Los martes, galletas de la suerte: pequeño.

por Alicia Pérez Gil

Los martes son duros. Los últimos jirones del fin de semana se han arrastrado a través del lunes y permanecen ahí, a nuestra vista pero no a nuestro alcance. El viernes, meca del trabajador (y del parado, porque es cuando puede disponer de sus amigos y familia), queda muy lejos y parece que la semana laboral jamás terminará. Para convertir el martes en un día un poco más digestivo, vamos con unas galletas.

Alicia Pérez Gil - Vivir

De pequeños queremos ser mayores. Yo quería ser mayor incluso cuando era mayor: para salir de casa de mis padres, para dejar de estudiar, para hacer todas esas cosas que quería hacer y que no podía porque era pequeña, vivía en casa de mis padres y estudiaba.

De pequeña, de muy pequeña, quería ser abogado y rubia. También quería quedarme despierta hasta tarde y ver pelis de dos rombos. Quería escoger a mis amigos y jugar donde se me antojara.

Un poco más mayor, pero aún pequeña, quería escribir la novela del siglo, viajar, enamorarme y no tener sofá. Tres de cuatro, no está mal. La novela parece que se resiste.

De mayor, de todas formas, tengo una casa que no se limpia sola; como tres veces al día comida que no se cocina sola; trabajo más horas de las que estudiaba y tiempo de ocio me queda el justo. Se me ocurre que todo lo que quería hacer de pequeña era ocio. Quería jugar con los juguetes de los mayores sin pensar en las obligaciones de los mayores. Aún lo quiero, aunque hay una domadora dentro de mí que va amansando a la fiera.

Algún día renunciaré por completo a querer ser mayor, a querer ser grande. Entonces me habré vuelto pequeña.

Y no quiero ser pequeña.

Me digo que la felicidad y el placer deben estar en las cosas pequeñas, diarias, en los dulces que compartes con las amigas y los besos que das antes de dormir. Me lo digo a menudo, pero no me lo creo. Leo cada día que hay que agradecer lo que se tiene y no focalizar en lo que no se tiene, que la vida es según la ves y que por tanto hay que esforzarse en verla bonita.

Lo leo y no me lo creo.

Porque el precio de todo eso pequeño es demasiado alto. Se trata de madrugar aunque el cuerpo pida hacerse una rosquilla en el regazo de otro. Se trata también de ropa con la que no te identificas, de sonrisas que no sientes, de aplicar la atención a cosas que no te interesan, de renunciar a largos paseos matutinos o a maratones nocturnos de cine. Se trata de restringir el tiempo que dedicas a los que quieres.

Puedo poner el foco de mi atención en lo bueno que es tener tres horas diarias para acariciar a mis gatos, pero eso no elimina las diez que he pasado fuera de casa atendiendo los negocios de otros.

Cuando encontré el trabajo que tengo ahora, lloré. Entraba de nuevo en una rueda de la que cada día parece más difícil salir. Me abroncaron por ello. Tener trabajo es mejor que no tenerlo, decían. Hay millones que matarían por cualquier trabajo y más millones que matarían más por uno como el mío, decían.

Qué pena que la mayoría sólo pensemos en cómo adaptarnos a un ritmo que no nos satisface en lugar de ser pequeños y querer ser mayores, y querer hacer lo que queramos. Qué pena no estar dispuestos a cambiar el ritmo de todo para que se adapte al nuestro.

Cambiamos nuestros hábitos alimenticios para caber en el modelo en lugar de cambiar el modelo. Cambiamos el momento en que tenemos hijos y hacemos madres y padres con la edad de abuelos en lugar de cambiar el sistema que no te permite criar a esos niños con la energía ni con la dedicación que merecen. Cambiamos nuestros valores esenciales para encajar en el diente que nos corresponde de esa rueda que gira y nos aplasta.

Nos matamos para acabar con la piratería cuando la creación debería ser una actividad pública tan importante como la administración. Queremos conciliación cuando debemos exigir subvención. Vivimos en pequeño.

Quizá no sepamos que hay algo más grande.

 

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