Poe para chonis III: El barril de Amontillado (O el gin tónic con especias que te mueres)

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIR

El Fortu me tenía frito. Yo soy un tío con flow, así que iba pasando y tal, pero el día que me dijo aquello… Bueno, se pasó tres pueblos y a mí lo que me mentó no se me mienta. Es de ver que cuando a uno le nombran lo innombrable se quiera vengar ¿no? Pues eso, que yo juré que me vengaría. Pero ya me conocéis. Tampoco es que me pusiera a jurar cosas al cielo con el puño en alto como la tía aquella de la película, que vaya pinta facha tenía. Yo soy más de hacer las cosas a la chita callando y con tiempo. Que con prisas lo mismo te pillan y no tiene ni puta gracia enmarronarse sin necesidad. Bueno, eso y que la cosa de la venganza era que el Fortu supiera de donde le caía la del pulpo; o sea, del menda.

Vamos, que yo seguí como si nada, en plan de buen rollo y tal, para que no sospechara. Lo que no sabía el tío era que la sonrisa era sincera de cagarse porque le veía y me imaginaba la que se le iba a venir encima. Y así, claro, pues me ponía contento ¿qué no?

El Fortu siempre ha pecado de creído. Por lo demás era buen tío, legal y eso; pero el punto chulo no se lo quitaba nadie. Sobre todo cuando hablaba de priva. Como era de familia italiana iba por ahí dando leccioncitas. Un coñazo, aunque cuando recomendaba algo no fallaba, eso hay que reconocérselo. Lo que pasa es que luego se vino arriba. ¿Os acordáis la moda aquella de los gin tónics con cosas, que más que gin tónics parecían ensaladas con ginebra? El tío se empapó pero bien y nos hacía gastar a todos una pasta cada vez que salíamos. Claro, que yo tampoco me quedaba atrás y le seguía el rollo; también un poco para que no se hiciera el gallito y no nos pasáramos todas las fiestas en la bodega de sus padres, que en el pueblo todas las cuadrillas tenían locales y tal y si no, se ponía a monopolizar que daba gusto, el colega.

Total, que una tarde, casi ya de noche, en mitad de las fiestas, me lo encontré. Se me abrazó como loco de la alegría. Exaltación de la amistad, dicen. Un pedo que llevaba, que no se tenía, ya os lo digo yo. Era la noche de carrozas y llevaba puesto un disfraz de bufón con su traje de rayas y gorro con cascabeles y todo. Un cuadro, vaya. Claro, que íbamos todos parecidos. Al menos de pintas. Y no nos vamos a engañar, que yo también me alegré de verle y le devolví el abrazo, pero con ganas.

—¡Tío, Fortu! —le dije—, ¡qué suerte haberte encontrado! ¡Qué chulo vas vestido! ¿Qué no? Tío, tío, tío… No te lo vas a creer, me acaba de llegar esta mañana una ginebra nueva que pedí por E-Bay. Pero no sé yo, si…

—¿En serio?—gritó el Fortu—. ¿De dónde, tío? ¡Qué cabrón! Y justo en fiestas…

—Ya te digo, tío, pero no sé. El vendedor no tenía muchos valoraciones buenas, tío. Igual he metido la pata.

—¡Será buena, fijo!

—No sé, no sé.

—¡Ginebra extranjera, tío, en el pueblo! ¡En fiestas!

—Me tengo que quitar el run run, colega. Las dudas…

—¡Ginebra de la buena!

—Mira, que te veo liado. Me voy a buscar a Manu, que me eche un cable y la probamos juntos.

—Manu no te distingue una Sapphire de una Gordons. O de alcohol de quemar. Es un matao.

—Pues algún idiota le ha dicho que te rete a una cata, chaval ¿cómo te quedas?

—¡Venga! ¡Vamos!

—¿Adónde?

—A tu bodega.

—No, tío, no. Que tienes la carroza y paso de aprovecharme. Gracias, tío, pero no hace falta, de verdad.

—¡Qué hostias! Payasos de estos hay mil.

—Que no es eso, colega, en serio. Además, que ya sabes que mi bodega es de las viejas y se te va a poner el traje hecho una mierda. Ya busco a Manu, si eso.

—¿Este trapo? ¡No digas chorradas! Y olvídate de Manu. Si te la han metido doblada ya te lo diré yo.

