Los jueves, París: Capítulo 1

por Alicia Pérez Gil

Doisneau, Alicia Pérez Gil, París, leer, escribir, vivir, amar

Ahora sí:

 

Los jueves han sido, desde hace mucho, mis días favoritos de la semana y quiero dedicarlos a exponer al público una revisión (no será la última, seguro), de la primera novela que escribí. A ver si gano miríadas de lectores y me hago millonaria. Os gustará comprobar lo que hago con el dinero si eso sucede.

 

Capítulo 1

Con la mano aún en el tirador, se le cayó el alma a los pies al ver los recursos de que disponía: pantalones de oficina rectos, planchados con raya, de colores oscuros y tejidos sobrios, apagados. Los pantalones de una trabajadora suficiente. Por encima, ordenadas según su gama cromática, del blanco al beige con unas pinceladas de gris perla, blusas discretas que no desentonaran con las rebecas de punto bien dobladas que usaba a diario porque, fuera invierno o verano, en el despacho siempre hacía frío.

Agarró la puerta con crispación. Escondido tras toda la ropa de trabajo estaba el vestido que compró para la reunión de antiguas alumnas a la que al final no acudió ¿O no era un vestido? Era verde, eso seguro. Demasiado llamativo para ponérselo por la mañana. Sobre todo porque había llamado para decir que estaba enferma y no era buena idea ir por ahí disfrazada de semáforo.

Extrajo la percha y se felicitó. En realidad se trataba de un conjunto de falda pistacho y blusa rosa con toques también verdes. No le gustaba nada, no entendía como había podido pagar por ello. Sin embargo la sonrisa desaparecida ante la multitud de pantalones grises reapareció junto con el recuerdo de aquella ocasión, a los dieciséis años, en que había pasado por algo parecido.

Se trataba de la primera vez que pisaba un centro comercial. En su pueblo no existían, así que llegó hasta allí en tren y luego caminó. Le daba vergüenza entrar, sentía que hacía algo indebido y el vigilante de seguridad que patrullaba el pasillo se lo confirmaba por medio de una mirada torva, profunda, que le hacía temblar las piernas. De todos modos, Inés pasó a su lado sin mirarle, con la espalda muy recta y los hombros erguidos como si visitara el sitio cada día. Pero los escaparates la confundían. Su única referencia era el armario superpoblado de su madre, lleno a reventar de ropa de todos los colores del espectro que, sin embargo, se quedaba en la nada por comparación con la exuberancia de los jerseys de angora, las muselinas, los tules, el terciopelo, raso, algodón, seda y los abalorios que la asaltaban desde las tiendas. Se sintió mal vestida, sucia dentro de sus vaqueros de niña y sus zapatillas de deporte. Al mismo tiempo le pareció que se movía sobre una hilera de baldosas amarillas, mágicas.

Caminó mucho tiempo entre los vestidos estampados y las blusas de tejidos brillantes hasta que se decidió a preguntar a una dependienta alta y delgada, con la cara muy maquillada y las uñas largas que la sonrió con condescendencia.

— ¿Estás buscando algo para tu madre? Tenemos unas faldas preciosas en tonos pastel. Son una monada. Avance de temporada.

Cuando contestó que buscaba algo para ella, la dependienta la despidió sin miramientos. Pasó por lo mismo otras dos o tres veces, hasta que dio, por casualidad, con la tienda de una de las mujeres que visitaban a su madre de vez en cuando.

— ¡Vaya! No sabía que Clara hubiera dejado de comprar por catálogo. Llevo años diciéndoselo– Sonrió a Inés desde detrás del carmín rosa chicle—. Pero te ha mandado a ti a que te lo pruebes ¿no? Debéis de tener casi la misma talla… –La miró con ojos expertos—. Y casi el mismo tono de piel. A tu madre le encantaría volver a tener tu edad. Toma, pruébate este.

Le alcanzó un vestido de color azul celeste con las mangas abollonadas y una goma ancha en la cintura.

— Me dijo que nada de azules. Ya tiene mucha ropa azul.

No se dio cuenta de que estaba mintiendo, sólo de que aquella podía ser su única oportunidad de comprar lo que quería. Igual que ahora, frente a su propio armario, se encontraba ante la ocasión de hacer una pequeña, pequeñísima locura.

Con decisión, tiró la blusa al suelo y la falda sobre la cama. Le sobraban medias y camisas de todos los tonos de gris. Tenía las botas perfectas, de tacón medio, cómodas y elegantes a la vez. Seguro que a Mireia le encantaba verla así, diferente. Siempre la animaba a cambiar. Era una suerte que su mejor amiga la hubiera citado para ese día y no otro. Una suerte muy propia de la alocada Mireia, con su costumbre de disparar primero y preguntar después.

Ya vestida dio una vuelta ante el espejo, aprobó lo que veía y se dirigió al secreter.

