Metro de Madrid y Lecho de pulgas. Tanto monta, monta tanto.

por Alicia Pérez Gil

Tenniel, Alicia Pérez Gil, Metro de Madrid, vivir, amarNo nos hagamos muchas ilusiones. La mayoría vivimos en casas que no son nuestras: o pertenecen a nuestros padres o estamos de alquiler o son del banco. Si hubiésemos nacido en Westeros lo más probable es que viviésemos en el Lecho de Pulgas o en algún lugar similar. Como mucho, serviríamos a otros. Eso se ve muy bien cuando se viaja en metro, ese gusano hueco que recorre una y otra vez los mismos túneles, que engulle mujeres de tobillos hinchados y escupe hombres de trajes tan usados que brillan. Algunos se han gastado el dinero que tanto les cuesta ganar en páginas de compra colectiva y tienen una pinta un poco más pulcra. Pero el proletariado, por mucho que quieran convencernos (porque queremos que nos convenzan) de que no existe, es pobre y bastante monocorde.

Hoy en el metro había un niño que lloraba como un cerdo en la matanza. Yo había apagado el Kindle porque Washington Irving me explicaba mucho y me contaba poco, e intentaba dormir. En cualquier otro momento habría deseado estrangular a la criatura, a ver si se callaba, pero estoy en época de mucho escribir y me he puesto a pensar en un argumento para algo cortito que ocurría en un tramo de vía que chirría como un bebé llorón.

Así, medio despierta, medio dormida, he pasado por alto la aparición de uno de mis mendigos favoritos del metro. Es un señor que pasa a menudo. Ofrece pañuelos de papel, chicles y algunas otras fruslerías. Tiene un discurso agradable, un tono de voz que llama mi atención y va en traje. Un traje que no es que esté muy usado, no, es que no sé cómo no se le descompone por las mañanas.

Ha pasado a mi lado y la señora que se sentaba junto a mí le ha pedido un paquete de pañuelos. Luego no encontraba dinero para darle a cambio y el hombre le ha dicho que no se preocupara, que se los quedara, que daba igual. La señora se los ha quedado. He asistido a todo esto entre la medio bruma del sueño. Me ha parecido tan raro que la mujer aceptara los pañuelos que casi no me he dado cuenta de cómo otra chica ha buscado en su monedero, ha encontrado dinero suelto y, como el hombre ya se había marchado, ha salido tras él. A lo lejos, he oído una segunda conversación muy similar a la primera: “No hacía falta, mujer. Toma un paquete de pañuelos tú”. “No, yo ya tengo”, ha contestado la chica.

Los demás hemos seguido allí, viajando en las entrañas del gusano.

Anuncios