Robin Williams

por Alicia Pérez Gil

Robin Williams, Alicia Pérez Gil, leer, vivir, morir amar

No creo en la muerte sino en la ausencia.

No echo de menos a las personas. Nunca.

Eso me trae algunos problemas porque algunas de las personas a las que quiero creen que, si no las echo de menos, es que no las quiero de verdad. No es cierto. No añoro a la gente a la que sé que volveré a ver. No soy práctica para casi nada que requiera pragmatismo, pero no pierdo el tiempo en echar en falta a nadie. No me sale. Cuando alguien se va de vacaciones, cuando se muda  a una ciudad o un país distinto no desaparece de verdad. Hoy en día nadie desaparece de verdad. El teléfono, internet, las cartas incluso, lo impiden. Las ausencias diarias no me duelen. Cuando siento la necesidad de saber de alguien lo digo. Entiendo que los demás hacen lo mismo conmigo. Por eso me parece tan mezquino ese saludo de meses sin verse: no me has llamado.

La ausencia real es otra. La ausencia de verdad, la carencia de alguien, el vacío; todo eso sí que quita pedazos de alma. A veces viene con la muerte y a veces se deriva de decisiones conscientes y maduras. Como abandonar parejas o amistades a las que no volverás.

Digo que no creo en la muerte porque estoy segura de que las cosas no desaparecen.

Pero la ausencia de aquellos cuya vida se acaba sí pesa en los que continuamos vivos. Ya no hay llamadas posibles, ni mensajes, ni gritos.

Estudiaba derecho cuando murió Lola Flores. Fue la primera muerte que sufrí. Recuerdo quedarme con la boca abierta frente al televisor y avisar a mi madre. Pensé que hay gente que no debe morir porque nos pertenece a todos. Lo pensé a los veinte años y alguno más. Qué se yo, veintitrés como mucho. Una semana o nueve días después murió Antonio Flores. Lloré. Se dijeron tantas cosas. Se habló de debilidad, de suicidio, de drogas. A mí me parecía que era una muerte injusta, que era una pena, que se fue porque no supo cómo quedarse. No pensé entonces en la autopsia que se hacía en los medios, en las opiniones descarnadas, en el poco respeto de todos por el dolor de aquellos a quienes dolía.

En 2005 mi padre escogió una localización muy popular entre los suicidas bilbainos, el Puente de la Salve. Saltó. El cuatro de julio de 2005.

La verdad es que me sorprendió más la muerte de Lola Flores que la de mi padre y me entristeció más la de Antonio Flores. Los padres mueren, es un hecho. O a lo mejor es que proyecto mis afectos en personas alejadas de mí porque no sé amar a los que están cerca. Diría que no es así, pero ahí queda.

Hace dos semana que ha muerto Robin Williams y siento ese vacío que dejan las personas que deberían estar siempre. El día siguiente a su muerte encontré dos artículos, habría centenas, que hablaban con auténtico desdén de todos los que le recordamos con una frase o una fotografía. Se comparaba ese duelo de red social con el desapego por la pobreza de la esquina de nuestra calle, por ejemplo.  Como me cuestiono siempre me cuestioné acerca de si soy una persona superficial y estúpida con los valores trastocados.

No lo soy.

Hay actores que encarnan personajes con los que aprendes a vivir. Aprender a vivir, que no es otra cosa que vivir lo que toca. En esto no hay ensayos. Son algunos personajes, algunas canciones, algunos fragmentos de libros, los que conforman la personalidad de algunos de nosotros. Yo no tenía muchos modelos que me sirvieran: sueño despierta, soy enamoradiza, ñoña, dispersa, curiosa e insegura. Nada de todo ello estaba bien visto en casa. El profesor Keating me enseñó que se puede tener una perspectiva distinta, propia. Tenía la cara de Robin Williams y está muerto. No importa que pueda poner el DVD doce millones de veces. La ficción de realidad se ha roto.

Un pasaje completo de mi nueva novela sale directamente del Robin Williams que le pinta los cuadros en el suelo a la anciana que no llegaba a la ventana en Despertares. Hasta hace nada comenzaba mis cartas con un Goooooood morning Vietnam!

Dos días después de su muerte leí en dos sitios distintos que se había ahorcado y que le habían diagnosticado Parkinson.  Pero eso no me importa. No quiero conocer el polvo que guardase sobre la alfombra. Eso era suyo. Mío, nuestro, era el odio de Hoffmann haciendo de Garfio y Parry liberando el gusanito.

Eso era nuestro. Nadie tiene derecho a decirnos que lloramos mal.

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