Navidad, dulce cesta de Navidad

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, Navidad, derecho, privilegios

El día 24 de diciembre no trabajé. Es festivo de convenio en esta empresa, así que el día 23 salí de la oficina llena de felicidad. Ahora mismo tengo un contrato temporal que termina el 16 de febrero, llevaba sin descansar desde el 14 de julio y se notaba. Necesitaba unos días de desconexión. Me gusta mucho esta compañía, me gusta mi puesto, me gustan mis jefes y no tengo grandes quejas. No las tengo acerca de este empleo concreto, sin embargo…

Sin embargo el hecho es que algunas costumbres navideñas trasladadas al mundo laboral están muy cerca del vasallaje. Tanto como que algunos jefes se muestran personalmente generoso con sus empelados y les hacen regalos. En el mejor de los casos, quiero creer, esos regalos  se deben justo a eso: a la generosidad. Los jefes quieren agradecer el esfuerzo y la dedicación de los empleados y tienen con ellos detalles extraordinarios. Este año mi jefe ha tenido uno de esos detalles conmigo y mi primera reacción fue de sorpresa, ilusión y agradecimiento. Era la primera vez que me pasaba. Pero el día 23 por la tarde, en el autobús, camino del centro para comprar un regalo a alguien a quien de verdad quiero, después de haber hecho cerca de 70 paquetes de regalos de empresa para personas a quienes no conozco y que a nadie le importan, la ilusión y el agradecimiento se convirtieron en tristeza.

Porque yo no quiero que me regalen nada en Navidad para agradecerme mi trabajo.  Vengo aquí por dinero. Si no me pagaran, no vendría. Por supuesto, me gusta que me reconozcan el trabajo bien hecho. Para eso basta con expresar ese reconocimiento, con decir que sí, que lo he hecho bien. Si además mi desempeño merece una recompensa, acepto subidas de sueldo. Al fin y al cabo un contrato es un intercambio; en este caso de dinero por servicios. Así que, si mis servicios son de una categoría superior al precio inicialmente pactado, podemos renegociar ese precio. Los regalos son otra cosa. Los regalos son una manera más de decir que los jefes están por encima de los empleados.

Una vez tuve una empleada de hogar y en Navidad le regalé un cofre de perfume. Ni siquiera me caía bien, pero le compré un regalo. Igual que los lores daban un aguinaldo a sus criados. Aceptar esos regalos es aceptar que las relaciones laborales son algo más que contratos entre personas libres.  Tener un empleo digno remunerado dignamente es un derecho reconocido por nuestra constitución. Nadie debería dar regalos por el ejercicio de un derecho. Nadie debería recibirlos.

Las cestas de navidad son otra reminiscencia de la misma cosa, la misma idea. No olvidemos que las empresas no son entes sin cabeza. Las empresas son ficciones jurídicas. Las empresas, por decirlo de otra manera, no existen; son sólo una forma legal de diluir la responsabilidad del empresario en caso de que las cosas vayan mal; una forma de que el empresario pague menos impuestos. Las personas jurídicas (esto son las empresas, personas jurídicas) son la otra parte de nuestro contrato de trabajo. No les debemos nada más que el cumplimiento de unas funciones durante nuestra jornada laboral y no nos deben nada salvo el pago del salario. Todo lo demás es parte de una ficción destinada a mantenernos en el lugar que ocupamos: te regalo esta cesta porque eres un buen empleado, te pido un esfuerzo extra porque vienen mal dadas y no te lo pagaré a pesar de que ese empujoncito está destinado a mantener o aumentar mis beneficios.

No, estos regalos no están bien, no son regalos sino placebo y no deberíamos aceptarlos. Deberíamos exigir que nos paguen las horas extras o que nos las recompensen con vacaciones y deberíamos exigir que nos paguen más si de verdad nuestro esfuerzo y dedicación merecen una recompensa. Deberíamos exigir que nos asciendan si lo valemos y que haya un trabajador por cada puesto de trabajo. Enfadarse porque no nos dan cesta de Navidad o porque la cena de empresa es peor cada año es patalear para que los derechos sigan siendo considerados privilegios.

Con eso en la cabeza llegué el día 23 al centro de Madrid. Estaba lleno de gente: las calles, las tiendas, las cafeterías, la pista de hielo que han montado en una plaza… todo a reventar de gente haciendo compras, llevando gorros rojos con borlas blancas, cuernos de reno, antenas brillantes… y entre ellos estaban los voluntarios. Unos chicos y chicas muy jóvenes, armados de tarjeta identificativa, carpeta dura y formularios de domiciliación bancaria para las donaciones. Estaban allí, muy cerca de los castañeros indios, las gitanas que venden lotería de Doña Manolita, los mutilados que piden en todas las puertas. No sé si lo estoy dejando claro: toda esa gente pobre o que pedía para los pobres estaba… ¡Entre los pobres! Los voluntarios no se habían ido a los barrios caros, a las urbanizaciones de lujo, a laz sonas privilegiadas, no. No estaban donde está el dinero. Estaban con los suyos, con nosotros, conmigo.

Me pareció injusto. Injusto que las miradas de reproche y las frases del tipo “¿no quieres ser solidaria?” me las dijesen a mí, que iba a cambiar un cupón de cinco euros por un regalo minúsculo que no habría podido pagar con efectivo porque no lo tengo. Injusto que yo deba sentirme privilegiada por poder comer pollo a fin de mes después de haber pagado mi casa, el abono transporte y unas medias decentes porque en mi puesto debo vestir de una manera y no de otra. No soy una privilegiada. Casa y trabajo no son privilegios, son derechos.

No voy a decir que no debemos ayudar a quienes tienen menos medios, a quienes carecen de acceso a sus derechos. No voy a decir que la caridad debe ser erradicada porque no lo creo así; de alguna manera habrá que paliar los efectos de la diferencia de clase, al menos a corto plazo.  Pero sí que creo que junto con las monedas y las suscripciones que demos hay también que reclamar para todos casa, comida y trabajo.  Porque es el derecho de todos . No se trata de crear riqueza, sino de garantizar la dignidad.

Esto se ve todos los días, claro; pero se ve más en Navidad.

 

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