Los jueves, París: ironías del destino

por Alicia Pérez Gil

Perro, Excalibur, Alicia Pérez Gil, Doisneau, Leer, escribir, vivir, amar

 

Los jueves han sido, desde hace mucho, mis días favoritos de la semana y quiero dedicarlos a exponer al público una revisión (no será la última, seguro), de la primera novela que escribí. A ver si gano miríadas de lectores y me hago millonaria. Os gustará comprobar lo que hago con el dinero si eso sucede.

Sin embargo, antes de publicar el primer capítulo de París, lo que procuraré que suceda esta tarde, os hablaré de Tiempo de matar. Estudié derecho por los alegatos finales de los abogados, así que no sorprenderá que se me encogiera la garganta con aquel “ahora, imaginen que es blanca”. Una víctima negra, en el sur de los USA, un jurado blanco. No había otra manera ¿no? Por favor, ved el vídeo si no sabéis de lo que hablo. Antes de continuar leyendo.

Hoy es el tercer día de escándalo por el perro sacrificado. Y debemos dar gracias. Si el marido de la enfermera, de Teresa, no hubiese hablado con la prensa, las autoridades habrían entrado en su casa en silencio, habrían sacado al perro en silencio, sin que nadie lo supiera. Sin embargo el dueño del perro habló, ha habido personas que han tratado de proteger la vida del animal y muchas más personas que se han enfadado en internet. También ha habido muchísimas que no entendían este enfado. Quizá me equivoque –ojalá me equivoque- al creer que son las mismas personas incapaces de imaginar que la niña era blanca.

¿Recordáis la ley Corcuera? ¿La de la patada en la puerta? En 1993 el pleno del Tribunal Constitucional anuló el precepto de la ley de Protección de la Seguridad Ciudadana, conocida como ley Corcuera, por el que se permitía a los policías entrar y registrar un domicilio sin autorización del juez cuando perseguían delitos de narcotráfico. Una ley del gobierno socialista que pretendía, para proteger a la ciudadanía, dar poder a la policía para entrar en los domicilios de los particulares cuando se investigaban asuntos de drogas. Una ley que anuló el Tribunal Constitucional porque era contraria a la constitución. Para eso sirve este tribunal, si no recuerdo mal.

Ayer, el gobierno de España, amparado por la resolución de un juzgado de primera instancia, permitió no sólo que se entrase en el domicilio de un particular, sino que se sacase de allí a un animal para sacrificarlo. Lo que se pretendía proteger era, una vez más, la seguridad ciudadana. En este caso la amenaza no eran las drogas, sino una enfermedad mortal, altamente contagiosa que está creando una situación de pánico social como yo no he conocido otra. Esto se hizo sin una ley que proteja el acto y, por supuesto, sin agotar la vía judicial. Para salvar a la población del contagio por un animal que ya estaba en cuarentena, aislado en la propia vivienda.

Ahora, imaginen que es blanca.

Mucho más allá de la muerte justa o injusta, justificada o no, del perro –sobre eso ya ha hablado todo el mundo-, imaginad a dos o tres personas que entran en vuestra casa mientras vosotros estáis hospitalizados. O de vacaciones. En vuestras casas, que tenéis como las tengáis: impecables o desordenadas. Quizá os moleste que os llenen el parquet de pisadas u os de vergüenza que vean vuestra ropa interior en el sofá. Quizá tengáis una diana con la cara del presidente y practiquéis vuestra puntería en su nariz. Quizá hayáis practicado un ritual de purificación de feng shui y la irrupción policial ha interrumpido sus efectos. A lo mejor fumáis maría u os gustan las telenovelas. Es vuestra casa, es vuestro reino. Cada mes pagáis al banco una cantidad ingente de dinero que sale de vuestro trabajo para poder cruzar su umbral, cerrar la puerta a vuestras espaldas y sentir que ese trozo de mundo es vuestro.

Pero cuando volváis del hospital –o de las vacaciones- alguien, unos desconocidos, habrán estado ahí. No sabéis exactamente qué han tocado o qué no. A lo mejor se han bebido un vaso de agua, o han descolocado una figura de porcelana, o se han sentado en vuestro cojín favorito porque vivís en un sexto y no funcionaba el ascensor.

Imaginad que es blanca. Sólo un momento.

Hace ya años que un buen amigo me lo dijo con muy pocas palabras: estamos sacrificando la libertad para obtener una cota más alta de seguridad.

Creo que se equivoca: Estamos sacrificando libertad y obtenemos a cambio una cota muy alta de inseguridad. No podemos manifestarnos sin temer que nos detengan por gritar contra el gobierno. No sabemos cuál será la siguiente excusa para entrar en una casa.

No es el perro muerto.

No es la enfermera culpabilizada.

Es el goteo constante hacia la pérdida de todo lo que define una democracia.

Es blanca.

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