Correr, correr, correr

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIRLa vida puede terminarse antes de que le ponga un punto final a este texto, en cuyo caso no lo leerá nadie porque no habré tenido tiempo de publicarlo. Dado que he comido un sándwich y dos analgésicos, cualquier cosa podría pasar.

Pero este no es uno de los motivos que espolean a la acción. Nos apresuramos a cruzar la calle, a coger el autobús, a crecer, a envejecer, a tener éxito. Acumulamos experiencias, tantas como podemos, en el menor tiempo posible. Sin darnos cuenta de que no es la cantidad, sino la calidad. Sin darnos cuenta, tampoco, de algo vital: no importa que hagamos o que dejemos de hacer. No importa.

Me dice un amigo mío últimamente que él es un mono con suerte, que todos somos monos con suertes. Yo, un poco porque está en mi naturaleza, le digo que lo de la suerte es rebatible. Otra amiga me decía que tampoco pasa nada por no publicar una novela, que hay ya publicado más de lo que nadie podría leer en una vida dedicada a la lectura.

Somos monos con suerte y con aspiraciones. Aspiramos a perdurar, a que se nos oiga. Y eso no es malo, no es perjudicial. Lo que nos perjudica es la prisa, la necesidad de conseguirlo a toda costa. La velocidad insensata que imprimimos a nuestros actos porque queremos hacer más. Hacer, hacer, hacer, hacer.

¿Para qué? ¿Por qué?

Cada cierto tiempo pienso en mi guardarropa. Abro las puertas de mi armario y me doy cuenta de que no tengo casi nada de lo que se supone que debo tener. Me pasa lo mismo cuando hago inventario de mis 40 años. No tengo hijos, no tengo estabilidad económica, no tengo la menor idea de dónde o cómo me voy a jubilar. Pero lo que de verdad me ha traído hoy al blog es que no he terminado mi novela.

Trabajo en ella 5 días de cada siete. Voy despacio, avanzo, retrocedo, doy vueltas. Sucede en un mundo complejo, con una evolución propia, leyendas, una orografía complicada y muy pocos personajes. Voy sobrehilando, pero los patrones no son perfectos y hay que descoser algunas piezas para cambiarlas por piezas mejor cortadas. Así que por cada 50 páginas que me quedo, he escrito 150.

A veces eso me desespera. Porque no avanzo, no avanzo, no avanzo. Entonces doy carpetazo y escribo sin parar, para juntar más páginas y convencerme así de que el resultado está más cerca. Olvidándome, al fin, de que hay en el mundo muchas más páginas escritas de las que nadie podría leer durante una vida dedicada a la lectura.

Cuesta asumir que el peso de la propia obra es minúsculo. Al fin y al cabo una novela o una pintura o un hijo no son más que briznas de ceniza. Claro, que son nuestras y por eso son importantes. Que nadie sople sobre nuestras cenizas.

Pero ¿qué le importa tu novela a un anciano tibetano? ¿Qué le importa tu hija al hombre que dormita junto a ti en el asiento del metro? ¿Qué te importa a ti que un estudiante anónimo termine o no su tesis?

Otros escribirán, parirán e investigarán. O no.

Así que ¿por qué darse prisa?

Disfrutamos poco. Trabajamos mucho y disfrutamos muy poco.

Sospecho que si de verdad disfrutásemos de lo que hacemos (de los viajes, de los cafés, de los besos); besaríamos más despacio, tomaríamos menos café y viajaríamos menos. Pero lo haríamos mejor, más a fondo.

Y quizá llegásemos al momento de la muerte descubriendo que sí habíamos vivido.

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