Los martes, galletas de la suerte: muletas

por Alicia Pérez Gil

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Los martes son duros. Los últimos girones del fin de semana se han arrastrado a través del lunes y permanecen ahí, a nuestra vista pero no a nuestro alcance. El viernes, meca del trabajador (y del parado, porque es cuando puede disponer de sus amigos y familia), queda muy lejos y parece que la semana laboral jamás terminará. Para convertir el martes en un día un poco más digestivo, vamos con unas galletas.

Hoy, tras un fin de semana muy nostálgico, embebida en mis diarios, mi música postadolescente y la poca correspondencia con los amigos de aquellos tiempos que conservo, quiero hablar de las muletas.

Muletas son esos soportes en que nos apoyamos para poder caminar cuando nos falla una pierna o un pie. Nos ayudan a llegar a donde nos dirigimos, nos ofrecen un poco de seguridad donde no había ninguna y, gracias a ellas, pasamos con un poco más de comodidad por una época de invalidez temporal en la que nos sentimos desvalidos, indefensos.

Las muletas emocionales también nos ayudan. Quizá hayamos encontrado a una amiga que nos aporta un punto de vista más sensato y objetivo que el nuestro, o una pareja que nos apoya y nos aconseja. Quizá recurramos a nuestros padres o a una hermana cuando tenemos alguna dificultad. Esto es normal y es sano si se practica con prudencia. La vida es mejor con amigos, es mejor con otras personas, más rica, más divertida, más satisfactoria. A nadie le gusta la soledad más que a mí, pero aun así reconozco que las mejores ideas y los mejores momentos de mi vida no los he pasado sola.

Lo oscuro llega con la dependencia. Cuando dejas de ser capaz de decidir sin esa segunda opinión; cuando no te atreves a dar un paso sin que esa segunda persona te de su permiso, asienta, confirme que lo que vas a hacer está bien. Ese tipo de relaciones tóxicas impiden que crezcas. Si alguien más debe dar el visto bueno a tu ropa, a los hombres que te gustan, a tus proyectos o a tu maquillaje, es que estás anclado en la infancia. Si alguien carga con esa responsabilidad por ti, tú no te haces cargo de tu vida, sino que la dejas en manos de otro.

Obviamente, así jamás tendrás que responsabilizarte de tus fracasos, pero ¿de quién serán tus éxitos?

Yo he caminado muchos años con muchas muletas. Hace ya tiempo que me tambaleo sola, que decido, me equivoco, rectifico, acierto y vuelvo a equivocarme. Los fracasos no duelen tanto como uno espera. Es mucho peor el miedo a fracasar que el fracaso mismo. Los éxitos son mucho más dulces cuando son propios. El orgullo íntimo de haber dado en el clavo con una compra, un argumento, un viaje de fin de semana, un beso a destiempo.

A veces escribir, a veces pensar de más también son muletas. A veces racionalizar es la peor muleta. El ser humano es capaz de justificarlo absolutamente todo. Con el único fin de seguir creyendo de uno mismo que es buena persona, puede elaborar las más peregrinas construcciones teóricas. Esto es peligroso, porque se disfrazan los hechos , se retuercen los motivos, se diluyen las responsabilidades y al final uno no sabe qué ha pasado, cuándo, con quién ni por qué.

La vida es complicada. Tiene sus recompensas aunque no seré yo quien haga apología de la belleza de vivir. Obtener esas recompensas sin embargo conlleva un esfuerzo y una carga de honestidad que hay que estar dispuesto a arrostrar.

Hay que arrojar lejos de uno las muletas: a las personas que nos tutelan, las adicciones, lo que es superfluo. Se dice en veinte palabras, pero hacerlo es trabajo para una existencia completa. De todos modos hay que hacerlo: apartar los cristales de colores a través de los que miramos el mundo, a través de los que nos miramos a nosotros mismos y ver. Quizá lo que encontremos no nos guste, pero será cierto.

 

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