Los padres, los reyes

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, Regalo, Navidad, reyes Magos, Vivir, Amar

Con los padres pasan cosas muy raras: son esas personas que te dicen lo que tienes que hacer, dónde tienes que hacerlo y con quién. Durante una temporada muy larga lo único que quieres es perderles de vista porque no te dejan ser tú, ni hacer lo que quieres, ni donde quieres ni cuanto quieres ni con quien. Es por tu bien, dicen. Y a ti te parece una broma de mal gusto. Pero aguantas, porque son los dueños del techo bajo el que vives, los que ponen la comida en la mesa y los que te visten a pesar de que se metan con tus pintas casi tanto como con tu música o tus amigos.

Luego creces, no mucho, y siguen molestando. Empiezan esas insinuaciones acerca de lo que vas a hacer con tu vida y te dan ganas de decirles que cualquier cosa, lo que sea excepto lo que han hecho ellos con la suya. Te parece que hay que ser muy torpe para que se te de tan bien que tus propios hijos te tengan una especie de lástima paternalista. Tú sabes mucho más que ellos, dónde va a parar. Y deseas con toda tu alma que se acabe esa etapa horrible donde no haces más que estudiar. Tú lo que quieres es trabajar y salir de casa cuanto antes.

Con suerte lo consigues (hablamos de una sociedad normal, aunque nos parezca ahora que la normalidad es otra cossa), encuentras un trabajo penoso y eres tan feliz como puedes con el poco dinero que ganas. Los fines de semana invitas a casa a tus amigos, bebéis sin esconderos, te acuestas con tu novio en tu habitación, te levantas a la hora que te da la gana, te gastas un pastizal tremebundo en una falda aunque luego tengas que comer cereales con leche desnatada que es la más barata; dejas el polvo en las estanterías y colocas un poster de una calavera gigante en mitad del salón. Es posible, eso sí, que tus padres te visiten de vez en cuando, que eso te obligue a limpiar y que por ello les guardes otro tipo de rencor, más pequeño e inofensivo. La cuestión es que tanto él como ella se empeñan en coartar tu libertad. Y eso que ya te has ido de casa.

Sigues creciendo, te hipotecas, consigues un trabajo mejor pagado, decides tener o no tener niños y ellos siguen ahí. La diferencia es que, mientras tú crecías, tus padres se han hecho mayores. Ya no tienen los mismos reflejos, no se han adaptado tan bien como tú a los últimos avances tecnológicos, les cuesta orientarse en ciudades grandes, se sienten inseguros y comienzan a demandar atención y cuidados de una manera sospechosamente parecida a niños pequeños. Sólo que ellos son mayores. Resulta irritante tener que decirles, por su bien, como deben hacer las cosas o incluso qué cosas deben hacer. Irritante, cansado y frustrante porque ellos, tras todos estos años, tienen unas ideas, las suyas, que es muy difícil cambiar.

Incluso en las familias mejor avenidas, las relaciones de los hijos con sus padres son complicadas. Las buenas intenciones se malinterpretan con frecuencia, se hace daño sin pretenderlo, las expectativas no suelen coincidir con la relaidad; unos se decepcionan, los otros se frustran; todo se vuelve tirante y al final lo que sucede es que las dos partes olvidan que, durante cinco, quizá seis años, las padres de uno eran los Reyes Magos.

Los reyes Magos, que esperaban con más ganas que los niños a la apertura de los regalos para ver sus caras. Los que se gastaban, a veces, lo que no tenían. Ellos olvidan que éramos su ilusión y nosotros olvidamos que eran la nuestra. Se me ocurre que, si la próxima vez que nuestros padres nos saquen de quicio pensamos que ellos fueron los Reyes Magos, quizá nos crezca un poco de comprensión y un poco de paciencia. A lo mejor, si ellos pensaran que un poco de aquellos niños queda en nosotros, también a ellos les brotaría un poco de paciencia y comprensión la próxima vez que se sientan solos.

Lo dice una republicana.

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