Todos los occidentales son iguales… menos los de Pullmantur.

por Alicia Pérez Gil

Pullmantur, Alicia Pérez Gil, escribir, leer, vivir, amar

El primer día de trabajo, hace ya tres semanas,  fue duro. Venía preparada  para no saber nada.  Para lo que no estaba lista era para la afluencia de rostros desconocidos, sonrientes todos, porque la gente aquí es muy amable. Chicas y chicos, hombres y mujeres que se presentaron  o me fueron presentados en persona.” Alicia, este es Jimeno, el encargado de dar de beber a los tréboles”; “Alicia, esta es Ambrosia, la encargada de domesicar a las avispas”. Yo asentía, contestaba que igualmente a los encantada de conocerte, sonreía y tomaba nota mental. Sin embargo, las notas mentales se borran pronto y, tras tres mujeres y tres hombres, los nombres perduraban, pero los rostros se confundían.

Reconozco que me tambaleé, me dio vértig osaber hasta qué punto nada es NADA. Hace ocho meses estaba sentada en mi escritorio y podía predecir con muy poco margen de error qué iba a decirme cualquiera que se acercara a mí. Ayer me reuní con mis antiguos compañeros y me sentí como en casa. Las cosas han cambiado mucho tanto para ellos como para mí, pero les había conocido una vez y por tanto sigo conociendo algo de ellos. Fue, y yo soy muy poco de lo que voy a soltar a continuación, como volver a casa en Navidad. Estás sentado a la mesa con tu familia, que no es más que un grupo de extraños con los que debes entenderte, y sabes lo que tienes que hacer y decir para que las cosas salgan más o menos bien y no haya ningún berrinche. Al principio hay un poco de tensión, pero todo el mundo quiere pasar un buen rato, llevarse un buen recuerdo, así que deciden poner lo mejor de sí mismos y se te olvida que tu prima te pone nerviosa o que tu sobrino es un gritón: al final sonries y te sientes más cerca de esos parientes lejanos que no ves más que una vez al año… y cuyos rostros reconocerás siempre.

Oí expresiones que había olvidado y risas que ni siquiera sabía que echaba de menos. Es difícil, cuando dejas de pertenecer a un grupo, asumir que ya no formas parte de él. Yo me sentí ayer una más. No ha pasado tanto tiempo ni tampoco yo había pasado tanto tiempo en el mismo sitio. Nos juntamos porque el 31 de julio era la última fecha para los despidos del famoso ERE. Catorce o quince personas, los últimos despedidos, organizaron la reunión, en frente de las oficinas, y resultaba más sencillo decir: “se van” que “les echan”. El ambiente era agradable, distendido y apareció mucha gente que se había ido antes de la empresa, por voluntad propia o no tan propia. Me gustó estar. Fue cálido.

Hoy me da más pena que nunca que algunas personas, pocas, crean que deben aplastar a otras. No saben lo que se pierden.

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