Allí estaba, sobre la superficie por lo demás vacía, el sobre por el que había mentido en la oficina. Visto desde allí, de pie, parecía normal. Un sobre marrón, anodino, con la solapa autoadhesiva un apenas en una esquina. Contenía unas pocas cuartillas mecanografiadas a escondidas y aún no llevaba la dirección del destinatario ni la del remitente. El buen humor de Inés se intensificó. De todos los adjetivos que se podían aplicar a ese sobre, anodino era el menos indicado.

Anodina, transparente, invisible había sido ella desde que había llegado a la ciudad. Allí se trataba de producir, le había dicho su primer jefe, un amigo de su madre, alto, con papada y barriga que sin embargo conservaba parte del atractivo que debía de haber derrochado en tiempos mejores. Se lo dijo parapetado tras un escritorio enorme, lacado en negro, medio oculto por el humo espeso de un cigarro habano, con los ojos cerrados y los labios resecos moviéndose muy despacio.

—Espero que estés a la altura.

E Inés deseaba por encima de todas las cosas merecer el trabajo que había conseguido gracias a la recomendación de su madre. Deseaba conocer a sus compañeras, pero no duraban lo suficiente.

Vanesa, por ejemplo, siempre le dejaba la correspondencia a ella; de modo que Inés debía cumplir con sus interminables hojas de cálculo y luego imprimir las etiquetas de la otra.

—Es que siempre se me doblan, se me atasca la impresora, se me da fatal. Pero te compensaré, ya sabes que siempre te compenso.

Siempre había sido la única vez que le llevó magdalenas para desayunar y le pidió que hiciera el café ella misma porque se le atascaba la cafetera. A Inés no le importaba. Le gustaba Vanessa. Se vestía como una modelo, se movía como una princesa y siempre tenía una sonrisa para ella.

En algún momento la trasladaron. Entonces todos los sobres pasaron a formar parte de las tareas diarias de Inés, que se hacían porque la hija de su madre empeñaría hasta la sangre por estar a la altura.

Un día, tiempo después, subieron juntas en el ascensor. Vanessa llevaba un bolso de aspecto muy caro y un vestido camisero estampado en todos los tonos del rojo.

—Ten cuidado con Martínez —le dijo en un susurro—. Mira lo que me ha hecho a mí.

Inés no imaginaba qué podía haber sucedido, pero su compañera estaba tan espléndida que sintió un ramalazo de envidia.

Pero Inés sabía cómo funcionaban las cosas. Había recibido una educación muy eficaz al respecto, así que rescató sus faldas más cortas y los tacones de antes, alargó sus escotes y una mañana cualquiera apareció con los labios rojos, sombra de ojos y máscara de pestañas. En el trayecto hasta la oficina la silbaron al menos en tres ocasiones. No se inmutó, estaba acostumbrada. El aire fresco en las pantorrillas era revitalizante, el aroma a frutado de su propio perfume le recordó que estaba viva. La expresión de sorpresa azorada de Martínez, su jefe, confirmó lo que ya sabía: Estaba a la altura.

Al día siguiente encontró un sobre sobre la mesa. Estaba dirigido a ella: debía ir a la planta baja, donde trabajaría para la encargada del servicio de mensajería interna, una señora malhumorada, malencarada que la colocó en la esquina peor iluminada de la sala y la sepultó bajo una montaña de sobres de papel marrón que debía despachar.

Pero no todos los sobres marrones eran iguales. Vestida de gris marengo y verde pistacho, maquillada sin estridencias y feliz, Inés escribió la dirección que había aprendido de memoria y un apartado de correos donde recibiría la respuesta sin que nadie más que ella supiese de su correspondencia.

La ciudad la recibió con el cielo cubierto a medias y el suelo húmedo de lluvia intermitente. Vivía en el centro, en un barrio bien, plagado de tiendas familiares, bares de toda la vida y árboles a cuyos pies los vecinos amontonaban la basura. Los edificios antiguos, algunos de ellos con filigranas, capiteles y adornos superfluos, no la asfixiaban. Las personas que tomaban café en los bares no la amenazaban. Apretaba el bolso contra su cuerpo como si abrazase un amante.

Había dos formas de llegar a la oficina de correos más cercana, que también estaba al lado del local donde había quedado con Mireia: la que usaba siempre y la ruta que sólo había recorrido una vez. Levantó la barbilla y acometió la segunda. Portaba su escudo: estaba a salvo.

Recién llegada al barrio, callejeaba a menudo. De esa forma había descubierto la tiendecita de confección en punto donde se había enamorado de una bufanda de color butano. Era una prenda tejida a mano cuya calidez y suavidad traspasaban el cristal. Junto a ella se exponían guantes, gorras, patucos, chaquetas… Todo lo que se pudiera tricotar estaba a la venta en ese comercio de aire anticuado que desprendía solera.

