Esos irresponsables, esas zorras

por Alicia Pérez Gil

Amar

Tuve un suegro que aseguraba que no entendía por qué se fabrican vehículos capaces de alcanzar los doscientos o trescientos kilómetros por hora si en carretera no está permitido circular a más de ciento veinte. Es más o menos el mismo argumento que esgrimen contra Dios quienes se quejan de que el sexo sea un pecado tan placentero: si no lo puedo probar ¿Por qué me lo ofreces? A mí me da un poco igual la velocidad punta de un coche y tampoco creo mucho en el pecado, pero detrás de estos dos ejemplos hay algo que me desconcierta y es esa pregunta tan simple: Si no puedo jugar con esta muñeca tan cara ¿Por qué me la compras, mami?

También yo he echado la culpa de sus males a las víctimas en algunas ocasiones. Sin mucha piedad, que es lo mismo que decir que sin pensármelo dos veces. Que hay personas irresponsables es un hecho incontestable. Hay gente que sólo come comida rápida o se automedica y se queja de su salud;; gente que invierte sin pensar y pierde su dinero; gente que abandona un empleo sin tener otro y se encuentra en el paro; gente que gasta más de lo que tiene y se arruina. Todo eso existe. Y condenar a esas personas por su irresponsabilidad es obviar el hecho de que hay una gran diferencia entre la responsabilidad y la culpa. Desde el punto de vista teórico de quien escribe cómodamente en su escritorio, no resulta fácil culpar al adulto cuando el niño que fue jamás recibió un castigo por sus acciones. Recuerdo una anécdota que me contaba una amiga profesora acerca de un crío que había roto algo en el aula. Ella le había castigado y al día siguiente llegó el padre o la madre, a abroncar a la profesora por haber castigado injustamente al crío. El chaval había dicho en casa que él no había sido y eso iba a misa. Que la profe le hubiera visto no contaba ¿Es ese adulto culpable de no conocer el alcance real de sus acciones? No digo que no deba hacer frente a las consecuencias de lo que ha hecho o dejado de hacer, pero ¿hay que martirizarle además con juicios de valor acerca de lo que es o no?

Hoy la frase lapidaria era: “la culpa siempre es de la flecha y nunca del indio. Si tomas un medicamento por tu cuenta y riesgo debes asumir sus contraindicaciones. De hecho, aunque lo tomes con receta debes asumir de igual manera esas contraindicaciones”. No estoy de acuerdo. Si no es saludable tomar medicamentos sin receta, no deberían venderse medicamentos sin receta. Si un médico me receta un medicamento, debería informarme de sus posibles efectos secundarios. Estamos llegando a un grado de especialización y complejidad que no permite a cada individuo conocer el alcance de todas y cada una de sus decisiones a todos y cada uno de los niveles. Por fortuna vivimos en sociedad y hay personas capaces de aconsejarnos lo que debemos hacer en algunos ámbitos.

Pero no sucede sólo eso. Lamentablemente, una de las consecuencias del neoliberalismo es que cada vez es más sencillo para las empresas despedir a sus empleados. Con la crisis, dicen, hay menos absentismo laboral. Doy fe. Este año me he comido mis migrañas con patatas, he venido a trabajar con lágrimas en los ojos, la cabeza estallando y a la pregunta de qué me pasa he contestado que nada. Mis jefes son muy majos, pero una es prudente. Aseguro que mi productividad esos días ha sido menos doce, pero aquí estaba. Ahora estoy teniendo problemas de respiración. El año pasado tuve un broncoespasmo que no curé bien porque volví antes de tiempo a trabajar. Me planteo comprar el Ventolín sin receta –si es que se vende-, porque tengo un contrato temporal, no sé si hay posibilidades de que se haga fijo y no me apetece faltar unas horas para pedir una receta. Sé que es una irresponsabilidad hacerlo pero ¿es culpa mía? Por supuesto, tengo la opción de poner mi salud por delante de mi trabajo, pero…

La piedad, la empatía, supone una cierta flexibilidad y un ponerse en el pellejo de otro. De otro que no somos nosotros, ni nuestra historia, ni nuestras circunstancias ni nuestras fortalezas ni nuestras debilidades.

Hasta hace no mucho uno de mis mantras era: si puedo hacerlo yo, puede hacerlo cualquiera. Dejando de lado el bofetón que me daría por quitarle valor a mis logros de ese plumazo, el hecho es que no es cierto. Cualquiera no ha estudiado mi carrera, ha tenido mis relaciones, mi familia, mis viajes, mis amores, mis desamores. Cualquiera no ha tenido a quien yo he tenido detrás, animando, ni a quien he tenido encima de mí, pisando. Cualquiera no ha debido superar mis obstáculos ni ha disfrutado de mis apoyos. No. Cada uno es capaz de lo que es capaz y quizá de más siempre y cuando cuente con la ayuda necesaria.

Lo que me lleva a la misógina que detecto en las mujeres. Mujeres que se declaran feministas y se permiten hablar de las mujeres como si fueran la última plaga de Egipto. Mujeres que hablan de igualdad de derechos y oportunidades en la misma frase en la que el sujeto son “las mujeres” “todas las mujeres” o “la mujer”. Como si de verdad fuésemos un colectivo en lugar de muchas individualidades sometidas a los mismos patrones injustos… O ni siquiera eso, porque no es lo mismo una ciudad que un pueblo, una ciudad española que una china ni un pueblo africano que uno sueco. No existen “las mujeres” ni existen “los hombres”. Existen “las personas que”. Porque hasta que no aprendamos que es más lo que tienen en común la mayoría de los hombres y la mayoría de las mujeres que lo que les diferencia, pondremos el foco en la diferencia. Ese es el problema a la hora de hablar de igualdad, que no hablamos de igualdad, sino de diferencia.

No es peor una mujer que critica a una mujer que un hombre que critica a una mujer. Lo malo es la crítica en sí, el desprecio en sí. Cada hombre, cada mujer, podría, antes de llevar el debate a términos generales de “hombres” y “mujeres”, pensar en cómo se portan ellos y en si les parece correcto. Porque la actitud de cada individuo quizá venga determinada en parte por las presiones de grupo, pero seguro, segurísimo, que puede cambiarse de manera personal.

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