My way… My way? My way!

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIRDice Luise L. Hay que ha encontrado hasta cincuenta diferentes modos eficaces de lavar los platos. Yo era consciente del horrible método inglés de llenar el fregadero de agua jabonosa, que pronto se vuelve pestilente, y en la que no se tardan en encontrar submarinos de distintas texturas y tamaños. También conozco la fabulosa estructura de mi madre, que consiste en lavar primero los vasos, seguidos de los platos y los cubiertos para terminar con las cacerolas, fuentes, etc. Primero se enjabona, se deja lo enjabonado a un lado y luego se aclara bajo el chorro.

Hay personas que opinan que las cosas sólo se pueden hacer de una manera: la suya. Por tanto opinan que el resto son formas equivocadas de llegar al lugar correcto. Por ejemplo una vajilla limpia, un pastel riquísimo o una novela. Sospecho que la capacidad de aprendizaje y la flexibilidad de estas personas es reducida.

Hay personas que vislumbran la existencia de diferentes senderos para llegar al mismo fin, pero sienten cierta aprensión a tomar los menos transitados. Yo me encuentro en este segundo grupo. Pero como lo sé, juego con alguna ventaja: la de cuestionarme si no estoy eligiendo la ruta inusitada porque no me apetece, porque no la considero adecuada o porque eso no se hace.

A veces necesito permiso para experimentar. Me pasa mucho cuando escribo.

Leo a otras escritoras y escritores que hablan de sus procesos creativos. Regina Roman decía hace nada en una presentación que había escrito Loca de Amor porque la tenía en la cabeza y, mientras redactaba otra novela, tenía el documento minimizado en el ordenador e iba añadiendo párrafos. Estos días ha publicado una fotografía de sus libretas. Le toca expurgarlas, ordenarlas y sacar de ahí la novela en la que ha estado trabajando. So Blonde por su parte escribe que ella no toma notas, ni fabrica mapas ni les hace mucho caso a las brújulas. Se va por ahí con la historia dando vueltas bajo su rubia cabellera y luego regresa a casa y escribe. Si llega a algo que se le atasca pone una notita y sigue tecleando. Teo Palacios trabaja mucho el esquema previo de cada una de sus novelas, la estructura en capítulos y sospecho que la de cada capítulo, de manera que, cuando se pone a escribir, lo que le queda es redactar.

Saber que Regina Roman puede ser tan desordenada como yo hizo que me sintiera con permiso para seguir escribiendo en tres cuadernos diferentes sin que la culpa me abrumara. Conocer los secretos de So Blonde me autorizó a seguir con mi manía de saltar de un lado a otro de una historia según mi ánimo; y el método de Teo me libera de la carga de neurosis que me abruma cuando dejo que mis tocs tomen las riendas.

En la vida pasan también estas cosas y las consecuencias de esperar permiso ajenas para vivir como mejor nos sienta son un poco más graves. 

Todos hemos dicho alguna vez eso de que nos da igual lo que piense la gente de nosotros, de lo que hacemos, de lo que decimos, de cómo pensamos; pero no es cierto. Nos importa. Porque somos seres sociales y construir un carácter capaz de superar el rechazo generalizado no sé si es posible siquiera. Así que contemporizamos: cedemos en algunos comportamientos, en algunos modos de relacionarnos… Por lo general si alguien nos cae mal no nos cambiamos de acera para no cruzarnos. Porque está fatal eso de mostrar ese tipo de sentimientos. Por lo general no decimos cosas que sospechamos que no van a caer bien en el mortal de los círculos sociales.

Tengo un amigo con el que hago unos chistes atroces acerca de algo sobre lo que NO SE PUEDEN hacer chistes porque se te cae encima todo el peso de la sociedad bienpensante, de la malpensante y de la nopensante. Él lo sabe, yo lo sé y nos conocemos lo suficiente para saber que no hay maldad en esos chistes. Son, en realidad, una manera más de comunicarnos, de mantener el lazo que nos une dentro de una intimidad mayor. Eso es nuestro y de nadie más.

Ahora bien ¿Y si resulta que estamos equivocados y nuestras bromas privadas son aceptadas? Nos estaríamos perdiendo, para empezar, un montón de chistes desconocidos por nosotros.

La verdad es que no sabemos qué piensan los demás. Sabemos lo que hacen y a veces lo que dicen, pero no sabemos lo que piensan. Tratamos de adaptarnos a ideologías que en realidad desconocemos. Intentamos no ofender a nadie cuando no sabemos qué resulta ofensivo para nuestro interlocutor medio. Y por eso, para tomar algunas decisiones, necesitamos que nos den permiso. Por ejemplo, viendo que alguien ha hecho antes que nosotros eso que estamos pensando en hacer.

Los valiente no necesitan permiso. La gente fuerte no necesita permiso. Ni los genios. Esa gente decide y actua. Pero la mayoría sólo somos un poco valientes y fuertes a medias. Genios no sé si conozco. Así que nos mantenemos donde nos sentimos seguros, hacemos cosas de las que estamos seguros y… bueno, hacemos nuestro propio mundo más pequeño.

Pero el mundo es grande y está lleno de personas que friegan los platos. A lo mejor nos interesa probar una manera nueva de fregar los de la cena esta noche.

 

 

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