Gran Hermano y la cultura general.

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIREl otro día oí en la radio un fragmento de un programa en el que entresacaban las respuestas de los concursantes de Gran Hermano a preguntas de cultura general.  Recuerdo estas:

  • ¿Cuál es el gentilicio de Barcelona?
  • ¿A qué comunidad autónoma pertenece Zaragoza?
  • ¿Qué es un lechón?
  • ¿A qué país pertenece Gibraltar?
  • ¿Cuántas provincias tiene Andalucía?

Había más, pero en el programa que yo oí se referían a estas.

Por supuesto, las respuestas que comentaron eran todas erróneas.

Desde mi punto de vista, hasta ahí no hay problema. En un test de cultura general muy básico, los participantes de un programa de popularidad suspendieron estrepitosamente. Vale, es verdad.

Lo que ya no me parece tan correcto es la sangre a posteriori. Los comentarios del tipo ¿cómo han llegado a los 18 años sin saber que Zaragoza está en Aragón? Como si fuese necesario para la vida saber que Ramón y Cajal era un señor en lugar de dos.

Pero vayamos por partes:

  1. Se abomina de Gran Hermano y de la cadena que lo emite, PERO no se abomina de cualquier manera, sino en un programa de radio, en un tono paternalista de superioridad asquerosa (sí, asquerosa. Los tonos paternalistas de superioridad siempre son asquerosos) porque hablar de Gran Hermano sube la audiencia.
  2. Locutores, invitados y público se burlan de los incultos concursantes de Gran Hermano en lugar de, por ejemplo, indignarse de que se pueda salir de un sistema de enseñanza del siglo XX (todos son mayores de 15 años, así que estudiaron el siglo pasado) con ese nivel cultural.
  3. ¿Qué se fomenta con todo esto? ¿El pensamiento crítico? ¿la cultura? No. Se fomenta el sentimiento de superioridad; se fomenta la rivalidad y ambas cosas demuestran una irresponsabilidad pasmosa.

Me da mucha pena que ese tipo de cultura general, que esos pocos datos que te enseñan a ubicarte geográfica e históricamente (aunque sea a un nivel tan básico), no sean conocidos por el 100% de la población. Me horroriza. Me gustaría que todo el mundo supiera eso y mucho más, me encantaría saber mucho más yo misma.

Pero me horroriza, no me entristece, me horroriza, que los listos del país, los que saben de qué era el Nobel de Gregorio Marañón y lo que significa coetáneo, sean tan mezquinos, tan pequeños, como queda demostrado que son cada vez que hay ocasión. Que somos. También yo me he reído de aquella miss que dijo que Confucio era un chino japonés de los más antiguos. La pobre que dijo que inventó la confusión.

Se nos olvida que aprender es un privilegio, una afición, una obligación o alguna combinación de las tres. Se aprende porque se necesita, porque te obligan o porque se quiere.

  • ¿Qué tiene de extraordinario aprender mucho cuando te gusta?
  • ¿Qué tiene de extraordinario aprender mucho cuando te obligan?
  • ¿Qué tiene de extraordinario aprender mucho cuando lo necesitas?
  • ¿Por qué eres tan extraordinario, querido acumulador de datos, si no sabes que eso no te hace extraordinario en absoluto?

Yo, que he trabajado con todo tipo de jefes, sé que hay algunos que no saben hacer nada porque se lo han dado todo hecho (y ahí estoy yo para que no aprendan, además), que tienen la cultura que tienen porque era lo que se esperaba. Conozco a gente muy pobre que sabe mucho porque considera  o le han enseñado a considerar, que saber abre puertas. Y conozco a gente muy práctica que no tiene ni idea de quién es Shakerpeare pero te cambia una instalación eléctrica a precio de oro. Conozco a gente buena y mala de todos los niveles culturales.

El problema es que los cultos mezquinos juzgan la incultura ajena, la ordinariez y el paso por un reality show según sus propios valores, los que sean. Sin tener en cuenta que los valores de cada uno son los de cada uno, pero no son universales.

Hace poco reflexionaba acerca de gente a la que aprecio y que a su vez aprecia a gente a la que yo desprecio. Esto es lo mismo: hay gente que desprecia la cultura. Están en su derecho.

Diréis que entonces quienes se burlan de ellos también están en su derecho.

Y tendréis razón. Lo están.

Pero mis valores, mi código, establecen que además de estar en su derecho están equivocados.

Sobre todo, no creáis que no soy consciente de las contradicciones de esta entrada.

  • ¿Qué hay de extraordinario en mí que no veo lo ordinaria que soy porque intento convencer a los demás de que quien tiene razón soy yo?

Nada. No hay nada de extraordinario en mí.

Por eso tengo un blog y no he inspirado la única religión verdadera (aún) J

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