Vértigo

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, leer, gracias

 

El sábado por la tarde fui a FNAC con la sana intención de comprar mi regalo de cumpleaños y no resultó sencillo. Por lo general entro en las librerías con una idea al menos aproximada de lo que quiero, pero el sábado todo mi afán era encontrar “algo que me llame, algo que no compraría si no fuese un regalo”. Y sentí vértigo.

La planta en la que han encerrado a la literatura de ficción no es muy grande, pero aun así me pareció inmensa, llena de estanterías repletas de baldas abarrotadas todas ellas de libros. Bien que muchos de ellos repetidos; pero de todos modos, muchos más libros de los que he leído. No sé si muchos más de los que leeré antes de morir. Y sentí vértigo. Luego me repuse porque en realidad me encanta estar rodeada de cantidades ingentes de papel.  Rebusqué entre los lomos, me encontré con viejos conocidos, con algunas nuevas curiosidades, tomé varios ejemplares, que hojeé con cierto interés antes de devolverlos a su sitio… Lo hice durante cuatro horas, más o menos. Cuando terminé me llevaba cuatro ejemplares –he devuelto uno- y había manoseado treinta o cuarenta.

Ya no sentía vértigo, sino una profunda gratitud.

Veréis, escribir es un trabajo duro. No es como segar a mano o recoger percebes, pero tiene sus complicaciones, sus días de querer mandarlo todo muy, muy lejos y sus múltiples frustraciones.  Una de estas últimas se deriva de la realidad última que nos anima a escribir: queremos que nos lean. Somos tan impresentablemente engreídos que creemos que lo que escribimos debe ser leído por otras personas. Escribimos porque tenemos algo importante que decir y queremos que nuestro mensaje se expanda muchísimo más rápido que cualquier virus real o informático y que llegue a más individuos que el mejor vídeo porno o de gatitos.

Conseguir eso es muy difícil.

Incluso eliminando los obstáculos previos, que a uno le conozcan por sus literarias obras es casi imposible. Imaginemos una novela bien escrita e interesante. Imaginad, cada uno, vuestra novela ideal, esa que, de encontrarla, leeríais y os coseríais al dobladillo de la camisa. Bueno, pues esa novela tiene que pasar el filtro de los editores. Editores que son humanos, no infalibles y cuyos criterios para seleccionar qué libros formarán parte de su catálogo no tienen por qué ser estrictamente literarios. Leamos todos despacio: no digo que sea imposible publicar con una editorial tradicional porque se rigen por cuotas de mercado, sino que esa es una dificultad más. No obstante, pongamos que nuestra novela ideal ha pasado esa criba y ha sido escogida y publicada por una de esas editoriales.

No, el periplo para que llegue a manos de los lectores no ha hecho más que empezar. Porque para que algo se compre debe ser visto y para que algo se vea, en el mundo del libro, hay que hacer una inversión muy importante. Mucho. Sin mencionar que las campañas de publicidad son cortas en el tiempo. No puede ser de otro modo. Lo que más vende, a parte de los clásicos, son las novedades y uno es novedad durante ¿qué? ¿una semana? ¿dos a lo sumo? Luego las mesas pasan a mostrar títulos nuevos, portadas nuevas y lo que ayer era una rutilante estrella arropada por foams y carteles ahora es un lomo junto a cientos de lomos indistintos.

Son muchos cantos con los que darse en los dientes hasta el momento: el de escribir algo bueno, el de encontrar quien lo publique, el de que sea apoyado con una campaña publicitaria y que esa campaña tenga éxito. Pero no todas las campañas tienen éxito. No todas son buenas ni se hacen a tiempo. A veces buenos libros se hunden. Y sigo hablando de libros idealmente buenos, no de uno en concreto; ni de los míos.

Así que también los escritores que han llegado a los estantes de las librerías terminan perdidos, camuflados de manera involuntaria entre sus inermes compañeros de armas.

Por eso hay que dar las gracias y hay que darlas de corazón, con mucha humildad. Incluso si tenemos dos lectores, uno de los cuales es nuestra madre, hay que ser agradecido. Y escucharles, y regarles como a la rosa del principito.

Llegar a los lectores es el fin último de cada escritor y es el reto más difícil al que se enfrenta.

Yo tengo por lo menos diez lectores fieles (mi madre está entre ellos) y puedo decir que los otros nueve son amigos. Creo que tengo un buen puñado de lectores esporádicos. A veces pierdo un poco el norte y pienso que son poquísimos, que merezco más (lo que pasa es que QUIERO más). Es porque se me olvida que… Bueno, todo esto que acabo de escribir.

Anuncios