Todos somos votantes

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil, votar

Hace muchos meses, creo que más de un año, que las redes sociales -lo que viene a ser Facebook, porque en las otras paro poco- me mandan mensajes desde páginas con nombres tan descriptivos como Si votaste al PP, jódete. Cada uno llama a sus hijos como quiere, está claro. Y si me llegan las noticias de esas páginas y no de otras es porque la mayor parte de mis contactos son más de izquierdas que de derechas, aunque de todo tengo. No sé cómo filtra las cosas el gigante azul, pero en mi caso acierta. Es una pena, porque hay que conocer también las opiniones contrarias. Imagino que es lo que hay.

La cuestión es que este año hay elecciones. Y creo que llevamos mucho tiempo, los que queremos un cambio, equivocándonos en los foros y en las formas. Por algún motivo hemos convertido a los votantes del PP y a los votantes del PSOE (herencia familiar y esperanza ingénua: quiero pensar que no son lo mismo. Cada día me cuesta más, pero quiero pensarlo) en el enemigo. No sé si es herencia de la guerra, que supongo que sí, porque ni nos hemos recuperado ni nos permiten recuperarnos de una fractura que no nos permitirá desarrollarnos como sociedad civilizada hasta que se cierre. Pero me voy por las ramas.

La cuestión es que los otros ciudadanos no son el enemigo, son como nosotros. También yo creo que se equivocan, que deberían cambiar su intención de voto, pero no creo que sean tontos ni que voten a mala leche. No creo que nadie vote con la intención de perjudicarse a sí mismo. Hay personas que van a las urnas con la única idea de beneficiarse a ellas y a su grupo de privilegiados, estamos de acuerdo. Pero los demás, los votantes de los partidos mayoritarios que no llegan a fin de mes no son malas personas. Son personas que necesitan comprender por qué su voto está mal empleado.

A estos efectos, el odio ayuda poco. Cuando llamamos imbéciles a quienes tenemos delante garantizamos que no quieran oír ni una palabra más de nuestro discurso. Y nosotros, los que creemos en el cambio, necesitamos hacernos oír. No se puede pedir libertad de expresión para llamar tonto al que oye como te expresas. Pero no por educación ni por corrección política, sino porque es una estupidez. Para convencer a alguien de algo en lo que no cree lo primero que hay que hacer es convencerle de que estáis del mismo lado. Por lo que conozco del país en el que vivo esta es una lección que no terminamos de aprender.

Las discusiones en este país se comienzan con el firme propósito de ganarlas. Conozco a muy pocas personas que conversen y discutan para aprender, para valorar, para enriquecerse o para enriquecer al interlocutor. Pero cuando algo se emprende para ganar es inevitable que alguien pierda. Por eso ese planteamiento no es eficiente cuando se habla de cambiar el destino de un país. Hay que hablar, hay que exponer hechos y argumentos y hay que renunciar al y tú más. Hay que aceptar que nuestras opciones no son perfectas y convencer de que, aun así, son mejores.

Hablamos de política con crispación. Siempre. Como si el hecho de que ganasen unos u otros fuera a ser una victoria nuestra. Y no es verdad. Que ganen los nuevos será una victoria suya que habrán obtenido con nuestra colaboración. Y esperamos que sea una victoria que nos beneficie. No obtendremos más poder ni más dinero ni una posición mejor cuando ganen los que creemos los buenos. Ellos seguirán siendo un gobierno y nosotros una masa ciudadana gobernada. El enemigo serán ellos, esos a los que habremos votado.

Porque el que tiene el poder es el enemigo hasta que se demuestre lo contrario. Y deberemos pedirles responsabilidades cuando se equivoquen, cuando nos defrauden. A ellos, al gobierno. No querremos ver a diario fotografías publicadas por una página que se llame Si votaste a Podemos, jódete. Y nos tocará manifestarnos igual que ahora, poner el grito en el cielo igual que ahora. No más: igual. Porque no son los nuestros. Los nuestros somos nosotros.

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