Y a la que me hablaba me cogió del brazo, el Fortu. Con la misma me puse la máscara de payaso y nos fuimos los dos camino de las bodegas. Era verdad que trajes como el suyo había para aburrir. Creo que nos cruzamos como con cuatro más y luego con algunos de otras cuadrillas. Iban todos al centro, por lo del desfile. Nosotros, al revés, nos alejábamos de la fiesta.

En el pueblo las farolas se acaban antes que las casas, así que echamos mano de los  móviles para alumbrar el camino y así llegamos hasta los montículos de las bodegas. Cada familia tiene una y la mayoría de las antiguas están conectadas por túneles. Una sobrada de los republicanos, creo; o de los otros, que hicieron cuando la guerra. Para escaparse o esconderse o algo. Abrí el portón de hierro de la mía con la llave y bajé primero. El Fortu se apoyaba en mi espalda porque para llegar a la zona fresca donde nos juntábamos a hacernos unos petas y eso de vez en cuando, hay que bajar unas escaleras un poco chungas y el tío seguía con un moco de tres pares. Así que nada, poco a poco llegamos abajo. El chaval iba de lado a lado y le sonaban los cascabeles del gorro.

—La ginebra —dijo.

—Más al fondo, tío. —contesté— ¿te has fijado en las paredes? Yo no sé cómo se tienen ¿Te acuerdas lo del curso del SEPE? Los tíos aquellos no tenían ni zorra. Los soldados, digo.

Me di la vuelta y le miré a los ojos. Los tenía así brillantes y turbios, del pedal.

—No me toques los huevos.

—Oye, tío, que el que ha querido venir eres tú. Nos piramos y punto.

—Ni de coña —contestó con la voz pastosa.

—Que no, tío, que nos vamos. Te vas al desfile de los cojones y yo busco a Manu, que para probar una ginebra de mierda, me vale igual.

—¡No digas chorradas! Que no se va a morir nadie porque no vaya  a las carrozas, joder. Mira que te pones pesado.

—Bueno tío, como veas.

Le quité la rosca a una botella de cerveza y se la ofrecí.

—Un brindis por la paz mundial, tío.

Me miró de través, el capullo, como con mala hostia, pero al final cogió la botella y bebió.

—Brindo —dijo— por los muertos de hambre que sacaron de aquí después de la guerra. Y por los que quedarán en los rincones.

—Yo brindo por ti, colega. Que tengas una vida cojonuda. Y larga.

Se me colgó del cuello como pudo y seguimos adelante.

—Esto es un puto laberinto, tío —dijo el Fortu.

—Ya te digo. Tanto cavar, no me extraña que perdieran la guerra.

—¿Pero no lo hicieron los fachas?

—Ni puta idea.

—¿No hay restos, o algo?

—Joder que si hay restos.

—¡Pues eso! —dijo el Fortu.

A saber qué coño se creía que quería decir con lo de pues eso, pero tampoco hay que tenérselo en cuenta. Seguía más pedo que todas las cosas, le sonaban los cascabeles que parecía un gato y con tanta vuelta medio agachado, ahí con la luz del móvil nada más, hasta yo estaba un poco así, como raro. Entre las sombras y la birra parecía que en la pared había caras de soldados. Yo que sé, gente muerta, flaca, sin ojos. De peli, macho. De puta peli de miedo. Pero le eché huevos y se lo señalé al Fortu. Con un par.

—Mira, tío. Las paredes estas están cada vez más estrechas, cuando salgamos nos va a salir el barro por las orejas.

—Pues nos duchamos, tío. Vaya gilipollez.

Volví a pasarle la botella, pero en vez de beber la puso en el suelo haciendo palanca contra la pared..

—¿Qué coño?

—¿No te preocupan tanto las paredes? Pues las apuntalamos ¿ves? Así.

—Sí, claro. Y levantamos un muro.

—Eso.

—Mira, justo me he traído una paleta de albañil.

—¡No jodas! ¡Qué casualidad, tío! Pero… Primero la ginebra. A ver si te ha tangado el de E-Bay o qué hostias.

—Venga.

