La gente de dentro (O una versión previa del famoso “Inside out de Pixar”)

por Alicia Pérez Gil

Como excepción a la norma de 2015, que establece que sólo publicaré imágenes relativas a Alicia en el Páis de las Maravillas, la ilustración de hoy es de Jesús Guzmán, que la realizó para el cuento que publico. Mi primer ilustrador, que también les puso cara y escenarios a los personajes de Inquilinos. Gracias, Jesús, por ser el primero en confiar en mí.

 

Escribir, Alicia Pérez Gil, Jesús Guzmán

El relato es de 2012 y forma parte de la antología benéfica Paratiempo, en la que colaboré con varios autores e ilustradores. El libro aún está disponible en Amazon.

¿Que por qué lo publico?

Sospecho que Pixar no se ha basado en él para realizar su no sé si última o próxima película; pero, en cuanto lo leáis, veréis dónde están las semejanzas. Y veréis también que no sólo allende los mares nacen ideas originales y divertidas. Y que no hace falta pertenecer a un gran grupo para pensar en grande. O en muy, muy pequeño. En España existen tantos complejos sobre nuestra capacidad para escribir no sólo ficción, sino buena ficción, buena fantasía, buen terror, que quizá mostrando un pequeño germen (el relato no es perfecto), lleguemos todos a la conclusión de que la materia prima está aquí también. Y con la materia prima de por medio sólo hace falta trabajo y apoyo. Todo tipo de apoyo. Pero ya hablaremos de eso. Ahora os dejo con

La gente de dentro.

 

Felipe no lo tenía nada claro. Cada vez que quería algo con todas sus fuerzas, de alguna manera se las apañaba para que se le escapara de las manos justo en el momento en que ya lo creía seguro. Y se esforzaba, vaya que sí.

Por ejemplo, aquel asunto de la competición. En cuanto vio el cartel de la convocatoria colgado en el tablón de anuncios del colegio supo que quería tomar parte y que podía ganar. Juagba con su padre desde hacía años. Al principio le había costado entender el funcionamiento de las reglas. No estaba acostumbrado a pensar en lo que pensaría el otro. Siempre le había dado igual lo que dijeran de él. Pero aprendió tan pronto que empezó a ganar a su padre. Entonces el padre había dejado de jugar con él y él enseñó a su mejor amigo. Los dos se inscribieron en el campeonato.

Él se había quitado a sus dos primeros oponentes sin esfuerzo. El primero, un chico al que conocía de clase, un chaval que se sentaba en la última fila del que nadie habría dicho que le gustara pensar en sus ratos libres no tenía nada que hacer de ninguna manera. Conocía los rudimentos del juego, pero cayó en los pocos movimientos de un jaque pastor. Aún así Felipe se quedó impresionado. Estaba claro que no se podía juzgar a la gente por lo que parecía. Aquel chaval parecía un gamberro, se juntaba con los gamberros en el recreo, pero desde luego no era uno de ellos. No le estrechó la manó al comenzar la partida, como exigía el reglamento, pero lo hizo, incluso con respeto, cuando terminó.

Cuando venció a la chica, ella recogió las piezas, las dejó listas para la siguiente partida y abandonó el gimnasio donde habían instalado las mesas, con los puños cerrados, los hombros encogidos y un aleteo furioso de su coleta alta. Le duró media hora completa. No levantaba los ojos del tablero y, si no se hubieran saludado antes de empezar, todo lo que Felipe habría visto de él habrían sido sus rizos pelirrojos y sus manos revoloteantes, llenas de pecas. Mientras la miraba alejarse se acordó de que la había encontrado a menudo en la biblioteca ¡Qué cosa tan curiosa! El macarra de la última fila se había portado como un caballero y la señorita empollona se había enfadado tanto que si hubiera podido le habría pegado. Y él había hecho lo mismo en ambos casos: jugar lo mejor que sabía. Y ganar.

Así que sólo le quedaba una persona más para terminar la ronda clasificatoria. Sólo participaría en el torneo el jugador que más victorias hubiese sumado en cada grupo. Rita, la cuarta competidora, había ganado tantas partidas como él. No había visto cómo lo hacía, pero su amigo Roque le comunicó que no había encontrado ninguna debilidad en el juego de la chica.

– Va a ser una partida dura, tío.

– ¿Mucho?

