Los 40 y todo lo bueno que jamás pensaste que escondían

por Alicia Pérez Gil

FEAT-AMARSETengo pendiente el capítulo 4 de Harry Potter, pero la vida se impone. Tampoco es que yo me esfuerce mucho por ganarle la partida. Al fin y al cabo ambas sabemos cómo termina esto (me refiero a la vida y a mí), así que procuro no forzar mucho las cosas.

Hoy, en ese no forzar, he hecho una entrevista de trabajo. La segunda con el que quizá vaya a ser mi jefe en un futuro cercano. Como le he dado la dirección del blog porque con este segundo encuentro perseguía conocer mejor a las candidatas y casi todo lo que tengo que mostrar está en esta página, me toca ser comedida y prudente. El hecho, en cualquier caso, es que la reunión me ha parecido agradable. El otro hecho, el que de verdad me importa, es que he aprendido una cosa de mí misma.

Hace tiempo que vengo diciendo que no tengo grandes objetivos en la vida. En una primera fase quería trabajar en un edificio acristalado y cambiar el mundo desde una oficina de diseño donde tomaría decisiones trascendentales que afectarían las vidas de millones de personas. Viviría en una casa enorme rodeada de hectáreas de jardín, con caballos, piscina, gimnasio y salones inmensos donde dar fiestas multitudinarias. Más tarde deseé escribir el best seller del siglo y cambiar el mundo mediante mis brillantes ideas, unas ideas que afectarían la vida de millones de personas. Viviría en una casa grande, con jardín, piscina, un gimnasio y un comedor amplio donde reunir a mis mejores amigos.

Hoy me han preguntado de qué manera cambiaría mi vida si estuviera en un peldaño superior de la cadena alimenticia. Es decir, si ganara un poco más de dinero. También me han preguntado qué pondría en la carta a los reyes si pudiera pedirles el trabajo ideal y, por último, me han pedido que explique mis ambiciones en cuanto a mi carrera profesional.

Me he quedado en blanco. He contestado, claro. Y he contestado la verdad, que yo a estas alturas de la vida quiero un trabajo tranquilo, dormir por las noches, llegar a fin de mes con la seguridad de tener todos los pagos cubiertos. Que en el trabajo necesito un jefe educado independientemente de su nivel de exigencia y que no tengo ninguna intención de dejar de ser secretaria porque cuando la responsabilidad crece también crece el numero de horas que hay que dedicar a la actividad de la que se es responsable. Mi vida no cambiaría mucho. No cambiaría de casa aunque puede que intentara comprar el piso de a lado para tener más espacio para libros. Viajaría más y contrataría a alguien que limpiara por mí.

Mis sueños, he dicho, ya no son los que eran a los 20 o a los 30 años.

He pasado una parte importante del día de hoy pensando si es que me estoy convirtiendo en una pasa emocional prematura, pero creo que no. Yo sigo queriendo cambiar el mundo, pero ahora lo hago de una manera mucho más humilde: escribo aquí y me consta que lo que digo llega a algunas personas que lo exprimen y que se sienten mejor. Nada de millones de almas conmovidas por mi influencia. Ahora no busco la felicidad en las cosas aunque me encantan los objetos bonitos, la ropa y los cuadernos. Busco la felicidad dentro. En la cabeza, en el corazón, en ese hueco oscuro donde arrincono a los monstruos y les hago salir uno a uno. Son listos y a veces me envían sombras, me entretengo eliminando a las sombras y entonces los monstruos reales me atacan y me derriban, pero voy aprendiendo.

Ahora mis grandes sueños son terminar la novela, trabajar en algo que no me quite el sueño y pagar las facturas sin agobios.

Es curioso que sea mucho más feliz que cuando deseaba una mansión inabarcable. Es curioso que haya aprendido hoy, en el lugar más insospechado, que lo que vengo diciendo hace años es cierto: no tengo grandes ambiciones en la vida.

Anuncios