Los martes, galletas de la suerte: lo que vale, lo que cuesta

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, dinero

Me vaís a permitir, porque no podéis evitarlo, que hoy vaya al grano. Hace unas horas he leído que ofrecer gratis la propia obra es devaluarla.

No le he prestado mucha atención al resto del texto. De hecho, creí que no le había prestado mucha atención ni siquiera a la frase en cuestión, pero va a ser que sí. Lo sé porque de vez en cuando, en medio de lo que sea que esté haciendo, la frasecilla  se viste de amarillo flúor y da saltos delante de mí.  Como esto es un poco incómodo, me he decidido a hacerla caso y estudiar por qué me ha parecido tan molesta.

En realidad es simple: va contra todos y cada uno de mis principios, contra mis creencias más firmes, las que he escogido para definirme. Por supuesto, cuando uno encuentra una piedra de toque así, se cuestiona. Yo me he cuestionado y he salido airosa. Miríadas de pensadores podrían convocar manifestaciones en defensa de que ofrecer relatos o novelas gratis los devalúan y yo seguiría encantada pensando que se equivocan. Porque se equivocan.  El error además es importante y si mucha gente se adhiere a él, esto de cambiar el mundo, que es lo que yo persigo, no podrá llevarse a cabo jamás.

Así que pensemos en las implicaciones de la afirmación: regalar tu obra la devalúa.

Si la vendes barata, entonces, también la devalúas porque un precio asequible es, como la gratuidad, una valoración a la baja. De donde se deduce sin dificultad que para poner en valor las cosas hay que asignarles un coste elevado. Es decir, que el valor lo determina el coste.

No puedo estar de acuerdo con eso. El valor de una obra literaria, de una pintura, de una película, no lo determina su precio de venta al público. Por muchos euros que cueste una novela nefasta, no se va a volver mejor. Por mucho que las grandes editoriales y distribuidoras se empeñasen en regalar ejemplares de “El idiota”, en lugar de marcapáginas, no la convertirían en una mala obra. Diré más: si alguien necesita valorar su obra en función de los dígitos de su etiqueta, la devalua sin remisión.  No es en la etiqueta del precio donde está la trama, ni donde están los personajes ni siquiera donde están las horas de trabajo.

Además ¿Qué hay de la otra parte de la ecuación? ¿Qué pasa con aquellos que creen que lo que han escrito es tan bueno que debe llegar a la mayor cantidad de personas posibles y por tanto lo regalan? Cuando uno regala algo suyo, no lo ofrece porque carezca de valor. Los regalos son valiosos. Otra cosa es que no sean apreciados.  Ya digo, otra cosa.

Me pregunto si quien cree que regalar la propia obra es devaluarla, quien cree que el valor de algo lo determina su precio, cree también que unos pantalones de Dior valen lo mismo que unos bien confeccionados pero sin la marca CD en la etiqueta. Unos vaqueros son unos vaqueros y está en la mano de cada uno darles el valor que tienen o el que dicen los medios que les corresponde. El valor no es el coste. El valor no es el precio. Ni sé cuántas veces he dejado prendas de ropa en perchas de comercios porque, al ver el numerito, me he dicho: no, no vale lo que cuesta.

También podemos ponderar eso tan intangible que es el valor subjetivo que cada cosa e incluso cada idea tiene para cada persona. Hubo un tiempo en mi vida, hace muchos años, en los que un frasco de perfume Clavin Klein marcaba mi valor como persona. Porque no podía acceder a él y me parecía que era un signo ditintivo. Yo era joven y un poco más tonta que ahora.  El valor de algunas novelas que he leído ni siquiera radicaba en su calidad literaria, sino en las reflexiones a las que me han llevado o las emociones que han despertado en mí.

En cualquier caso, el valor no es el coste.

Y quienes creen que lo que es gratis no vale nada… Bueno, no creo que nada de lo que yo diga vaya a convencerles de que están equivocados. Pero los indecisos harían bien en plantearse qué es el valor de algo. Al final te ahorras un dinero.

 

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