– Creo que sí. Juega sobre seguro. Siempre.

– Bueno, yo no suelo arriesgar.

– Ten cuidado. Quiero jugar la final contigo, ya sabes.

Pero Felipe estaba tranquilo. Conocía su estilo, lo había perfeccionado, limado sus debilidades y potenciado sus fortalezas. Además, sabía tomarse su tiempo antes de cada movimiento. No se permitía grandes riesgos en casi nada. Era de los que estudiaban con tiempo y compraba los regalos de cumpleaños con antelación. El ajedrez requería paciencia y autoconocimiento. Y él poseía ambas cualidades.

El hombrecillo que vivía dentro del cráneo de Felipe estaba contento. Le gustaban los retos. Esa mañana, nada más despertarse, había arreglado su panel de control, había limpiado con desinfectante su sala de mandos, abrillantado las pantallas y dado una capa de cera a los botoncitos de colores que le permitían aconsejar a Felipe las mejores opciones. De hecho, como las competiciones eran lo que más le gustaba del mundo, había sacado su traje de gala del armario y hasta se había colocado un bombín azul marino que sólo se ponía en las ocasiones más importantes. Se había atusado el bigote y recortado los pelillos de la nariz.

Vivía en aquella cabeza desde el nacimiento de Felipe. Los primeros años le habían resultado un poco confusos. Al principio, sobre todo, cuando no tenía nada claro donde empezaba y terminaba su cuerpo cometía errores que le ponían muy nervoso. Por ejemplo, quería meterse el pulgar en la boca porque se le había caído el chupete –lo cual ya era de por sí humillante- y en lugar de entre los labios, se golpeaba la nariz, o la mejilla. Entonces lloraba. Fue una suerte tener activado el comando “llorar” desde el nacimiento. No sabía qué habría hecho sin él. Pero eso sólo fue en los comienzos y terminó rápido.

Su casero, Felipe, le había dado muchas satisfacciones desde pequeñito. En seguida aprendió a hablar, a distinguir los colores, a caminar sin caerse… Pero lo que más le gustaba de Felipe al hombrecillo era permaneciese sereno en momentos críticos como aquel. En realidad, para aquel hombre pequeñísimo, vivir dentro de la cabeza de Felipe era tan bueno como que le hubiese tocado la lotería. El chico solía tomar decisiones racionales y meditadas y por tanto obtenía resultados positivos por los que todos le felicitaban. El lenguaje del pensamiento era el único que este ser diminuto entendía y, desde su punto de vista, gracias a él y a su ayuda inestimable como capitán del cerebro, esas ideas y reflexiones se convertían luego en buenas notas, regalos de fin de curso, campamentos de verano y miradas complacidas de los padres de Felipe.

Por ejemplo, si Felipe quería merendar pan con chocolate o un bollo pero su padre le había preparado un bocadillo y una pieza de fruta, Felipe no chillaba ni cogía berrinches. Comía lo que le habían preparado y luego acudía a su hucha (que Felipe tuviese una hucha era un motivo de orgullo para el hombrecillo) y sacaba un poco de dinero para una chocolatina. Pero sólo si se había quedado con hambre. La mayoría de las veces ni siquiera recurría a sus ahorros. Al fin y al cabo todos los miércoles tocaba comer dulce y él podía esperar.

Como Rita, la otra jugadora, no era una idea, sino un ser humano, el Capitán Cerebro se desentendió de su larguísimo pero moreno, que llevaba suelto sobre los hombros, de sus rodillas despellejadas y del lunar que lucía bajo el ojo izquierdo. Mientras Rita se sentaba, el hombrecillo, que seguía sin prestarle la menor atención, pulsó los botones que accionaban la mano de Felipe para colocar las piezas en el centro exacto de cada celda. El orden le ayudaba a concentrarse y el ajedrez era un deporte en el que la concentración resultaba vital. Casi había decidido comenzar con una apertura española clásica cuando se fue la luz.

