Antojos

por Alicia Pérez Gil

Alicia Pérez Gil Comer

Tengo un amigo malagueño que habla poco.  Tan poco, que recuerdo muchas de las cosas que me ha dicho; y el otro día, mientras reflexionaba sobre una actitud mía que no me gusta, recordé una anécdota de la última vez que le vi en Madrid.

Me hablaba de un juego de cartas o de mesa, creo que se llama Ciudadela, pero no estoy segura. También creo que una parte del juego está relacionada con conseguir grandes rebaños de ovejas y grandes lotes de madera.  Algo similar. La cuestión es que él repartió unas cartas imaginarias y me dijo qué me había dado. Es muy listo y no me dijo que se había dado él mismo, pero eso en este momento da igual. La cuestión es que yo necesitaba ovejas y tenía madera para intercambiar, así que le dije que le compraba unas ovejas. Me pidió un precio excesivo en madera y se lo dije. Sonrió (tiene una sonrisa muy bonita) y me dijo que sí, que tenía razón, que eran caras, pero que yo quería las ovejas y él las tenía.

Me bloqueé como un ciervo ante los faros de un furtivo. En primer lugar porque era verdad que yo quería las ovejas y también era verdad que él las tenía. No pensé nada más allá de eso. Me quedé allí, sentada en la barra del bar, sintiendo que la vida era injusta porque me ponía en una situación sin esperanza, dependiendo de un ho0mbre guapo y sin escrúpulos que no dudaría en arrancar de mi almacén toda la madera a cambio de una oveja cochambrosa que seguro que no daba lana, ni leche y cuya carne no serviría ni como alimento para perros.

Ni siquiera estábamos jugando. Él me enseñaba la mecánica, pero durante el proceso reaccioné como el mercado espera que reaccione: deseando las ovejas y elucubrando sobre la manera de conseguirlas.

La verdad es que valoré mal lo que quería. Reaccioné en lugar de pensar y perdí de vista mi objetivo: yo no quería las ovejas, quería ganar el juego (o lo habría querido de haber estado jugando). Por tanto, no debía aplicarme a conseguir las ovejas sino a cerrar la boca para no dar a mi amigo tantos datos acerca de qué necesitaba yo  y en qué medida. En segundo lugar, debía aplicarme a elaborar una estrategia que eliminara las ovejas de la ecuación, al menos de momento.

Pero la impulsividad es oscura y alberga horrores. Los árboles, vaya, no nos dejan ver el palacio de la princesa, que es a donde íbamos, no a confeccionar un herbolario. Y la gente lista se aprovecha de ello (ya no me refiero al malagueño). Por eso la publicidad no consiste en convencerte de las bondades del producto. Por eso la publicidad apela directamente a la emoción y, si no existe, la crea.

Por eso no compramos huevos de chocolate, sino la posibilidad de convertirnos en buenas madres y padres con una familia feliz en la que el amor de los hijos está garantizado. Compra un huevo kínder, compras amor filial.

La publicidad vende cosas con las que llenar el deseo; por lo general el deseo de ser otra cosa, cualquier otra cosa. Cambiaremos lo que somos si tenemos los productos adecuados. Ya lo dice Shakira mientras te muestra su joya: No es lo que tengo, es lo que soy. Y si tú tienes lo mismo que yo, sentirás que eres un poco yo.

Pero saber esto no es malo. Saber esto te permite escuchar a tu deseo y saber si es genuino o inducido. También te permite empezar a controlarlo y volver a ser dueño de tus emociones. Sólo hay que estar atento y darse cuenta de qué es eso que deseas tanto y por qué.

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