Equipo de plata, afición de oro: El Lega vuelve a segunda.

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez gil, vivir, amar, escribir, leer, fútbol, Leganés

Si hasta ayer estaba cansada y aburrida de los insultos indiscriminados que reciben los aficionados al fútbol, hoy lo estoy más. Ayer pasé una jornada agotadora rodeada de cientos de hombres, mujeres y niños que se echaron al coleto 16 horas de autobús, noventa de partido a pie enjuto y un buen rato de saltos de alegría en el césped. No sé si setecientos u ochocientos pepineros que dejaron Madrid de buena mañana para asistir a un partido de fútbol en la que, dicen por la tele, es hoy en día la tierra del conflicto por excelencia. Íbamos a Hospitalet de Llobregat, a Cataluña, a ese sitio donde, ya sabéis, odian a España. No os voy a mentir, yo viajaba con recelo. Cientos de aficionados son muchos aficionados y, en según que ambientes, basta una chispa para que se enciendan fuegos que nadie desea ver arder. Sin embargo, lo que pasó no tuvo nada que ver con ese odio y esa brutalidad de las que se echa mano cuando se habla de fútbol, de catalanes o de españoles.

El campo del Hospi está en un polígono industrial donde reina cierta desolación. Nos costó encontrar un bar o una tienda donde comprar un par de refrescos -light, que la dieta manda- y, cuando lo hicimos, nos vimos rodeados por la hinchada catalana, que coreaba sus canciones, tiraba petardos y gritaba como si no hubiera un mañana. A mí no me hizo mucha gracia, la verdad. Que los de rojo eran muchos y nosotros éramos cuatro o cinco, allí, chupando los cuellos de nuestras botellas. Además, debo de tener una suerte de sordera selectiva y no entiendo los cánticos entonados a granel. Que no sabía qué decían, vaya. Nos quedamos por allí, echando un vistazo a una capilla románica muy restaurada y muy mona y, cuando ellos echaron a andar hacia el campo, les seguimos. Ahí me llevé la primera sorpresa -una a veces es muy paleta, es lo que hay-: aficionados de ambos equipos se encontraron en una esquina y ¡se aplaudieron! No sé si los del Hospi aplaudían el desplazamiento masivo de los del Lega o si los del Lega aplaudían la manifestación, pancarta y pelucas incluidas, que habían montado los del hospi. Vi parejas improvisadas de azules y rojos que se explicaban cosas de sus respectivos equipos, que se deseaban suerte y que se sacaban fotos. Me dije qué aquello me gustaba mucho. Ojo, que aún tenía la mosca detrás de la oreja. No soy yo muy de confiar en multitudes.

Ya en el campo, los de azul y blanco ocupamos nuestro fondo, lo llenamos de banderas, de gritos, de canciones, de saltos y de confeti.  Entre nosotros había al menos un señor con un bombo y otro, el de la foto, con un tambor. Además de cantidades ingentes de buen rollo. Donde cantidades ingentes de buen rollo quiere decir que cuando pitaban una falta en nuestra contra o un penalti inexistente, toda la grada cantaba al son de los tambores. Insultos al árbitro los hubo, claro. Detrás de mí alguien le llamó casero, por ejemplo. Vale, y cabrón. Pero hay que entenderlo, que nos añadió muchos minutos y nos colocó el penalti ese que… bueno, ese. De todas formas, los gritos quedaban ahogados por las canciones de ánimo, por las ganas de ganar, por los saltos, por los himnos.

Entre la multitud sólo vi a un tipo que parecía un elemento peligroso. Un tío que escupía las palabras, que insultó con rabia, con desprecio y con una agresividad muy fea, a uno de los recogepelotas del campo, un pobre chaval al que llamó payaso, hijo de puta y al que exigió que se callara. Después de eso nos colocaron a un vigilante de seguridad justo en frente. Y no era para menos.  Este hombre no desaprovechaba ni una oportunidad para soltar improperios de destrucción masiva. No hacía más que darle vueltas a la misma cosa una y otra vez y, cuando todos callábamos, intentaba inflamar el animo con un odio incomprensible. Yo no sé si por casualidad, pero cada vez que esto pasaba, el señor tamborilero redoblaba esfuerzos, nos daba la entrada para una nueva canción y todos a la vez gritábamos que venga pepineros y que sí, joder, que vamos a ascender. Lo más divertido del fútbol es ver cómo se manipulan melodías de lo más variopinto para adaptarlas al equipo que sea. Viva la creatividad. Así que el elemento discordante, el garbanzo negro, quedaba desactivado. En un par de ocasiones me pareció frustrado, la verdad.

Cuando el árbitro pitó por fin el final del partido y saltamos al césped (artificial, resbalaba que daba gusto), pasó lo que pasa siempre:más canciones, abrazos, lágrimas de alegría, saltos, más canciones, manteos, risas, fotos y más fotos: al marcador, a los jugadores, a la presidenta… La afición del Hospitalet no se había ido: estaban allí, en su esquina, aplaudiendo. Y allí fueron los del Lega, dando palmas, gritando que viva Hospitalet, dando las gracias y coreando que el año que viene les toca a ellos, que ya se lo merecen también. A mí me pareció una lección combinada de saber ganar, de saber perder, de respeto, de deportividad y de buena educación. Todo eso que se supone que falta en el fútbol, ese deporte de masas, el opio del pueblo, algo que sólo disfrutan mastuerzos insensibles y gentuza del inframundo.

Fue emocionante, fue bonito y fue sincero. Al final algunas pelucas rojas se vinieron a Madrid coronando camisetas azules y blancas. A mí los locales me felicitaron por ganar y por ser, cito literalmente “una afición de la hostia”. Y eso después de subirme casi a pulso desde el campo hasta la grada entre dos catalanes que, oye, me hablaron en perfecto castellano. Se lo agradecí en catalán.

No, no es el fútbol lo que desune, ni la rivalidad. Lo que desune son otras cosas de las que no voy a hablar hoy. Porque el Lega está en segunda, pero tiene una afición de primera, mucho más de primera que otras aficiones con las que he compartido grada y de las que sólo aprendí a quitarles las cáscaras a las pipas.

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