Los clásicos

por Alicia Pérez Gil

Los clásFEAT-LEERicos esos a los que hay que leer porque… ¿Por qué? ¿Por qué lo dicen las listas de los gurús de la cultura? ¿Para aprender a escribir? ¿Para ser más culto?

Error.

A los clásicos hay que leerlos para disfrutar, como todo lo que hay que leer. Porque si uno no disfruta cuando lee ¿para qué leer? Lo del enriquecimiento viene después. Como con las pastillas de caldo, que las añades a un guiso porque le dan sabor, no por las vitaminas (que por otra parte no creo que lleven).

Mi madre me compró de todo cuando yo era joven. Desde Los 5 hasta Julio Verne, que la encantaba; Dumas, Stevenson, fábulas de Samaniego y cuentos clásicos ilustrados por María Pascual. Estos últimos, los favoritos de mi hermana.

Yo devoraba a Enid Blyton. Verne, Dumas y Stevenson se me atragantaron con la misma pertinaz y desgarradora insistencia que la señora de Mujercitas, la Alcott. Luego, de más mayor, Stephen King le ganó la batalla a Dostoiewsky y Tolkien a todos los demás.

Mientras tanto pasé por el instituto y me tiraron a la cabeza cosas que fui incapaz de digerir. Qué sé yo ¿El árbol de la ciencia? ¿En serio? ¿A los 15? ¡Venga ya!  Unamuno me gustó más, y La Colmena. La Colmena me gustó mucho. Un sobresaliente en literatura no me lo quitó nadie. Cosas de memoria y nada más que de memoria.

El hecho es que leí novelas muy sencillas hasta que el cerebro se me coció lo bastante para ser capaz de procesar obras un poco más complejas.  Tan sencillas como las Crónicas de La Dragonlance, basura encuadernada que defenderé hasta el fin de mis días. Lo haré porque fueron aquellas historias las que despertaron mi deseo de contar historias propias.

Yo no sé cómo pasa esto en los demás. Ni idea de cómo autores de renombre descubren que lo que quieren es escribir. A mí el mundo, en la adolescencia, me parecía una cloaca maloliente en la que yo no tenía un lugar y, como siempre he sido de las del camino fácil, decidí que aquello había que cambiarlo. Como  al mundo mi camino fácil no le gustó y yo me canso con cierta facilidad de darme de cabezazos contra los muros, me lie la manta a la cabeza y me puse a escribir biopics de wannabe. Uno de ellos comenzaba “Estaba yo en un concierto de Hombres G”. Y no pienso decir con cuantos enamoramientos solucionaba lo de casarme con el solista ni qué bandas rivales aparecían en mis cuatro páginas tamaño A5.

Años después asesinaba a una malvada chica de mi clase que se había enrollado con el chico que me gustaba. Años después son DOS años después.

Y así comenzó la literatura para mí.

Mi camino literario continuó por una senda de dignidad similar durante toda la universidad y solo hace una década que, por azar, por puro azar, me salió un relato de ficción que nada tenía que ver conmigo. Está publicado en Inquilinos y se titula Melodía en verde. A mí me gusta.

A partir de ahí, no sé por qué, quizá porque era la primera vez que creaba algo desde cero, sin personajes de reminiscencias reales, sin nada que relacionar con nada, me dio por investigar. Y es que, cuando quieres contar historias no te queda más remedio que leer historias.  Cuando quieres contar historias, cuando quieres hacerlo de la manera adecuada, te das cuenta de que te faltan herramientas y de que no controlas con eficacia aquellas de las que ya dispones. Entonces y solo entonces me puse a leer a los clásicos. Y a disfrutarlos.

Los leía como alumna y los disfrutaba como lectora adulta.

Me consta que muchas mujeres de mi generación, grandes amigas, inteligentes y creativas, leyeron a los clásicos mientras yo me entretenía con mi basura juvenil. Quiero decir con esto que sé que mi caso no representa  a la totalidad de la población. Pero sí representa a chicos y chicas que leen para divertirse, para evadirse y que solo lo consiguen con personajes e historias que ven lo bastante cercanas o lo bastante lejanas, escritas en un lenguaje comprensible y actual.

Lo que quiero decir, en realidad es que no es cierto que los niños que leen hoy a Harry Potter o a Stephen King, o a Michael Ende o a quien sea que leen, no vayan a leer a los clásicos antes o después. Los leerán si los necesitan, si conectan con ellos en alguna medida. Si es que eso sucede alguna vez. Puede, es verdad, que jamás abran una novela de Tolstoi de Voltaire o de Dickens. Mi tesis es que no pasa nada si eso no ocurre.

Por amor de Dios, los tres están pasadísimos de moda. Lo que hay que hacer, señores y señoras que os rasgáis las vestiduras por miedo a que se pierdan los clásicos, es reinventarlos. Las historias llevan siendo las mismas desde Homero y la musa aquella que hizo público el cabreo de Aquiles. Contémoslas con toda su profundidad y riqueza de matices para los niños que serán adultos y para los adultos que son ahora.

Se me caerán los dedos de escribir que si Hombres y Mujeres Y Viceversa tiene más audiencia que mis relatos, una parte importante del problema es mío y por tanto recae en mi parcela de responsabilidad una parte (importante) de la solución.

O, lo que viene a ser lo mismo: vale de quejarse, hombre ya.

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