Metro de Madrid informa

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, actualidad, escribir, leer

Cuando llegué aquí hace trece años una de las primeras entradas de mi diario hablaba del metro. Yo venía de Londres, de 24 meses en una ciudad muy grande con una red suburbana inmensa, sucia y compleja; pero eso no me había preparado para lo que encontré aquí. Entonces, hace trece años, yo no había visto aún a ninguna mujer del este de Europa, vestida de negro, plañendo que era pobre y necesitaba dar de comer a su hijo. Cojeaba y gemía. En mi nota me pregunto si sería una pobre real o fingiría. Nunca lo he sabido, aunque proliferan las leyendas urbanas y los documentales.

Después de esa primera vez fui impresionándome cada vez menos. Muchos dúos y tríos de hombres sudamericanos con guitarras y flautas de los Andes han cantado a mi lado, muchos señores y señoras han explicado su situación. A algunos les he dado dinero y a otros no, dependiendo de si llevaba suelto y de si me creía su historia o me gustaba su música. Ha habido épocas en las que había muchas personas pidiendo y otras en las que había menos. Esta época, hoy, hay muchos. Ayer se subieron dos seguidos en mi vagón y esta mañana he visto algo que no había encontrado nunca y que me ha dado muchísima pena primero y rabia después.

El hombre vestía un vaquero lavado a la piedra, antiquísimo, que le iba como tres tallas grande, lo mismo que la camisa. Iba muy limpio, el pelo cano, un poco largo, peinado, calzado oscuro. Estaba muy delgado y no sé si parecía o no saludable porque no me he atrevido a mirarle a la cara. Lo hago pocas veces, porque la mayoría no doy limosna y me siento culpable. En paro, con una hipoteca demasiado alta pero culpable. Al fin y al cabo yo viajo para llegar a algún sitio y ellos para llegar a fin de mes, o al fin del día. Se me ha hecho un nudo en la garganta cuando le he oído. Yo estaba sentada cerca de la puerta y él susurraba. No le llegaba la voz al cuello de la camisa. Decía muy bajito que le han ejecutado la hipoteca y que no tiene con qué dar de comer a su familia.

Me he quedado paralizada por el horror, por la actitud de ese hombre que, me ha parecido, había hecho acopio de todo el valor, de todo el coraje que le quedaba, y había confesado su pobreza, su fracaso, su incapacidad para encontrar un empleo digno, su necesidad de recurrir a los extraños. Me ha afectado tanto su vergüenza que no he sido capaz de darle nada. Se me ha ocurrido que quizá le avergonzase más. Y me he sentido estúpida y pequeña.

Enseguida me he bajado del tren y me he subido en otro; tocaba transbordo. Y en ese también había personas que pedían dinero. Un par de chicos con una guitarra, mucho desparpajo y una buena propuesta. Hacían una especie de rap improvisado en el que mencionaban las estaciones y a la gente del vagón. La canción me ha encantado y les he dado 50 céntimos. Creo que eso me ha hecho sentirme aún peor.

La rabia ha llegado poco después, pensando que no hay derecho a que la pobreza sea vergonzosa. La pobreza no es sinónimo de fracaso. Uno es pobre o se vuelve pobre, a veces, debido a sus propias elecciones y otras, sobre todo en estos tiempos, debido a las circunstancias. Nadie debería avergonzarse de haberse quedado en la calle como consecuencia de una ejecución hipotecaria. Nadie debería avergonzarse de haber perdido su trabajo en una situación como la que estamos viviendo.  Dicen que no es buena idea abrir los comedores escolares en verano porque eso estigmatizará a los niños. El hambre estigmatiza más. Ver a los padres derrotados, con la cabeza baja y ojeras hasta el cuello estigmatiza más.

Ser pobre hoy en día no es culpa de los pobres. No voy a explicar ahora en manos de cuántos ni de quiénes están la mayor parte de los recursos, ni la actitud necesaria para cambiar eso.

Lo que desearía es que los pobres caminásemos con la cabeza alta. Porque no somos menos personas.

 

Anuncios