Poder y cuarto

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, escribir, leer, vivir, amar

Del ensayo Tan real como la ficción, escrito por Doménico Chiappe:

“Pero las nuevas dictaduras prefiren marginar el periodismo por medio de:

  1. el chantaje con la publicidad gubernamental que disuade a editores inescrupulosos o poco comprometidos con la libertad de prensa, con lo que la censura se convierte en censura privada editorial, aparentemente desvinculada del gobierno,
  2. el ataque moral y en ocasiones físico de los periodistas opositores, y
  3. la desinformación por medio de una permanente refutación pública de los medios de comunicación aliados al régimen. Y para esto se requiere, como primer caso, convertir los hechos en opiniones”.

 

Compré el libro porque me apetecía leer algo sobre cómo los periodistas aplican las técnicas leterarias. Me parecía, además, que estaría bien darle la vuelta a la tortilla y enfrentar mis textos con cierto rigor periodístico; hacer el ejercicio de tomar mis argumentos como reales y actuar en consecuencia: entrevistar a los personajes, investigar los acontecimientos por si encontrase algo más jugoso o una nueva manera de contar la historia. Lo recomiendo a cualquiera que se atasque en un texto propio. Sin embargo esta mañan me he encontrado con este párrafo y se me ha llenado la cabeza de imágenes: de Rajoy y su equipo diciendo Diego donde dijeron digo y de todas las televisiones dándoles una cobertura tan extensa que resulta abrumadora, de sindicatos y señores socialistas calificando de circo a la jueza Alaya. Lo segundo que se me ha venido a la cabeza han sido esos debates entre personas de la supuesta derecha y personas de la supuesta izquierda que se pasan las horas del prime time trivializando sobre lo más accesorio de hechos importantes, como las subidas de impuestos, los recortes en educación o la privatización de la sanidad. Esos que convierten la situación actual del país en una miríada de opiniones. Como si fuera opinable que los comedores sociales no dan abasto. Por ejemplo.

Nunca me han gustado esos debates. Suelo terminar de muy mal humor cuando los veo. Del mismo modo, no me gusta oir a los políticos hilando tan fino (o tan grueso), que uno termina por no saber de qué estaban hablando. El famoso caso del pago aquel simulado de la señora Cospedal, por ejemplo.  La responsabilidad periodística obliga a los periodistas a contar los hechos y la responsabilidad política obliga a los políticos a asumir sus errores.  lo que sucede es que ni unos ni otros se sienten muy obligados por sus responsabilidades y que, por tanto,  los ciudadanos estamos mal gobernados y desinformados. Aquí además, no hay nicho ideológico. No importa quién lo haga mal si está mal hecho, ni importa quién lo haga bien si está bien  hecho.

A los españoles nos cuesta comprender esto y por eso la mayor parte de las discusiones que oigo o en las que participo centran la base de la argumentación en el famoso y tú más:

– Has subido la luz.

-Tú lo hiciste antes y peor

-Eres un corrupto.

-Entre tus filas hay más casos de corrupción que en las nuestras así que no puedes hablar.

Ningún periodista, ningún busto parlante de los de la hora de la comida o de la cena, ha dejado el teleprompter ese a un lado y ha dicho que lo relevante no es cuántas veces se haya metido la pata, engañado o robado en el pasado. Lo que importa es que se mete la pata, se engaña y se roba ahora y por tanto hay que condenar ahora. El y tú más sólo sirve para hacer la del calamar: confundir al otro entre la tinta y que nada se esclarezca nunca. Parece que el que otro le sacara un ojo a alguien hace bueno que yo le saque el ojo a quien se me antoje, pero no es así. Así lo que tensmos es un ciego (porque al final ya sabemos todos los ojos de quién han sido vaciados y de qué se han rellenado sus cuencas).

Lo peor de todas formas no es que todo esto suceda. Lo peor es que nosotros, en las barras de los bares, en internet y hasta en las manifestaciones, mantenemos las mismas pautas, los mismos errores. Nos hemos afiliado idológica y emocionalmente a un partido o a otro y los defendemos como si tuvieran razón, como si no nos perjudicaran tanto los rojos como los azules y los rosas.  En lugar de indignarnos más cuando los que fallan son aquellos a los que legitimamos con nuestro voto, con nuestra fe, nos mesamos los cabellos y rasgamos las vestiduras cuando lo hacen los otros,  como si los errores de los representantes de nuestros vecinos nos reafirmasen a nosotros en algo.

Cada vez que me encuentro con un problema sociológico de este tipo termino en la identidad. Creemos que somos lo que votamos igual que creemos que somos lo que compramos o lo que vestimos. Pero no es cierto. Votamos porque queremos que el país sea de una manera y por tanto debemos castigar a quienes pervierten nuestro voto y abusan de nuestra fe. Porque, no lo dudéis: votar a quien sea con base en un programa, el que sea, es lo mismo que creer en la resurrección de los cuerpos, el nirvana o la tierra prometida. Sólo que los políticos no son dioses. Aunque la prensa se empeñe en mostrarlos como si lo fueran.

 

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