Felipe se rascó la nariz como siempre que se ponía nervioso. Le habían tocado las negras, así que el primer movimiento pertenecía a Rita. La chica cogió un peón, lo colocó dos casillas más adelante, pulsó el cronómetro y le miró. Él nunca se había fijado en el color de ningunos ojos. Cuando se mojaba la cara por las mañanas aún estaba demasiado dormido para ver nada, así que ni siquiera sabía cómo eran los suyos. No solía tener en cuenta nada que no cayera dentro de sus aficiones principales: el ajedrez, los libros que trataban sobre dioses antiguos y estudiar. Sin embargo notó que los ojos de Rita eran grises. Y cuando cayó en el detalle sintió una especie de golpe seco que le hizo retumbar la boca del estómago. Unos ojos grises preciosos, profundos como los pasillos de una nave nodriza de metal mate.

El hombrecillo del cerebro se asustó. Con la luz apagada no podía supervisar nada de lo que estuviera haciendo Felipe. Sabía que no estaba herido porque en ocasiones, cuando el chico cometía alguna locura propia de su edad, como hacer deporte o subirse a un muro, sólo él sabía por qué motivo, y se lastimaba, el hombrecillo recibía punzadas de dolor. Y el dolor era muy desagradable porque le impedía pensar con claridad. Aquella oscuridad repentina también resultaba desagradable, pero era una cosa muy distinta. De todas maneras lo peor no era la supervisión imposible, sino el apagón en sí. En todos los años que había pasado con el chico los sistemas no habían fallado ni una sola vez. Ni siquiera cuando pasaron el sarampión, aunque por culpa de una subida de temperatura que afuera llamaban fiebre, los sonidos le llegaban distorsionados y las imágenes borrosas, como en un espejo cóncavo. Pero al menos recibía laguna imagen ¡Ahora no veía nada!

Lo que el Capitán Cerebro no sabía era que no vivía sólo en el cuerpo de Felipe, y que otro hombrecillo se había despertado una planta más abajo. El segundo hombrecillo medía incluso menos que el señor cerebral, y su pisito del segundo, a la altura de los pulmones, habría horrorizado al inquilino del ático. Para empezar allí no había cuadro de mandos, nada relucía. Por el contrario, por todas partes había aparatos de aspecto antiguo amontonados sin orden ni concierto. En el armario, el hombrecillo del pecho guardaba camisetas de miles de colores y pantalones de cuadros, de rayas, de flores… Porque no se vestía según la importancia de las ocasiones ni tenía su ropa clasificada siguiendo un sistema lógico. El Doctor Latido se ponía lo que le apetecía en cada momento. Y en ese instante llevaba una camiseta de rayas horizontales, zapatos de purpurina roja y unos bombachos verdes sujetos por tirantes.

Este segundo hombrecillo, que no manejaba ideas, ni pensamientos, ni historia, ni trigonometría y a quien le importaban muy poco las vacaciones o los campamentos, pero que los disfrutaba como loco cuando llegaban, se había despertado por culpa de los ojos de Rita. Los había visto tras el golpe de tambor en el estómago de Felipe: grises, interminables. Y después de verlos no tenía intención de volver a dormirse. Para demostrarlo lanzó una ola de rubor a las mejillas de Felipe, que se puso colorado como una nariz de payaso y tardó mucho más de lo acostumbrado en hacer su primer movimiento.

Dentro del cerebro, casi al mismo tiempo, el Capitán hizo una fiesta. Como un niño pequeño dio dos o tres saltitos y aplaudió, encantado: había vuelto la luz y con ella un cuadro perfecto lleno de piezas de ajedrez alineadas según el comienzo de una partida muy bien planteada que aún se podía ganar. Al parecer le tocaba mover a la oponente. El chico se había portado bien a pesar de las interferencias. Don Cerebral vio por el rabillo del ojo, mientras estudiaba su siguiente jugada, cómo una mano de dedos diminutos, con las uñas mordidas y una tirita entre el pulgar y el índice, agarraba la cabeza de un caballo blanco y la colocaba en la posición dominante del tablero, justo en el centro. No estaba en la naturaleza del hombrecillo del ático perder los papeles por tan poca cosa. La dueña de aquella mano sabía lo que se hacía, pero él y Felipe también. Juntos iniciaron un contraataque al que nadie podría resistirse. El hombrecillo pulsaba botones y accionaba palancas como loco. Se oían, a lo lejos, los engranajes del cerebro que funcionaban a toda máquina.

