Ser gorda. 35 años de oscuridad.

por Alicia Pérez Gil

FEAT-AMARSEUna mujer o un hombre que son gordos no lo son sobre la báscula ni frente al espejo. Pesan muchos kilos y se ven feos (o no), pero donde la grasa hace el verdadero efecto dañino es en la cabeza. Uno es gordo dentro de su cabeza y serlo tiene consecuencias devastadoras.

Yo soy gorda. A veces me veo guapa. A veces veo que la ropa me queda bien y me sonrío, pero nunca dura mucho porque soy gorda y los gordos no tenemos derechos. Intentaré explicar a qué me refiero con todo esto y hablaré también de cómo lo he descubierto.

La palabra clave es prejuicio. Los prejuicios son ideas que se comparten o con las que se está de acuerdo sin comprobar si son ciertas. Por ejemplo, que los gordos son unos dejados, que no se ocupan de su aspecto, que son unos glotones, unos vagos y que no son interesantes. Un prejuicio es que las personas delgadas son eficientes o que los escritores son interesantes, mientras que la clase obrera es racista e ignorante. Hay un prejuicio para cada ocasión, a gusto del consumidor. Luego hay estereotipos, como que los gordos son felices. En fin.

Cuando existe un prejuicio, es raro que este viva solo en su compartimento cerebral para prejuicios. Suele ir de la mano de otros prejuicios, de creencias asociadas que forman constelaciones ideológicas de las que no solemos ser conscientes.

Si los gordos son unos dejados ¿por qué debo respetarles? Ellos no se respetan a sí mismos, no se cuidan, no se importan, así que ¿por qué iban a importarme a mí? Si son unos glotones, si carecen del autocontrol suficiente como para seguir comiendo a pesar de que les perjudica ¿cómo me los voy a tomar en serio? Son unos vagos, si levantaran el culo de su asiento no serían gordos. No deben de hacer gran cosa a parte de comer y ver la tele, por eso se han puesto así ¿qué interés puede tener una persona que no se ocupa de parecer interesante? Y, lo que es peor ¿Cómo puedes pedirme que les trate igual que a esa otra gente que no come un segundo plato de cocido, que se mata en el gimnasio, que lee a Kant o a Danielle Steele? Los gordos tienen lo que se merecen, lo que se han buscado: grasa. Y deben quedarse con ella.

No acuso a nadie de pensar así. Expongo que eso es lo que he pensado de mí misma durante 30 años, posiblemente 35. Tres décadas y media llamándome vaga, glotona, perezosa y descuidada y tratándome como si lo fuera. Me he privado de los derechos más básicos: del derecho al contacto físico porque me daba vergüenza que me tocaran; del derecho a enseñar mi cuerpo porque me parecía una aberración; del derecho a tratar de mejorar porque ser gorda, chicos, no es estar gorda. El ser no se cambia y tratar de cambiar algo inherente a uno mismo es absurdo, es ridículo, es pretender convertirte en algo que no eres. Esta última, por supuesto, también es una idea a la que estoy aprendiendo a renunciar.

No, no estoy orgullosa, pero me he acosado a mí misma durante 35 años, me he tratado como el peor matón de escuela y no voy a hacerlo más. Estoy cansada de ser gorda.

Lo más curioso es que me he dado cuenta de esto en el momento en que he empezado a correr. No nos engañemos: esta es mi tercera semana y me queda mucho camino por delante. En este momento todavía alterno intervalos de caminar con intervalos de trote. El primer día lloré durante los tres minutos de correr del primer intervalo. Porque me adelantaban los ancianos que iban  de paseo por el parque, porque sentía que ese no era mi sitio, porque, en definitiva, me estaba revelando contra ser gorda para ser otra cosa que no es ser delgada, sino sentirme sana. Y las rebeliones pasan factura. Ayer un señor que corría junto a mí me adelantaba en mis intervalos de caminata y luego se paraba. Me dio igual. Mi carrera era mía, para mí. Ni siquiera contra mí porque ya he hecho demasiadas cosas contra mí misma. Ahora se trata de hacer cosas en mi favor, como correr, moverme y estar muy atenta para ver si descubro otras cosas que no hacía por ser gorda.

Ser gorda es una monstruosidad, te quita la vida, te agota, hace que te escondas. Al menos ser gorda como yo lo he estado siendo.

Pero todas las personas con sobrepeso no son iguales, no guardan los mismos fantasmas ni cubren con comida a los mismos monstruos. Así que nadie tiene por qué sentirse identificado. Yo he sido más gorda que un elefante africano y jamás he pasado de la talla 44 ni de los 80 kilos. A muchos eso les parecerá una nimiedad. Pero ya digo que uno no es gordo en un probador, es gordo dentro de su cabeza.

Seguiremos informando.

Anuncios