AAI: Autora, autopublicada e independiente

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, escribir, leer, vivir, amar

Esa soy yo.

Hace un par de días leí algo que quizá sea cierto: la mayoría de los autores indies, que es una manera de decir autopublicados, quieren encontrar una editorial tradicional que publique sus obras.  Quizá sea así. Quizá la mayor parte de los autores que publican sus propias obras en plataformas digitales lo hagan porque no encuentran quien les quiera. Quizá la mayoría de esos autores sean personas frustradas por su derrota editorial.  No lo sé y no me interesa.

Yo, Alicia Pérez Gil, no busco una editorial. De hecho llevo unos días pensando en lo que haría si una de las gordas llamase a mi puerta. Y no lo tengo claro.  Me refiero a que, a estas alturas de la vida, no me vale cualquier cosa. Ni aunque cualquier cosa venga con un cheque plagado de ceros. Ya me dicen mis amigos autores que no sucede; pero, en serio, pongamos que escribo la novela del milenio y que la gran P decide invertir todo lo que vale su imperio en mí. Hombre, es un halago. A ver, no me iba a poner triste ni nada, pero… Pero es que no sé si me convence eso de depender de una empresa para llevar a cabo la pasión de mi vida, que es escribir.

Veréis, no tengo muy buenas relaciones con las empresas. Desde que cayó sobre mí como una losa la realidad -antes sabida pero no asumida- de que las empresas no son más que una manera de esconder a personas que se benefician del trabajo de otras, no termino de llevarme bien con ellas. La jungla editorial no se libra de esto, claro. Los señores editores, sobre todo los señores editores que cierran sus ejercicios económicos con beneficios, tienden a buscar únicamente su propio… sí, beneficio.  Esto está muy bien. Lo que no está tan bien es que se hagan saraos y presentaciones y fiestas y eventos y premios en los que se celebre el fichaje de un autor nuevo como si fuera el nacimiento de un hijo. Esas cosas son mentira. Mentira, además,  de la clase que menos me gusta;  de esas que hacen parecer importante al indivíduo.

Los individuos no somos importantes. Si lo fuésemos, si creyésemos que lo somos, no buscaríamos la fama con tanta desesperación.  No haríamos filas inimaginables para concursos absurdos ni mostraríamos las ventas de nuestras obras, ni pelearíamos por el puesto en un escaparate. Si los indivíduos que escribimos -por acotar- creyéramos de verdad en la importancia de nuestras obras, no nos molestaríamos en adquirir más notoriedad que esas obras. No buscaríamos fama y fortuna en la publicación, sino lectores.

En mi mundo -que no existe aunque yo trate de vivirlo tanto como me es posible-, los lectores pagan por leer las obras de calidad que disfrutan. Por eso lo que importa en mi mundo son las obras y los lectores.  En ese mundo mío no hay muchos intemediarios, no hacen falta. Allí, donde los autores escriben porque disfrutan, porque creen que tienen algo que decir y que eso que dicen es más importante que ellos, las editoriales y los contratos sobran.  Para ese mundo publico yo mis cuentos.

Amazon es una empresa, me consta. El banco al que pago cada mes por vivir en mi casa es otra. Ambas se benefcian de mi trabajo. No se me escapa que el mundo está gobernado por empresas y que vivo más en este mundo real y atroz que en el otro. El único pero que puedo oponer es que yo elijo las empresas con las que quiero trabajar, el modo en que trbajo, la asiduidad de mi trabajo, los temas que trato, la longitud de mis textos y todo lo demás.  Sí, Amazon gana mucho más que yo con cada ejemplar de Inquilinos, Deabru o Misty que vendo. Es cierto.  Pero Amazon no manda sobre nada de lo que yo hago. No tiene una línea editorial, no me obliga a aparecer en público con otros autores a los que quizá aborrezca, ni me pide un libro cada dos años ni es mi jefe.

Es que tampoco me llevo muy bien con los jefes, ni con los plazos, ni con las obligaciones ni responsabilidades.

Yo escribo.

Para los mamoneos inherentes a la vida ya tengo mi trabajo, donde no soy autora ni mucho menos independiente.

 

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