Y le ofrecí el brazo porque vi que se caía, el colega, si le dejaba caminar solo. Aún anduvimos un buen rato girando a la derecha, a la izquierda y hasta bajando. La verdad es que las bodegas ocupan toda la colina. Creo que nadie las conoce enteras. Bueno, menos yo.

Al final llegamos a una bodega abandonada, muy estrecha, oscura y húmeda. Debían de haberla usado de despensa, o de cagadero, o algo. El pasillo era tan estrecho que solo cabíamos si íbamos de uno en uno. El Fortu intentó alumbrar con el móvil, pero la luz no llegaba al final.

—Tira, tío. He dejado el paquete al fondo. Si me han timado, mejor que no lo vea nadie. Mira a ver qué te parece y si no ya llamo a Manu.

—Qué pesado con el Manu de los huevos. Además, vas a llamar una mierda. Aquí no hay ni cobertura, ni datos, ni su puta madre.

—Bueno, pues dale. Te sigo. Y apóyate en la pared, que el suelo este resbala.

Echó las manos a los lados un poco más adelante.

—Tío, aquí hay una cosa de hierro.

Yo, que estaba esperando que me lo dijera, alumbré con mi pantalla y le encadené una muñeca.

—Igual torturaban a la peña aquí abajo ¿Qué no?

El Fortu alucinaba mientras yo le pasaba la cadena por la otra muñeca y por la cintura. Estaba tan colgado y tan flipado de la sorpresa que ni se movió. Antes de que se diera cuenta ya lo tenía yo inmóvil.

—Me toca los huevos si torturaban a la gente o no, la verdad. A mí lo que me alucina es que esto no se haya caído. Tira, tira de las cadenas. Ni se mueve la pared, colega. Alucinante.

—¡La ginebra, tío! ¡Hemos venido por la ginebra cara! Fijo que te han engañado. Fijo —dijo él, que no se pispaba de nada todavía.

—La ginebra.

A esas alturas ya estaba yo un poco ido, así que me puse a canturrear la ginebra, la ginebra, así por lo bajo, mientras retrocedía unos metros, hasta donde había escondido los ladrillos y todo lo demás. Lo fui llevando, sin prisa, hasta donde estaba el Fortu y me puse a la faena. Es lo que tiene el paro, que te obligan a hacer cursos. Si no, ni de coña sé yo hacer una pared. Pero bueno, la primera fila me estaba quedando hasta recta y al Fortu se le estaba pasando el pedo. Eso o se había puesto a bailar, porque empezó a hacer un ruido que te cagas con la cadena, que hasta me levantó dolor de cabeza. Vamos, que dejé el trabajo un momento para disfrutar del concierto. Cosas de la venganza. Cuando se cansó me puse de nuevo con el cemento cola.

Me llegaba la pared al pecho cuando el gilipollas se puso a balbucear. Debía de estar casi sereno, ya. A mí me dio lo mismo, yo seguí a mi rollo hasta que llegué a la última fila y, por fin, al último ladrillo. Que no os creáis que fue fácil. Los republicanos o los fachas o su puta madre no habían hecho ni un ángulo recto, colegas. Ni uno. Y en cuento lo tuve colocado va y sale de dentro de la pared una risa siniestra que me dejó medio muerto ¿Pues no se pone el Fortu a partirse el culo?

—¡Jajajajaja! ¡Pedazo de broma! ¡Cabronazo! Verás cuando lo cuente, tío. Ya verás…

—Ginebra de la cara, contesté.

—Qué cabrón, ginebra dice ¡Venga, anda! Que van a terminar las carrozas.

—Sí, tío —contesté—. Hay que irse.

—¡Hijo de puta! ¡Carlitos!

—Sí —dije—. Justo. Un hijo de puta.

Un poco hijo de puta sí que soy, porque me quedé esperando que contestara, pero no decía nada, así que al final le llamé.

—¡Fortu!

Y nada. Le volví a llamar.

—¡Fortunato! —Con recochineo, el nombre completo, que no le gustaba una mierda.

No dijo nada. Con las mismas, aunque un poco agobiado sí que estaba, que uno no es de piedra, salí a la boca del pasadizo aquel. Me aseguré de que dejaba libre el camino a mi bodega y, con la paleta de albañil, di un par de golpes donde la pared parecía más chunga y, no es por nada, pero yo tenía razón. Aquello se vino abajo y así sigue… Que yo sepa.

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