Tropezar

por Alicia Pérez Gil

FEAT-AMARSEA veces no importa la claridad con que lo correcto se presenta ante uno. Por ejemplo, ayer. Ayer acudí a un evento en el que la mayor parte de los asistentes habían pasado ya la edad de jubilación. Uno de ellos fue solo y no conocía a los demás. Se trataba de un hombre delgado, de un pobre hombre. Ingeniero de minas y académico de farmacia de manera tangencial. Se le veía tan cómodo como un pez en el desierto. Los demás académicos sí se conocían, hablaban, formaban corros, llevaban trajes oscuros en oposición a la chaqueta con coderas de este señor pálido que quería hablar.

Me abordó cuando llegué con prisa para montar la presentación de la conferencia. Le contesté con toda la amabilidad que pude, pero no me quedé mucho rato porque había trabajo pendiente. Más tarde, mi misión cumplida y todo listo, se sentó junto a mí y me habló. Me contó cosas muy interesantes sobre los 132 tipos de aguas que estudió en Galicia, sobre cómo un río cristalino teñía de blanco las plantas que se sumergían en él y cómo esas plantas adquirían propiedades curativas debido al zinc de una mina subterránea atravesada por la corriente.

Hablamos de las minas de mercurio que visité la primavera pasada, de que le han jubilado 7 años antes de cumplir la edad porque él trabajó en minas.

Llegaron mis compañeros, me levanté a saludarles, a indicarles donde debían sentarse y les pedí que no me dejaran sola porque había un señor mayor que me estaba contando su vida.

Me avergoncé de mí misma en el mismo momento en que abrí la boca. Me avergüenzo ahora. Lo correcto era hacer mi trabajo y volver a mi sitio, junto a ese hombre que se sentía desplazado, que me estaba enseñando cosas no solo interesantes sino útiles para mi novela. Lo sabía entonces y lo sé ahora. Él no se enteró de lo que dije, pero yo lo sé.

Es la segunda vez en dos meses que me porto de manera contraria a mi naturaleza para encajar en un círculo al que no pertenezco más que de manera residual. Somos compañeros, no somos amigos. Habríamos seguido siendo compañeros y no amigos. Seguiremos siendo compañeros y no amigos. Solo que ahora yo cargo con el peso de una injusticia. Pesa mucho.

Decisiones. Todo son decisiones que definen lo que somos y esculpen lo que seremos. Una vez realizada una acción, rectificar no la elimina. Quizá la compense, quizá, pero no la elimina.

Esta mañana me he descubierto pensando en un vaso vacío, transparente, con un sumidero cerrado en el fondo. Creo que el vaso somos nosotros, que cada uno de nosotros posee un vaso vacío que se llena con acciones injustas, con mezquindades mayores o menores. Creo que podemos abrir el desagüe del fondo y eliminar la suciedad, pero la mayoría de nosotros no sabemos cómo. Así, al vaso van llegando residuos, hasta que rebosa. Cuando se alcanza ese punto algo sucede y el vaso explota. Creo que esto coincide con epifanías, con descubrimientos, con cambios esenciales en cada uno. Creo que cada vez que nuestro vaso de la mezquindad se rompe adquirimos uno nuevo para volver a llenarlo.

También creo que una parte del sentido de la vida es alcanzar la noche, cada noche, con el vaso tan vacío como sea posible y emplear algún tiempo en vaciarlo del todo. Pero, ya lo decía más arriba, la mayoría de nosotros no sabe cómo.

Sé que la manera de mantener el vaso limpio tiene que ver con el examen de la propia conciencia, el arrepentimiento y el perdón. Sé que debe de haber también un acto de reparación del daño causado.

Para esto es necesario tomarse el tiempo preciso y no conformarse con explicaciones superficiales. El perdón requiere aceptación; la aceptación requiere conocimiento; el conocimiento requiere honestidad; la honestidad requiere valor. Solo con valor, honestidad, conocimiento, aceptación y perdón podremos reparar el mal causado.

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