Inés sabía que la bufanda sería cara, pero le encantaba. Se veía envuelta en ella, la boca protegida del frío, las mejillas arreboladas; sería su toque anaranjado para dar color a los inviernos duros de la ciudad. Entró con la esperanza de que el precio no la marease. No hubo oportunidad de saber si lo habría hecho: la bufanda no estaba a la venta.

Con la decepción pintada en sus ojos almendrados, Inés se despidió de la dependienta, una señora de pelo blanco que la atrapó de inmediato gracias una voz dulce que disfrazaba frases de hierro.

—Tendrías que protegerte el pelo, cariño —decía—. El frío es muy malo para melenas quebradizas como la tuya.

Inés, horrorizada, asistió al desfile de gorros de lana que tuvo lugar en el mostrador. Eligió uno a juego con unas manoplas que cuidarían de que la piel azulada de sus manos no se cuartease y completó el equipo con un poncho ridículo de color mostaza cuando el color mostaza jamás había sido de sus favoritos. No estrenó una sola prenda. Pero eso había sido hacía años. Ahora, a medida que se acercaba al establecimiento, el corazón le latía más deprisa. Apretó un poco más el bolso, hasta que oyó cómo el sobre crujía en su interior y, cuando estuvo cerca de la puerta, la abrió con ímpetu y preguntó por la dueña.

—Soy yo, dijo una mujer de unos cincuenta años completamente desconocida para Inés.

Desconcertada, preguntó por la señora del pelo blanco.

—Era mi madre. Falleció a primeros de año.

—Lo siento mucho —balbuceó. Y salió del local con un nudo en el estómago. Se sentía estúpida, infantil, ridícula, diminuta por no haberlo pensado.

Unas gotas de lluvia contribuyeron a aumentar su tensión. No había cogido paraguas, ni abrigo. La temperatura era buena, pero si caía un chaparrón su aspecto fresco, desenfadado, se chafaría igual que un suflé, se le correría el maquillaje y volvería a lo de siempre.

El bolso ya no le transmitía ninguna seguridad. Debía de ser demasiado tarde para todo. La arpía que la había convencido de que debía esconderse bajo capas y capas de lana había muerto y eso era sólo una señal. Seguro que su acto desesperado tampoco daba resultados. Con el cielo descargando agua sin la menor piedad, se detuvo ante la boca de uno de los leones que camuflaban los buzones de correos. No se decidía a depositar dentro el sobre.

—No te preocupes, mujer. Suelen llegar a destino.

La voz de Mireia, cálida, como siempre, la sobresaltó y le hizo soltar el paquete de cuartillas. En cuanto sintió la levedad en la mano, el miedo se disipó. Abrazó a su amiga y recuperó la sonrisa con la que había salido de casa. Poco importaba que no dejase de llover.

Cuando volvió del cuarto de baño con la cara lavada y el pelo sin rastro de humedad gracias al secador de manos, notó la sombra en la mirada de Mireia. Su mejor amiga lo enfrentaba todo de cara, siempre; sin embargo, parecía encogida tras su taza de te. Aquello era mucho menos habitual que una falda corta y un poco de máscara de pestañas. Además, se había olvidado de pedirle su café manchado. Cierto que ese tipo de olvidos se daban de vez en cuando, pero no en Mireia, el colmo de la eficiencia en más de un sentido.

—¿Estás bien? —preguntó.

—No. Yo no estoy bien. Pero me han dicho que tú sí.

—¿Qué pasa?

—Me han dicho que vistes diferente, que estás más animada, que se te ve feliz. Tienen razón. Mírate, con esa mini verde y esas medias. Creo que nunca te había visto así. Me alegro mucho por ti.

—Pus no sonríes. Empiezas a preocuparme, Miri.

Mireia dio un sorbo a la infusión demasiado caliente. Con la mirada perdida en el fondo del local, buscaba las palabras adecuadas para lo que tenía que decir.

—¿Estás engañando a Ricardo? —soltó de sopetón.

Inés no reaccionó, su mejor amiga lo interpretó como el otorgamiento de quien calla y continuó disparando.

—Me lo ha dicho él. Y quería hablar contigo porque necesito que sepas que estamos encantados. Ya era hora de que encontrases a alguien que te hiciera feliz de verdad. Hemos visto cómo te ibas poniendo mustia y no sabíamos qué hacer. Pero ahora que has encontrado a alguien, todos somos libres.

—Yo…

—Ricardo va a iniciar los trámites de divorcio enseguida. Luego nos casaremos. Ya me imagino que ahora estás un poco impresionada, pero verás como es lo mejor. Llevamos años así. Yo ya no podía más y tú has sufrido tanto.

—Pero Ricardo es mi marido— atinó a contestar Inés.

 

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