Cliffhanger: nacimiento de un martirio

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, leer

Esta entrada tendría mucho más éxito si se titulase “10 cosas que nunca supiste sobre los cliffhangers y que harán que te replantees la base filosófica de tu existencia”, pero cada uno tiene su código. Según el mío, el cliffhanger nace, allá por 1873, un poco al estilo del Bar Delicias.

Del Bar Delicias sabemos, si somos españoles o conocemos España, que está situado en la calle Delicias, el callejón Delicias, el paseo de las Delicias o algún enclave similar. Igual que sabemos que el Bar Manolo pertenece a un señor que se llama Manolo. Así son las cosas, señoras y señores: los genios de la literatura universal comparten con los dueños de los más chuscos establecimientos hosteleros este don inigualable para nombrar las cosas.

De donde se deduce que en 1873 alguien dejó a alguien colgado de un acantilado para mantenr el suspense de su obra. Así de facilito, sí señor. Asumo que, de haberlo dejado colgando de un pino, ahora estaríamos hablando de un recursos literario llamado pinehanger. No es por cargar las tintas, es que manda…

Bueno, pues os cuento: la novela, autobiográfica aunque el acantilado y el descolgamiento son ficticios, contiene la siguiente escena:  la protagonista toma el fresco junto a su enamorado, los piececillos decimonónicos colganderos precipicio abajo, contemplando la inmensidad del mar.  Con tan mala suerte que ¡zas! golpe de viento, sombrero masculino que sale volando y enamorado que sale volando detrás del sombrero. Vale, no de manera literal. Lo que hace es un poco de descenso, alcanza el tocado y descubre, oh mísero de él, oh infelice, que no puede subir. Se ha quedado pegado a la pared del acantilado, los pies apoyaditos, agarrado a un saliente, fustigado por ráfagas de viento que manipulan con saña su chaqueta, la piel del rostro maltratada por la lluvia…

El paraje se encuentra a varias millas de cualquier población, así que no hay posibilidad alguna de que la heroína encuentre ayuda. Sin embargo ya no la ve porque algo prepara. Durante varias páginas, el desafortunado cliffhangeado alterna sus pensamientos con la descripción de su precaria situación mientras clava su mirada en la mirada muerta de un trilobites. Como lo leen, señores míos. Y el pobre lector, devora que te devora para ver cómo sale de allí el hombre ¡o si sale siquiera!

Este es el fragmento que da nombre a eso de lo que tantos abusan con tanto éxito hoy en día.

El autor: Thomas Hardy

La obra: A pair of blue eyes

La fuente: El arte de la ficción, de John Gardner.

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