Cuando vio el movimiento de Felipe, Rita soltó una risita y tamborileó con los dedos sobre la mesa. El muchacho no habría podido decir si su astucia la había puesto nerviosa o si se reía de él porque la decisión le había dejado al descubierto. Miró las piezas como si no las hubiese visto nunca: no conseguía identificar ningún error. Su rey seguía protegido, su reina encabezaba una ofensiva en ciernes. Aún así se sentía tan ridículo que le temblaban las manos. A la chica debió de llegarle algo de su confusión, porque le señaló, con un movimiento encantador de barbilla, el reloj que tenía a la derecha.

– No le has dado al crono.

Y al hombrecillo del pecho se le encendieron todas las bombillas de alarma, que no eran únicamente rojas, sino que decoraron su pisito del segundo como si fuera una verbena. ¡Tenía que hacer algo! Para empezar urgió a Felipe a que pulsara la tecla de aquel reloj tan raro con dos esferas; pero se hallaba tan apurado que dio una orden confusa y Felipe bajó la mano demasiado deprisa y un poco de lado, así que el reloj se cayó de la mesa con tanto escándalo que uno de los jueces se les acercó con cara de pocos amigos.

– No se ha roto, chicos. Tened más cuidado.

Rita le pidió disculpas, le sonrió y el hombrecillo suspiró dentro del pecho de Felipe que, como un espejo, mostró también una sonrisa radiante antes de volver su atención a las piezas blancas y negras que parecían observarle con cierto descontento.

El señor cerebral, que por fin había comprendido lo que pasaba y se había quitado el traje de gala para ponerse un chándal y hacer unos ejercicios de yoga y relajación que le ayudasen a mantener la calma y a elaborar una estrategia razonable que anulara las acciones de su compañero del piso de abajo, tomó el control de la situación. Se rizó las puntas del bigote, se remangó la camiseta y se puso a lo suyo. Sabía que para ganar la partida debía mantener a Felipe alejado de toda distracción. Sobre todo debía alejar de su cabeza; o sea, de su maravilloso cuadro de mandos, cualquier pensamiento que tuviera que ver con aquella chica.

Pero el hombrecillo del ático no tenía ni idea de que todo lo que concernía a Rita escapaba a su control. Podía verlo, lo reconocía, pero no tenía nada que hacer al respecto. Rita era cosa de Don Latido, que se había enamorado de ella y que sabía que para ganar su partida debía concentrar toda su atención en la chica. Tenía que conocerla. A ella y no sólo su juego. Debía averiguar qué le gustaba, sus películas favoritas y todos esos otros detalles de los que hablaban los libros y en las que el señor de la azotea no se había parado mientras Felipe leía, porque no le interesaban lo más mínimo.

Mientras tanto, Felipe se agotaba y no sabía por qué. Rita era una buena jugadora, pero él jugaba mejor. Sus piezas estaban mejor distribuidas por el tablero. Aún no llevaban un cuarto de hora de partida, pero le parecía un cuarto de siglo. Le costaba mantener la concentración. Cuando Rita se colocaba el pelo tras la oreja o cuando apoyaba la cara en el dorso de la mano para pensar a Felipe se le olvidaba que aquello era una partida de ajedrez, una batalla campal.

Cuando jugaba con Roque podía hablar con él y describir todos los movimientos de ambos como si narrase hazañas bélicas. Roque tenía la fea costumbre de sorber los mocos por la nariz. Decía que esa era su arma secreta para vencer a todos sus enemigos; y debía de ser cierto, porque ya se había clasificado. Aunque la técnica de los mocos no funcionaba con Felipe, que casi siempre ganaba a su amigo. Sin embargo, cualquier gesto de Rita le sacaba del tablero y le ponía a pensar en las musarañas. Cuando por fin regresaba del todo a la partida se sorprendía de que aún le quedasen piezas con las que seguir jugando.

Nunca le pasaba. Nunca dudaba, pero la verdad era que no sabía si sacrificar el alfil que conservaba. En cambio se había aprendido de memoria los lunares de la mano derecha de Rita, que ocultaba la otra bajo la mesa. También sabía reconocer los doce gestos diferentes que la niña hacía con los ojos antes de tomar una decisión importante. Felipe no habría imaginado ni de lejos que se pudiesen entornar los párpados con tantos matices.

