Compromisos, calidad y compromiso de calidad

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIRLlevo un par de años pensando en qué hacer con algunos textos míos que pueblan las redes. Algunos de los que no me satisfacen por completo, que escribí con la mejor intención pero no resultaron tan bien como pensaba y que no muestran lo que yo considero toda la calidad literaria de la que soy capaz. Son relatos cortos, ejercicios o apenas ideas que pocas veces superan mi implacable vara de medir interior. Casi siempre que releo algo mío me parece mejorable. Me gusta creer que evoluciono como escritora y que lo que produzco hoy es mejor que lo producía ayer.

Suelo decidir dejar las cosas como estén y donde estén salvo que encuentre algo aterrador por lo pésimo. Motivos hay varios: desde la pereza de reescribirlo todo una y otra vez, que no es más que un espejismo de arenas movedizas del que no se podría salir jamás; hasta la satisfacción de poder decir: “Sí, eso que no es muy bueno lo escribí hace diez años, o cinco. Ahora lo hago mejor.”

Los caminos del ego son inescrutables.

Pero mi interés está muy lejos de la torpeza, digamos, espontánea. Uno alcanza la calidad que alcanza en función de la suma de habilidad y esfuerzo. He notado, sin embargo, que ningún escritor contesta, ante una mala crítica, que lo siente mucho pero que no ha podido hacerlo mejor. De hecho, en este momento me imagino diciéndolo yo, de mí misma, y confieso un pequeño ataque de nervios en la boca del estómago.

Cuesta decirlo: Querido lector insatisfecho, siento mucho no haber sabido hacerlo mejor. Me esforcé cuanto pude, pero mi capacidad en aquel momento no llegaba más allá. Es duro. También es honesto.

Sin embargo creo que es la única respuesta posible siempre que sea cierta; es decir, siempre que el resultado obtenido sea fruto del 100% del esfuerzo disponible. Siempre, también, que se haga el ejercicio de comprobar, de manera objetiva, si el lector insatisfecho tiene razón. Aceptar por sistema todas las críticas, positivas o negativas, no es razonable.

Nuestras obras hablan de nosotros, de quienes somos y, aunque hay que partir de la premisa de que no conectaremos con todos nuestros lectores, es necesario escribirlas con una idea muy clara en mente: no hay lectura gratuita. Hay libros gratis, pero no lecturas a cambio de nada. Los lectores emplean su tiempo en leernos. Un tiempo valioso. Debemos esforzarnos siempre SIEMPRE, por ofrecer lo mejor de nosotros. De tal manera que, cuando recibamos una mala crítica que consideremos acertada, podamos decirnos a nosotros mismos que lo sentimos, que no supimos hacerlo mejor. Porque ofrecer algo menos que todo aquello de lo que somos capaces es estafar a los lectores, que nos dan lo más preciado: eso que, cuando se acaba, todas las luces se apagan y no queda nada por decir: tiempo. Un pedazo de vida.

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