Responsabilidad social

por Alicia Pérez Gil

 

FEAT-VIVIRVaya por delante que soy una persona a la que le gusta internet, creo en el progreso, disfruto del cine y de los libros, y aprendo tanto de las personas cultas como de las personas con menos cultura pero más sabiduría. Vaya por delante también que tengo más abrigos de los que necesito, un teléfono móvil con acceso a redes sociales, una casa que comparto con otra persona y cuatro gatos y muchos privilegios que doy por sentados, como la luz eléctrica, el agua corriente y tres supermercados a los que voy a comprar casi a diario. Como cinco veces al día y me preocupa mi aspecto físico más que mi salud.

Es decir, vaya por delante que no me pongo como ejemplo de nada.

Ahora pensemos de qué nos quejamos, por qué nos indignamos y qué hacemos para solucionarlo. Me refiero a la gran mayoría de personas que conozco y con las que me relaciono. Hay oasis en el desierto, me consta.

Nos quejamos de que las empresas nos explotan para que sus dueños y sus juntas de accionistas se enriquezcan a costa de nuestra trabajo, nuestro tiempo, nuestra salud y nuestra felicidad. Sin embargo compramos en empresas que hacen con sus empleados lo mismo que nuestros jefes hacen con nosotros. Sin ninguna vergüenza. Salimos de la oficina, de la frutería, del autobús, del taller y nos vamos a tomar algo a un bar low cost o a una cadena de cines o a comprar un café al Starbucks (mea culpa) o un mueble a Ikea o una falda a H&M (que cuadruplicó sus beneficios en España en 2012, en plena crisis).

Nos quejamos de que los bancos se quedan con nuestro dinero pero tiramos de tarjeta de débito (cuota de mantenimiento de 20€ al año) o de crédito (intereses por aplazamiento de más de un 15%) o pedimos hipotecas sobre casas o pisos que jamás serán nuestros; o que no lo serán hasta que tengamos una edad que no nos permita disfrutar de ellos.

Nos quejamos de que no tenemos tiempo para nosotros, para hacer lo que nos gusta o disfrutar de los nuestros, pero nos metemos en gastos que requieren que trabajemos más horas en esas empresas de hace dos párrafos para pagar a los bancos del párrafo anterior.

Y nada de eso es culpa nuestra. Es culpa de los jefes, de las empresas, de los bancos, de la sociedad.

Cuando me encontré metida en el ERE de Pullmantur hace un año y medio se me gastó la voz de decir que las empresas no son entes extraños, que detrás de las empresas hay personas que toman decisiones, decisiones personales: las personas que dirigen las empresas quieren más dinero y hacen lo que está en su mano para conseguirlo.

Pues bien, no nos engañemos: la sociedad está compuesta por personas. Cada uno de nosotros es una persona y todos juntos formamos una sociedad. Las decisiones que tomamos, cada uno de nosotros, de manera individual, influye en el modo de ser del grupo que formamos como sociedad. Y no nos engañemos: las personas que no somos dueñas de empresas ni accionistas de bancos somos muchas más que las que sí lo son. Tenemos poder. El poder de la mayoría. Y lo hemos dejado en manos de una minoría.

Hemos vendido nuestra libertad y nuestra dignidad a cambio de un poco de comodidad. Es más cómodo usar una tarjeta que acercarse al banco una vez a la semana a sacar el dinero necesario para vivir durante siete días. Es más cómodo ir a la tienda a comprarte unos vaqueros que coserlos tú mismo y es mucho más cómodo vender una media de diez horas cada día a cambio de la seguridad de cobrar todos los meses que trabajar por tu cuenta.

Ya veo todos los no se puede. Los veo.

Pero sí se puede. Se puede cambiar el tejido económico de una sociedad con pequeñas decisiones diarias. Se puede. Pero es muy incómodo, es difícil, es duro. Porque no nos damos cuenta de la cantidad de cosas a las que renunciamos viviendo como lo hacemos. Se puede ir a la pollería del mercado en lugar de ir al súper, por ejemplo. No para que las grandes empresas desaparezcan, sino para que cambien. No se trata de detener el progreso, sino de progresar en una dirección aceptable.

Lo que no puede ser es que nos quejemos siempre de los mismo y sigamos perpetuando las situaciones que nos merman como personas.

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