Auschwitz – Disneylandia

por Alicia Pérez Gil

Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar

Lo primero que llama la atención cuando llegas a Auschwitz es la cantidad de autobuses que esperan en el parking. Más de cuarenta un sábado de otoño, frío, a las diez y media de la mañana. Cerca de la puerta, un hervidero multicultural se coloca en hileras: grupos a la izquierda, individuos a la derecha. Antes se llegaba en tren, por una vía que se conserva, que corta áreas de aparcamiento y aceras. Antes se separaba a los hombres de las mujeres de la misma manera: unos a la derecha, otros a la izquierda.

Inmediatamente después de colocarnos en nuestra fila, Nos informan de que no se puede entrar con mochila. Con bolsas de plástico llenas de agua y comida sí. Con cámaras de fotos también, con bolsos no hay problema. Las mochilas deben quedarse en el guardarropa. Bajamos corriendo, subimos corriendo. Aún así perdemos nuestro turno. Tenemos que esperar una hora para que nos franqueen la entrada. Enfadada porque después de las diez es obligatorio entrar con guía, porque llevaba años queriendo entrar en el recinto y estaba tan cerca pero no me lo permiten, me siento en un banco mientras otros, que hablan otras lenguas, pasan por los tornos. La organización dice que si llevas una audioguía azul no puedes entrar con quienes la llevan naranja. Antes nadie quería entrar. Antes el código de colores era otro.

Filas interminables y clasificación. El ser humano cambia poco. Convendría recordarlo cada día.

Una vez dentro, lejos aún del famoso letrero que dice que el trabajo os hará libres de igual manera que ahora decimos que la nómina a fin de mes paga las vacaciones, de nuevo se disparan las alarmas ¿Por qué es todo tan bonito? ¿Por qué ese césped perfecto, los bloques de ladrillo visto tan parecidos a los edificios ingleses de la época industrial? No hay mucha diferencia entre los bloques de ladrillo anaranjado, oscurecido por el tiempo, de Auschwitz I y el Central London Hospital de Whitechapel. Empiezo a sentirme muy incómoda.

Avanzamos hasta el arco con el letrero. El campo se rebela como un pueblo trazado con tiralíneas: calles anchas, faroles en las puertas, suelo de grava, hierba. Es verdad que las alambradas siguen ahí, los postes de cemento, los alambres de espino, los carteles con calaveras que avisan de la muerte. Yo puedo acercarme a esos carteles. Puedo caminar hasta ellos, tocarlos, sacar dos fotografías y darme la vuelta. Me coloco muy cerca de uno y me obligo a pensar que antes nadie podía estar allí. Si un prisionero del campo llegaba hasta mi posición, moría bajo el fuego de una o varias torres de vigilancia. Me obligo a formular la idea varias veces. Continúo mi camino.

El sitio es tan bonito y hay tanta gente vestida de colores alegres a mi alrededor que me siento extraña, confusa. Hay colas más largas que en algunos parques de atracciones en los que he estado. El ambiente es similar, también. El ser humano está hecho para la vida y bromea, se besa, sonríe en cualquier parte. También allí. La mayor cantidad de gente se concentra en el bloque número 11, que aparece descrito en los folletos como El bloque de la muerte. Es igual a los otros. Un edificio alargado de tres pisos. En el sótano estaba la prisión. Sé que los presos temían más a la enfermería. Pero la enfermería se llama enfermería y no bloque de la muerte, así que se puede visitar sin aglomeraciones.

Centenas de rostros miran a cámara desde la pared de la enfermería. Mismo encuadre, mismas cabezas rapadas, mismo uniforme de rayas. Pero las caras, las expresiones, son distintas. Tan profundamente diferentes que pienso en lo útil que sería una recopilación de todas esas fotografías para un escritor; por ejemplo, para mí. Porque enseñan la diferencia entre una mirada franca y otra que no lo es. Porque en ellas se ve donde estriba la diferencia entre una actitud vencida y una postura digna e incluso arrogante. También yo estoy hecha para la vida aunque a veces me olvide. Algunos de aquellos hombres eran muy guapos cuando llegaron. Algunas de las mujeres muestran un orgullo que quieres pensar que no se quebró.

