Mueren los buenos

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIRMueren los buenos (y los malos, pero no nos afecta igual). Mueren personas con las que hemos crecido en todos los sentidos: tenemos más años que la primera vez que vimos a Christopher Lee haciendo de Drácula, y también comprendemos mejor que Saruman tenía un poso de maldad que Sauron explotó con ayuda de un Palantir, un poso de maldad que quizá no habría florecido. Crecemos también por lo que nos dan, porque escriben joyas que nos espolean o que nos obligan a cambiar alguna idea. O porque no, porque son buenos pero no nos gustan y nos ayudan a reafirmarnos en lo que somos.

Mueren los buenos, que son buenos porque les queremos, no es que les queramos porque sean buenos; y nos quedamos un poco solos. Un poco más solos. Pero nos hacemos compañía los unos a los otros en el recuerdo. Ahora que internet es el medio de comunicación por excelencia, resonar con otros que lamentan las mismas muertes que uno es sencillo y reconfortante.

Las muertes anónimas son mucho más frecuentes, más dolorosas y más solitarias. Si cada tres segundos muere un niño en el mundo (un, dos, tres, ahora), cada tres segundos estalla una burbuja de dolor anónima y atroz que no se puede compartir, con la que no nos podemos solidarizar. Porque no la conocemos. No sé cada cuanto tiempo muere un ser humano, pero imagino que será cada muy poco tiempo ¿Un segundo, medio, menos?

Los héroes anónimos, que son héroes porque han salvado vidas, porque las han salvado de la infelicidad absoluta, no de la muerte, o quizá también de la muerte, no nos hacen resonar con nadie. Ni siquiera con los salvados. Y quienes sufren esas pérdidas encuentran menos consuelo porque son más inconsolables y suman menos personas.

No hay moraleja. No hay justicia o injusticia en algo como esto, que pasa porque sí, sin intención, sin voluntad, sin maldad. Lo que no se ve, lamentablemente, no existe. Pero existe. Y está bien acordarse. De vez en cuando.

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