Querido voluntario

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, vivir, amar

Querido voluntario:

Sé hasta qué punto tu trabajo es importante y sé que no es importante sólo para ti. Sé que los niños sin recursos, los bosques, las ballenas, los colectivos en riesgo de exclusión, la sanidad y la educación son vitales. Sin bromas. Lo sé. Y valoro muchísimo que estés en la calle, llueva o nieve, para hacerlos más presentes. Porque es necesario.

Sin embargo me gustaría hablarte de dos cosas: De  por qué no es buena idea que realices tu labor donde habitualmente lo haces y  de por qué no es buena idea que te dirijas a mí tratando de fomentar algún tipo de sentimiento de culpa.

La primera es la más importante:

El lugar del voluntario.

Entiendo que si os colocáis -¿si os colocan?- en puntos de mucha afluencia de público debe de ser porque es ahí donde más dinero se recauda. Supongo que es una cuestión estratégica. Pero no es justo.

No es justo salir del metro en Callao y no poder llegar hasta la Puerta del Sol sin que al menos cinco personas traten de detenerme para pedirme dinero. Es mucho menos justo tener cinco años y trabajar en un basurero en Brasil, lo sé. Pero eso no elimina el hecho de que los obreros de este país, los oficinistas, la gente que sale a dar un paseo con sus hijos un viernes por la tarde, sean en su mayoría personas a las que cuesta llegar a fin de mes.

Si no fuera así, si en este momento España no fuera un país de pobres con dificultades para pagar sus hipotecas y en ocasiones la comida, no habría indignados, ni manifestaciones, ni nada similar. Pero lo es. La gente a la que te diriges es tan pobre como tú. A veces más pobre. Casi todas las veces tiene menos esperanza, menos ilusión y menos ganas ¿Que por qué lo sé? Porque de otro modo estarían en tu lugar, haciendo lo que haces.

Hay barrios donde los transeuntes huelen a dinero, visten ropa muy cara, conducen coches de lujo y no tienen la menor idea de por qué es importante que los niños vayan a la escuela y coman caliente. Los niños que no son sus hijos, sobrinos o nietos, quiero decir; los que no van a dirigir el mundo.  Creo, de verdad que lo creo, que sería buena idea tratar de concienciar a esa gente de que pueden hacer algo para mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos.

Piénsalo.

La actitud del voluntario

Yo te admiro: la capacidad para sonreir después de la vigésima negativa es algo que queda muy lejos de mis posibilidades. Imagino que vendrá dada por la fe en la causa por la que trabajas. Me parece envidiable, de verdad. Lo que ya no me gusta tanto es la segunda parte, la exigencia, el tono de superioridad, la alusión a la insolidaridad cuando no me paro.

Por lo general, cuando te diriges a mí, yo contesto. Mi rango de respuestas va desde el no gracias al no tengo tiempo. Suelo enfadarme conmigo misma cuando digo que no tengo tiempo porque un no gracias debería bastar. Tú estás ahí haciendo tu trabajo, pero el mío no es contestarte. Tú me hablas con una sonrisa, me dices algo ingenioso. Yo suelo contestar que no con la misma sonrisa.

Podría pararme, escucharte y decirte que no te voy a dar mis datos bancarios en el momento en que me los pidas. Tú habrías perdido el tiempo y yo también. Habríamos llegado a un momento en la conversación en que yo te habría dicho que sí, que tienes razón en todo -porque lo creo-, que es una iniciativa muy chula, -suelen serlo- pero que no, no te voy a dar dinero.

A lo mejor, como me ha pasado en alguna ocasión, llegarías a preguntarme si de verdad no quiero ayudar a los niños. Y tendría que decirte que así no. Que me parece estupendo que sea tu manera de hacer las cosas, pero que no es la mía. Y que me parece de una ruindad extrema apelar al sentimiento de culpa.

A lo mejor te han dicho que los niños, las ballenas y la selva, necesitan el dinero sea como sea, cueste lo que cueste. No es cierto. Los niños, las ballenas, la selva y todo lo que necesita dinero, todos los que necesitan dinero, necesitan antes que quienes van a entregar ese dinero estén concienciados que crean en el motivo por el que donan ese dinero, que de verdad quieran darlo. Porque así el mensaje se extenderá y la donación se sostendrá en el tiempo y atraerá más y la ayuda será mayor.

A ti te han enseñado a crear compasión y si la compasión no funciona, culpa. Pero el mundo no necesita gente que se sienta culpable, necesita gente luchadora, libre, convencida, generosa. Y todo eso se educa.

Te diré que hay un asunto que olvidas a menudo: no sabes a quien le hablas cuando hablas a un desconocido. No sabes si mi madre acaba de morir o si se me ha roto una uña. Suena duro, pero es la verdad. Así que quizá quieras plantearte qué vas a decir la próxima vez que le exijas a alguien que se pare a hablar contigo. Alguien que va con prisa, que va ensimismado, que no tiene ninguna obligación de detenerse sólo porque tú se lo digas.

¿Quién nos die que no eres un timador? Tampoco nosotros te conocemos y sin embargo no vamos por ahí señalándote con el dedo.

 

El texto original terminaba ahí arriba. Añado un comentario que me hicieron ayer en Facebook porque creo que añade un matiz quizá esclarecedor de algunos puntos:

Como ex-uno de esos: no son voluntarios. Los de cruz roja trabaja(bamos)n para una empresa que se llama Wesser, los de WTF (esos del panda) para otra empresa. Sus honorarios dependen de cuantas personas le den su número de cuenta. Cuando yo lo hacia, de hecho, no había sueldo fijo, solo incentivos a razón de gente captada. Lo de menos (para la empresa) eran los bosques y los niños con hambre. Lo de más es que, casi de modo piramidal, mi jefe de zona ganaba X por cada Y que ganaba yo. Y de él ganaba otro. Y de ese otro. Y así ad libitum. Sus urgencias y sus malos modos dependen de cubrir unos mínimos para cobrar, no necesariamente de su solidaridad.

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