Evitamos a los grupos de turistas porque hemos escapado de nuestro guía, así que hacemos la visita de un modo un tanto errático. El bloque 6 muestra los efectos personales de los muertos. Los conservadores los sacaron de los almacenes donde estaban y han llenado con ellos habitaciones completas. Ahora hay un cuarto lleno hasta el techo de cacerolas y utensilios de cocina. Están protegidos por un cristal. También hay varias habitaciones llenas de zapatos, de prótesis. Otra contiene maletas y cestas. Hay que pensar que dos zapatos corresponden  a una persona para imaginar, muy de lejos, la magnitud del asesinato. No es posible hacerlo de modo real, sólo de una manera intelectual. Puedes multiplicar, pero no puedes imaginar una fila de cadáveres que calzan zapatos manufacturados en los años cuarenta. Algunos eran tan bonitos que los llevaría a trabajar. Eso me acerca un poco más a las mujeres que los usaron. Me doy cuenta de que también hay botas bastas de trabajo en el escaparate. Pienso que los nazis eran la muerte que no distingue entre ricos y pobres. Pienso en el sentido retorcido de la democracia.

En el patio de las ejecuciones no ha crecido la hierba más que en las orillas. La lluvia ha convertido la gravilla en barro donde se han marcado las huellas de otros turistas. Les hago una foto porque se parecen a las huellas de muertos que se ven en las películas y por algún motivo las imágenes del cine me parecen más reales que la hierba fresca de otoño y la arquitectura tan evocadora. Pienso que no, que no hemos cambiado nada; que estoy allí y me cuesta creer algo que sé. Quiero vomitar, pero no puedo vomitar.

Entre los alambres de espino que separan la zona común del campo del área donde se construyó la primera cámara de gas, experimental, probada con prisioneros de guerra rusos, una araña ha tejido una tela perfecta. Sobre la tela quedan gotas de lluvia. son tan bonitas que me las llevo en la tarjeta de memoria de la cámara.

La chimenea es pequeña. Me pasa como con el Big Ben, que lo imaginaba inmenso. Es una chimenea cuadrada, de ladrillo. El edificio detrás de ella se ve ennegrecido, pero alrededor sólo hay hierba, hojas caídas, árboles llenos de vida. En ese momento noto que me ofende la vida. No termino de comprenderlo, pero es cierto: me ofende que no se contrate a cientos de personas que caminen por esas calles perfectas, por los prados que se han hecho con el paisaje. Me ofende que no se aplaste todo lo que crece igual que me han ofendido las cestas en escaparates y las colas de personas como yo que hacían lo que yo hacía.

La visita al campo I termina, dejamos los cascos y el dispositivo que no hemos utilizado, empujamos una verja y salimos. Salimos solos. No hay colas en la salida. Pienso, con un nudo en la garganta, que antes no se podía salir.

Birkenau está a tres kilómetros. Un autobús turístico, gratuito, nos lleva hasta allí. Todo es verde de nuevo. Verde e inmenso. Desde la entrada no se alcanza a ver el final. Quedan pocos edificios en pie. Permanece la vía, algunos barracones de ladrillo muy similares a grandes casa de labranza como las que he visto en países como Irlanda. De hecho, Birkenau se parece mucho a una aldea irlandesa. O a La Comarca. También quedan cobertizos de madera.

Canadá ha desaparecido, los crematorios y las cámaras de gas fueron destruidas por los alemanes. En el tejado del edificio de la comandancia hay una cruz. De camino a la salida nos paramos ante la fotografía de un grupo de personas que espera entre los árboles. El texto dice que en aquel mismo claro esperaban familias enteras. Si las cámaras estaban ocupadas les detenían allí. Detrás del cartel en blanco y negro donde esas familias aún vivas no habían sido separadas de sus cestas, maletas, gafas, zapatos y prótesis salta un conejo. Es la primera vez que veo un conejo en libertad y exclamo “¡Un conejito!”

No sé ahora, en casa, cómo ordenar todo esto.

Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar Auschwitz, Alicia Pérez Gil, viajar

Anuncios