El tango de la guardia vieja

por Alicia Pérez Gil

alicia perez gil, leer, escribir, vivir, amar

De todos los que me siguen es sabida la animadversión que siento hacia Pérez Reverte, así que alguno se preguntará por qué demonios he decidido leer su última novela. La razón es simple: no había terminado ninguna otra excepto La piel del tambor y me sentía un poco estafadora poniéndole a caer de un burro sin más referencia que sus artículos y una novelita corta que, además, me gustó. El tango de la guardia vieja es una obra más larga, de mucho drama, mucha profundidad y mucha enjundia pretendidas. Pero no adelantemos acontecimientos.

Resumen (he visto que los reseñadores comienzan explicando el argumento de las obras de las que hablan):

Max Costa, bailarín a sueldo en un barco de lujo conoce a Mecha Inzunza y baila con ella. Los avatares del destino y una apuesta de su marido les llevan a la cama y a unos barrios malísimos de Buenos Aires. Años después vuelven a encontrarse cuando  él ya no es bailarín, sino arribista profesional. Más años después, él es chófer y ella la madre de un famoso ajedrecista que resulta ser hijo de ambos; hecho en virtud del cual Mecha pide a Max que cometa un robo. Él acepta para recuperar el aprecio por sí mismo.

Punto.

No es que yo sea muy simple, es que lo que pasa es eso. Parafraseando al señor de las críticas de cine, diré que los dos protagonistas son muy elegantes, muy guapos y sólo visten tejidos nobles, que es lo que da calidad a la novela. Durante los cientos de páginas que Reverte emplea para contar esa historia, se supone que ahonda en la personalidad y las motivaciones de los personajes. De paso se describe el fin de una época dorada cuyo oropel consiste en que la diferencia de clases era más evidente que ahora, los de arriba sabían a dónde pertenecían, los de abajo lo sabían aún más, nadie decía tacos (esto al autor le habrá costado lo suyo llevarlo a la ficción, dado el estilo que acostumbra en sus artículos) y sale muchas veces la palabra hembra como sinónimo de mujer de verdad. Por otra parte, la caracterización del bailarín se completa con su oportuno paso por el ejército, donde terminan de forjarse su honor y su dignidad. Los traía de serie, pero la legión extranjera los acentúa.

No quería cargar mucho las tintas, pero como soy española y por tanto tengo mucho orgullo pero más envidia y resentimiento, no puedo evitarlo. Esta caracterización de la idiosincrasia española está en el libro, conste. No la comparto, pero he decidido plegarme a ella; más que nada por dar gusto al autor.

La novela tiene cosas buenas. Importantes, pero no suficientes. A saber, Reverte se lleva bien con las palabras.  Todo lo que está escrito, desde la primera página a la última, está bien escrito. Impecable. Usa un lenguaje amplio, preciso, variado sin llegar a ser demasiado florido. Frases cortas y largas, un estilo cuidado que merece la pena analizar. Lo mejor de la obra es, sin duda, la estructura: Dividida en dos partes, el lector sabe siempre en qué momento del tiempo se encuentra. El pasado está narrado en pasado y el presente en presente. Además es un presente bien traído, no llama demasiado la atención y cumple la función de dejar claro dónde y cuándo suceden las cosas. La trama comienza en el pasado y llega hasta el presente. Reverte usa los fragmentos más largos para contar el primer encuentro de los amantes, el más alejado en el tiempo. Buena decisión puesto que es ahí donde se forjan los lazos entre ambos y el embrión de la relación que sostienen a través del tiempo y la distancia. Los fragmentos de presente intercalados con el pasado remoto son breves y sirven para situar la acción. La segunda parte de la historia, con frases más cortas y fragmentos también más cortos, narra el segundo encuentro de Mecha y Max. Aquí vemos un poco más de presente. En esta segunda parte Max ya es un hombre más hecho, se supone que tiene que caernos mejor porque le conocemos más profundamente. A él y a sus motivaciones. En la tercera parte, presente y pasado se desarrollan casi simultáneamente. Muy buena cosa: frases aún más cortas, menos explicaciones, menos descripciones,  un par de revoluciones más en la acción y, ¡zas! el desenlace.

Es un modo muy efectivo de ordenar los hechos, una manera muy inteligente de dosificar la información. Un poco como remontarse a la infancia para explicar los actos que uno lleva a cabo en la edad adulta. Inteligente y eficiente, sí. Sin duda lo mejor de la novela.

Lo peor sin embargo es importante, grande, inevitable y le resta a una historia de amor y pérdida cualquier tipo de credibilidad: El autor está detrás de cada palabra. Se le ve al borde de cada frase. Para empezar, todos los personajes hablan igual (excepto uno, un señor argentino muy bajofondista), todos usan el mismo lenguaje impecable que el narrador, así que es imposible distinguir las líneas de diálogo. No te pierdes, ojo, están bien acotados; pero son conversaciones planas, sin vida. Los personajes son marionetas en manos del autor, carecen de vida, de independencia. Están ahí para que quede constancia de lo que el autor quería decir. Además todos parecen estar de acuerdo con el autor. comparten la misma idea de la elegancia, la arrogancia y lo que es como debe ser. Mientras leía, no podía quitarme de la cabeza la imagen de Reverte con sus gafas características, escribiendo de corrido, diciendo lo que le parecía sin pensar en lo que les parecería a Mecha o a Max.

El final es además un poco absurdo, muy de Lucky Luke perdiéndose en el desierto a contraluz del sol poniente. Pero eso es lo de menos.

Un planteamiento brillante, una historia manida, una ejecución mediocre.

 

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