Humildes

por Alicia Pérez Gil

Vivir, amar

Hay una diferencia grande entre las personas amables que lo son desde el fondo y las personas que se cubren con una pátina de amabilidad porque se cazan más moscas con miel que con vinagre. Lo que pasa es que, a primera vista, la diferencia no se ve. Las personas amables de verdad suelen ser, además, humildes.

Pero no se trata ahora de amartillar los revólveres y afilar las facas, sino de darle una vuelta al asunto. Es cierto que hay gente que cree de sí misma que es mejor o, al menos, que debe ser mejor. La autoexigencia a la que están sometidos es brutal. Un ser humano que no se permite un solo fallo, que busca la perfección en todo lo que hace, vive como en una matriz cúbica. Algunos no saben divertirse, no saben dejarse ir y reírse en alto. Porque la diversión tiene mucho de libertad y la libertad es lo opuesto al control cuando las personas que necesitan ser perfectas para sentirse buenas mueren si no lo controlan todo. Porque lo que no controlan… En fin, podría salir mal y empañar su currículum. La expresión máxima de esta necesidad de control se ve en aquellos que son incapaces de tener un orgasmo si no llevan ellos el control absoluto del encuentro sexual.

Pero uno no nace sintiendo que debe ser una matrícula de honor ambulante. Eso se aprende. Es sencillo deducir que se debe ser perfecto cuando sólo se reciben estímulos positivos ante logros espectaculares: niños que leen antes que los demás, que obtienen calificaciones extraordinarias y a quienes no se les da ni una palmadita en la espalda cuando llegan a casa con un ocho porque se sabe que pueden sacar un diez.

Queridos padres y madres: los hijos no somos resultados, ni somos tallas, ni somos marcas deportivas. No somos trofeos, no servimos para mostrar al mundo lo bien que lo habéis hecho. Los hijos, sobre todo cuando son pequeños, tienen derecho a sentirse queridos en todo momento: cuando sacan buenas notas, cuando las sacan malas, cuando ordenan su cuarto y cuando llegan a casa llenos de barro ¿Quiere esto decir que hay que aplaudirles cuando suspenden? No. Quiere decir que está prohibido castigar a los niños privándoles de abrazos, de besos, de elogios, de amor. Porque si gritas a un crío por un suspenso estás creando un adulto que va a chillarle a un camarero por derramar el café; mientras que si le enseñas que un suspenso no es admisible y que debe trabajar para obtener mejores notas, no porque si no no le quieres, sino porque es su obligación, el adulto en que se convierta le pedirá al camarero otro café sin aspavientos innecesarios y el mundo se habrá ahorrado otro conflicto.

Los niños, cuando crecemos, no nos convertimos en personas diferentes de las que éramos durante la infancia. A veces cambiamos tan poco que resulta difícil creer que por nosotros haya pasado el tiempo. En otras ocasiones evolucionamos, apartamos algunas de las cosas que aprendimos porque no nos sirven, aprendemos cosas nuevas. Está en el ser humano el deseo de crecer, pero no siempre acompañado por las habilidades necesarias.

Es difícil desaprender. Seguro que en vuestras comidas y cenas familiares hay actitudes, modos de tratar a los miembros de la familia que se han mantenido inamovibles durante años. Son los sambenitos malditos y se repiten hasta el infinito porque los hemos asumido como ciertos. Pues bien, dentro de cada uno de nosotros vive la persona que de pequeño nos dijeron que éramos y quiere convertirse en la persona que de pequeños nos dijeron que debíamos ser. Así nacen los perfeccionistas inflexibles que se equivocan muy poco porque no se lo pueden permitir y que por tanto tratan a los demás como a sí mismos o peor. Una vez creado ese perfil, transformarlo en el de una persona humilde que trata de hacer las cosas lo mejor posible, que asume sus errores y por tanto no da mayor importancia a los errores de los demás cuesta mucho trabajo. En ocasiones es imposible.

Sin embargo merece la pena. La vida es mucho más bella cuando equivocarse no desencadena un cataclismo, cuando pedir disculpas nace sin traumas, cuando te das cuenta de que eres como todos: único e imperfecto.

 

 

 

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