundamental para comprender la identidad final del Rey en la actualidad como Jefe del Estado y representante máximo de la Nación en la cual reside la soberanía.

He dicho más de una vez, escrito puede que sólo una, que yo no soy española. Carezco de un sentimiento nacionalista y no creo que tenga más en común con mi vecina del segundo que con una mujer inglesa de un barrio obrero. Ni menos. He nacido en España y por lo tanto soy ciudadana del estado español. No creo en las naciones, que son una creación ideológica, que no existen más que como conceptos y que provocan desunión. Sin embargo es cierto que, a efectos administrativos, pertenezco a un estado, que debo regirme según sus leyes, cumplir con mis obligaciones de ciudadana y disfrutar de los derechos que me concede esa condición.

 

Soy ciudadana, no soy súbdita.

No soy ninguna de las dos cosas que dice la RAE que es un súbdito. No tengo la obligación de obedecer a ningún Borbón y puesto que el rey es, al parecer, un representante de la nación, tampoco es una autoridad política. Dejemos de lado que es el representante de un ente ficticio.

 súbdito, ta.

(Del lat. subdĭtus, part. pas. de subdĕre, someter).

  1. adj. Sujeto a la autoridad de un superior con obligación de obedecerle. U. t. c. s.

            2. m. y f. Natural o ciudadano de un país en cuanto sujeto a las  autoridades políticas de este.

Pero no se trata ahora de hacer demagogia sino de algo mucho más sencillo: No me siento súbdita. Juan Carlos I no me representaba más que Rajoy o Zapatero, ni ha velado jamás por mis intereses. Ha velado por los de sus hijas, una de las cuales debería estar en la cárcel debido a un conocido caso de corrupción. Es lo que hacen los padres.

No comprendo la utilidad de la monarquía. No entiendo por qué Felipe va a heredar el trabajo de su padre. Yo no heredé el trabajo del mío. Dicen que está preparado, pero no sabremos nunca si hay otras personas mejor preparadas que él porque ninguna otra persona tendrá nunca la oportunidad de disputarle el puesto. Quizá sea una buena persona, quizá sea un tipo honesto, quizá incluso esté preparado de verdad, pero heredar un trabajo es injusto, está mal.

La monarquía es una institución caduca, arcaica, que sirve para perpetuar la idea de que hay personas que, por nacimiento, son mejores que otras y merecen unos privilegios exclusivos e intransmisibles. Y, por si el sentido común no os conduce a esta conclusión, permitidme otro extracto de la página web de la casa real (con minúscula):

Al linaje real español, que tiene sus raíces en las familias reales de los antiguos reinos cristianos hispánicos de la Alta Edad Media, se adscribieron en cada periodo histórico diferentes casas dinásticas, cada una de ellas con un apellido específico con el que se designó a la familia real. Así, aunque se admite convencionalmente y desde criterios clasificatorios e historiográficos que sobre la totalidad de España desde su unificación han reinado las Casas de Trastámara, Austria y Borbón, en realidad existe una continuidad dinástica y de linaje que liga genealógicamente al actual titular de la Corona de España, S. M. el Rey Don Juan Carlos I, con la generalidad de los Reyes españoles de las Edades Moderna y Contemporánea y con los más remotos monarcas de los reinos medievales peninsulares.

Que nadie olvide quién decide que ese linaje continuado es merecedor de reinar sobre los hombres: lo decide Dios. El linaje de Juan Carlos y Felipe reina sobre los habitantes de España por la gracia de Dios. De una entidad sobre cuya existencia ni siquiera hay un acuerdo global. Un ente en el que debemos creer.

No, no me gusta la monarquía. Me parece un lujo que un estado con seis millones de parados no puede permitirse. Me parece un insulto para los niños desnutridos, para los pobres, para los que no pueden pagar los libros de texto de sus hijos y para mí, que no tengo posibilidad, por mujer y por plebeya, de ser reina de pleno derecho.

De todas maneras da igual lo que me guste o no me guste. Leo casi a diario que son más los partidarios de la proclamación que los de la república. No entiendo entonces por qué no puede la nación ejercer su derecho a la soberanía y votar si quiere que Felipe se convierta en Felipe VI. Me parece un error político de bulto. Porque estoy convencida de que el resultado sería el que la mayoría absoluta del congreso desea, aunque sea opuesto al que prefiero yo.

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