Don Cerebro y Don Latido ya no podían más. Cada uno tiraba de Felipe tanto como le permitían sus fuerzas. El hombrecillo del cerebro y su bigote apelaban al conocimiento acumulado y a la experiencia. Pulsaban teclas, introducían discos de datos, ejecutaban secuencias seguras y probaban comandos con los que habían obtenido éxitos en el pasado. El señor enamorado, armado con sus bombachos verdes, sus tirantes y su bombín prefería bombardear a Felipe con tentaciones de aventura, emociones desconocidas, alegrías desmedidas. Usaba cintas de raso, diábolos de madera, peonzas de colores, trucos de circo y todo lo que su imaginación le ponía a mano.

Se trataba de una pelea sin cuartel. En el punto álgido de la batalla los dos personajes, peridida ya la compostura uno y el buen humor el otro, se gritaron lo inútiles que eran, se tiraron juguetes y procesadores a las cabezas y habrían seguido pegándose si no hubiesen estado a punto, los dos al mismo tiempo, de quedarse sordos para siempre cuando sonó la alarma: una sirena constante como las de los barcos perdidos en la niebla. Con tanto grito no se habían dado cuenta de que habían puesto a Felipe en peligro.

– Si no paramos esto –comenzó Don Cerebo.- el chico sufrirá un colapso.

– Estoy de acuerdo, señor mío. Se le nota muy cansado.

– Bien… Quizá debamos establecer una tregua.

Don Latido se lo pensó antes de contestar.

– No.

Al señor cerebral le faltó poco para retomar las hostilidades y obligar a Felipe a concentrarse en el ajedrez, pero el otro terminó su frase justo a tiempo.

– Debemos trazar un plan común.

– ¿Trabajar en equipo? – A Don Cerebro no terminaba de convencerle la idea. Aquel recién llegado vestido de colores estridentes no había terminado de instalarse y ya quería decirle lo que tenía que hacer. Además, no le respetaba demasiado. Estaba seguro de que nadie con unos pantalones verdes conocería las reglas básicas del ajedrez.

– Ya veo la gracia que le hace.-Dijo el inquilino del pecho.- Pero escuche, escuche. Puede que le guste lo que tengo que decirle.

Rita estaba en problemas: dos torres y un caballo negro amenazaban la vida de su rey blanco y la única manera de salvarlo rompería su ofensiva. Al final, a pesar del mal rato, aquel chaval había conseguido ponerla contra la espada y la pared. Además, por poco que le gustase admitirlo, el chico era guapo.

Felipe sonreía para sí mismo. Por fin se había calmado y había sido capaz de desplegar la poca artillería pesada que le quedaba con acierto. Los vuelcos a la altura del esternón cada vez que su oponente se movía, o incluso si respiraba, continuaban ahí, pero ya no le impedían pensar. Si no se equivocaba la partida estaba resuelta. Ahora sólo tenía que solucionar la otra cosa.

– Jaque mate.

El hombrecillo del cerebro dio un salto de alegría, lanzó la chistera al vuelo (se había vuelto a poner el traje de gala una vez pactada la paz con su compañero) y notó una vibración de alegría en las puntas del bigote. Iba a felicitar a Don Latido por su iniciativa cuando vio que su recién encontrado amigo tenía muy mal aspecto. Se le veía muy pálido y ansioso.

– ¡Eh! ¡Eh, querido colega! –Trató de calmarle frotándole la espalda con la mano abierta, pero no funcionó. Como no contestaba, Don Cerebro echó un vistazo fuera. La chica llamada Rita parecía triste y Felipe la miraba con angustia. La misma que sufría el señor del segundo justo a su lado.

– Bueno –intentó Felipe,- ha sido una partida difícil.

– ¿Pero qué dices? ¡Si no te he durado nada!

– Si quieres podemos jugar otro día. Para practicar.

Rita se sonrojó y Don Latido hizo lo necesario para que a Felipe le ocurriese otro tanto.

– Mañana vendré a verte al torneo. Así voy aprendiendo.

El señor cerebral tembló de pavor cuando vio cómo se emocionaba su amigo. Si la chica iba a estar presente en todas las partidas, ganarlas podía convertirse en un trabajo de titanes. Así se lo hizo saber al otro, que le quitó importancia.

– No te preocupes, hombre. Lo más difícil está hecho. Ahora que somos un equipo podremos con lo que nos echen. Tú ocúpate de las piezas que yo me ocupo de todo lo demás.

 

Fuera, Felipe y Rita se despidieron hasta el día siguiente.

 

 

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