Niño sirio muerto, joven inglesa desmayada, pobre madrileño hambriento

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIREstos son los hechos:

A primeros de agosto, en un autobús lleno hasta los topes de turistas que volvíamos de los acantilados de Dover, una joven se desmayó por un golpe de calor. Era rubia, delgada, llevaba una camisa de franquicia de comida. Otra mujer, gorda, mal vestida con un vestido cuyas costuras sufrían, el sujetador por fuera, los pechos abultados sobresaliendo, el pelo grasiento en una coleta despeinada y un bebé de pocos meses en una silla se bajó con ella del autobús, esperó con ella, llamó a la ambulancia con su propio teléfono móvil, dejó que la chica avisara a casa y solo regresó al autobús cuando los técnicos de salud de Dover se hicieron cargo. Dentro del vehículo la multitud se preocupaba por llegar a tiempo al tren de conexión Canterbury.

Un autobús atestado, un desmayo, una única persona que se prestó a ayudar. Y no fui yo.

Hace dos días, en una pastelería cara de Madrid un hombre se acercó a una de las mesas a pedir que le invitaran a un sándwich y una coca cola. Se dirigió a otro hombre de mi edad, atildado, muy bien peinado, con un insoportable aire pijo. El hombre dijo sí, se levantó, pidió a las camareras un sándwich y un refresco, lo pagó y regresó a su mesa. No sé si yo lo hubiera hecho.

Y ayer la portada del mundo mostraba al niño sirio ahogado, muerto, como un muñeco con la cara pixelada.

Las voces de repulsa y condena son muchas, variadas y en su mayoría justas.

Esta es la pregunta:

¿Cuántos de los dueños de esas voces de repulsa se habrían bajado del autobús y prestado su teléfono? ¿Cuántos habrían comprado comida a un hambriento?

¿Cuántos de nosotros pensamos, mientras leemos esto, en alguna excusa que justifica no hacerlo?

 

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