¿Cómo escribir una novela? Autores, brújulas y mapas

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, Escribir, leer, vivir, amar

Si escribes es probable que te hayas interesado por el modo en que lo hacen otros; por ejemplo tus autores preferidos u otras personas de tu entorno que también escriban. Puede que hayas leído libros que enseñan a escribir, métodos para desarrollar la creatividad, los famosos títulos “Cómo escribir una novela”, “Elementos de la novela” o tantos otros. Soy ferviente consumidora de todos esos productos a pesar de que hace ya tiempo que no encuentro mucha diferencia entre unos y otros (hablo de los buenos, la ingente cantidad de papel que se gasta en publicar libros pésimos para enseñar a escribir roza la ciencia ficción). Lo hago, los compro y los leo, porque tiendo a no confiar demasiado en mi propio método, porque considero que siempre se puede mejorar y porque escribir una novela es un trabajo duro que, no nos engañemos, me encantaría simplificar sin que ello afectase al resultado.

En muchos de estos libros y en muchos cursos, se habla de brújulas y mapas. Al parecer, hay escritores a los que les basta con una brújula: unas líneas generales, directrices que guiarán el desarrollo de la trama y la evolución de los personajes. Otros escritores utilizan un mapa: un esquema detallado de escenas, capítulos, estudios de personaje, hojas de ruta emocional, plan simbólico y todo lo que se os ocurra que contiene una novela. Por supuesto, hay brújulas más exactas que otras y mapas que marcan hasta las pistas forestales mientras que otros muestran únicamente las carreteras nacionales y algunas regionales, pero no se molestan en nada que no esté asfaltado.

 A mí la brújula me sirve para relatos o historias un poco más largas que no alcanzan la envergadura de la novela. Para meterme con una obra extensa necesito algo más. He probado los esquemas. Los esquemas –los mapas- son entidades con vida propia en mis manos. Me encantan. Me divierto muchísimo colocando ideas en cuadros sinópticos, pegando imágenes junto a notas tomadas a mano, construyendo bonitos cuadernos con tintas de colores, separadores y todo lo demás. Hago unos estudios de personaje que empequeñecerían el afán clasificatorio del Tercer Reich y unos resúmenes estupendos llenos de hitos importantes.

El problema viene después y llega por dos caminos diferentes: En primer lugar, el esquema es tan exhaustivo que me agota. Le doy tantas vueltas a la historia mientras dispongo sus elementos de la manera que me parece mejor, que termino aburrida. Los personajes empiezan a caerme mal, los sucesos me son tan conocidos que pierden interés para mí. Que me aburro, vamos. Pierdo el interés por lo que quería contar y dilato el momento de la escritura efectiva. En segundo lugar, y esto es menos impactante pero más difícil de solucionar, los esquemas rara vez me funcionan sobre el papel. Los personajes que debían decidir cruzar el bosque prefieren rodearlo, así que ya me puedo olvidar del encuentro con ese ser mítico que vive junto a la raíz de un árbol. Empeñada en que el protagonista tiene que conocer al gnomo porque el gnomo posee una información imprescindible para el rescate del cocodrilo, me digo que puede encontrarse con él en otra parte: ve y cambia el esquema; localiza todos los puntos sobre los que el gnomo del bosque tiene alguna influencia; valora si algo ha cambiado; repite la operación las veces que sea necesario. Por fin, sigue escribiendo. Las veces que todo esto me sucede (otros habrá a los que el método mapa les vaya como anillo al dedo), hacen que los esquemas no sean para mí.

 Así que sin brújula ni mapa ¿Cómo avanzo yo novela adelante?

Con mochila.

Y muy despacio.

Tras una buena cantidad de sufrimiento por creer que algo había de malo en mi manejo de mapas y brújulas, cartas de navegación, compases y cuadernos de bitácora, me pregunté por qué demonios me empeñaba en escribir una novela cuando todo lo que obtenía a cambio era una sensación de inutilidad aplastante. Fui muy honesta conmigo y me dije la verdad: Alicia, cielo, porque te gusta escribir. Ahí está la clave de todo el asunto. A mí lo que me gusta es escribir, así que he optado por el método literario del mochilero que no tiene muy claro a dónde va ni por dónde. Sabe que quiere viajar, tiene una idea de que prefiere playa, se calza las botas, se cuelga el macuto al hombro y tira millas. Eso hago yo: tengo una idea, tomo unas pocas notas para fijarla y me lanzo a escribir. Escribo sin mirar atrás, hasta que llego al final de la historia. Eso me deja con un manuscrito inicial que haría enrojecer a cualquiera de pura vergüenza ajena: incoherencias, repeticiones, una estructura sin muchos pies ni cabeza, personajes que cambian de nombre, tiempos verbales que saltan más que el aceite de freir… Pero ya tengo mi historia, la que quería. O la que creía que quería.

El segundo paso es meterla en un cajón durante una semana al menos. Para que se me olviden los detalles, para ser capaz de leer lo que he escrito y no lo que quería escribir. Pasada esa semana hago esa lectura y, de un modo casi mágico, todo cobra un sentido nuevo en mi cerebro: veo el tema principal, veo las subtramas, lo que sobra… Y puedo empezar a trabajar. Hasta entonces todo es diversión, ahora empieza el trabajo real, pero ya no es tan costoso, porque ya tengo un embrión y sólo me queda pulirlo y convertirlo en un vástago del que pueda sentirme orgullosa.

¿Qué si recomiendo este método a otros escritores? No. Yo lo que recomiendo es que os divirtáis, que escojáis el camino que mejor se adapte a vosotros y que lo andéis hasta el final. Con energía y una sonrisa. Cuando la sonrisa se pierda… ¡Cuando se pierda sabréis que es hora de cambiar!

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