El lector: ese gran desconocido

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, leer, escribir, vivir, amar

 

El lector es ese ser humano sin el cual el escritor puede escribir, sí, pero no puede nada más.

Me explico: aunque sí creo que hay personas que escriben para sí mismas, porque disfrutan haciéndolo, porque sienten la extraña pulsión de llenar páginas y páginas de palabras pero no conocen la expectativa de alcanzar a un público más o menos amplio, me atrevería a afirmar -de hecho afirmo, vaya mañanita de eufemismos y eso que sólo hemos comenzado- que la mayor parte de nosotros, los que escribimos, lo hacemos para otros. Nuestra obra satisface el deseo primero de la creación (Yo escribo) y el deseo segundo de la comunicación (OTRO lee). Para que la novela, el relato (llamémsle obra) haga el recorrido completo, debe salir del escritor y ser recogida por el lector, que emplea cierto tiempo y cierto esfuerzo en leerla.  Hasta aquí la premisa de esta entrada.

Por tanto el lector, que es el recepotor en esta extraña manera de comunicación diferida, debe ser tenido en cuenta por el escritor en el proceso de creación. Ojo a la sintaxis de la frase anterior, donde el sujeto es el lector. Sujeto gramatical, protagonista de la acción. El escritor escribe, pero el destinatario de su obra es el lector y por tanto el lector es mucho más protagonista que el autor. El autor lleva a cabo todo el esfuerzo de construcción de historia y personajes,  de redacción y de transmisión del mensaje, pero es el lector quien da vida a la obra, quien la lee, quien la recibe e interpreta, quien la disfruta o no. Es labor del escritor hacerse comprender mucho más que labor del lector dar sentido a las palabras.

El autor debe tener mucho cuidado, cuando diseña su obra, al escoger el lector al que la dirige.  Debe conocer a ese lector suyo, sus preferencias, sus exigencias, sus debilidades y sus fortalezas. No porque pueda escoger quién va a leer efectivamente su obra; esto es algo que cae fuera del alcance de cualquiera, sino para escribir de manera coherente y librarse así de algunas de las decepciones más comunes que sufrimos los que escribirmos. De todas formas, antes de decidir para quien escribimos, debemos saber, comprender y aceptar que no escribimos para todo el mundo. No me refiero a que no podamos gustar a todo el mundo, aunque también sea imposible. Quiero decir que nuestras obras no son para todos. Yo sé que no escribo para personas felices, por ejemplo. A las personas que son auténticamente felices mis relatos, las novelas que tengo en ciernes, no les aportan nada; si acaso un punto de zozobra y duda que no necesitan en absoluto. No escribo para los miedosos ni para los escépticos puesto que en lo que escribo aparecen elementos sobrenaturales en los que hay que creer. Tampoco escribo para quienes buscan redención. Mi lector es escaso, así que no puedo esperar un público mayoritario.

Mi lector debe parecerse un poco a mí, ser un poco curioso, tener la capacidad de prescindir de la realidad cuando es preciso, sentir miedo casi a diario sin que el miedo le paralice, buscar explicaciones a cosas que no las tienen y no perder la esperanza a pesar de que el final del tunel esté tan lejos que la luz no se vislumbre siquiera. Porque no escribo historias cómodas ni amables. Tampoco soy una escritora agresiva, violenta o de grandes revelaciones. Lo decía hace ya muchos años: el mundo está hecho de barro y no seré yo quien lo convierta en vídrio destelleante. Como el portugués, si tengo gatos, voy con gatos.

Tengo amigos que escriben para lectores enfadados, fuertes, luchadores. Otros lo hacen para lectores que buscan soluciones y palabras amables. No importa qué lector escojas, lo que importa es que, una vez escogido, te dirijas a él es exclusiva, le des lo que necesita y seas honesto. Escoger bien a tu lector es vital porque es con él con quien debes comunicarte. tener un lector destinatario no te garantiza el éxito, claro, pero es un buen punto de partida.

Volvamos a la primera frase del artículo: el lector es un ser humano.

Los seres humanos de mis círculos sociales son obreros en activo o en paro. La gran mayoría son personas con un nivel adquisitivo medio o bajo. No me relaciono a gran escala con la alta burguesía aunque conozco personas acomodadas. Esto quiere decir que mis lectores tienen ocho horas ocupadas en tareas tales como construir edificios, suturar heridas, limpiar casas ajenas además de la propia, cuidar de sus familias, soldar cables, redactar informes, vender pan y pasteles, cortar el pelo, recoger patatas y muchas otras. Además de eso hacen la compra, planchan, lavan, cocinan, comen, se asean, duermen, ven a sus amigos, usan internet, hacen deporte, cuidan de sus mascotas, colaboran con ONGs, duermen la siesta y, cuando todo eso les deja un rato libre, leen.

Es una realidad dura, pero es la realidad. así que cuando mi lector decide coger mi obra, apretar el botón de encendido de su Kindle y darle una oportunidad a lo que he escrito, está dedicando un tiempo muy valioso a mi trabajo. Solemos darle muchas palabras, muchas páginas, a hablar de lo mucho que cuesta escribir una novela, pero olvidamos que nadie nos ha pedido que lo hagamos. Yo no recuerdo que nadie me haya abordado en plena calle y me haya dicho: “¡Eh, Alicia! ¡Escríbeme un cuento!”. No. Yo quería escribir, he escrito y lo que quiero ahora es que me lean. Así que es mi responsabilidad escribir algo que merezca la pena el tiempo que otro le va a dedicar. Es mi responsabilidad dejar al lector con el culo pegado al asiento. Si no lo consigo no es culpa suya. Puede que tampoco lo sea mía. Puede que las circunstancias manden, que esté muy cansado, o descentrado o que no sea uno de mis lectores y se haya equivocado de libro. Así que sí, puede que yo no sea el culpable de que un lector no disfrute de mi obra. Eso no es seguro. Lo que sí es seguro es que el culpable jamás es él.

Es un poco cansado oir que la gente no lee, que la gente no se esfuerza, que sólo se consume basura, que los lectores son vagos y sólo quieren chollos o libros gratis. Es responsabilidad nuestra y de nadie más escribir obras de calidad, entretenidas y asequibles. Estaría bien que los escritores nos considerásemos obreros. Como los cocineros, que deben presentar platos comestibles, sanos y atractivos. Por poner un ejemplo. Yo soy mucho más lectora que escritora y cierro libros tras dos o tres párrafos cuando no me convence el estilo,  por ejemplo. Los cierro tras algunas páginas si no me llevan a ningún lado y los cierro a la mitad, para no volver a abrirlos, si pierdo el interés. No es culpa mía. No soy mala lectora. Soy una tía paciente y a veces me basta con un hilo del que tirar para tragarme todo el tejido. Otras veces no: no tengo tiempo ni ganas de perderlo con obras mediocres cuando hay tantas otras que me divierten, me enseñan o me ayudan a evadirme.

Los escritores tenemos muchas obligaciones. Muchas más que derechos, diría.

 

Anuncios