Agradezco respirar

por Alicia Pérez Gil

FEAT-AMARSEHoy, después de una semana de inactividad debido al asma, recién diagnosticada, he salido a correr. He hecho mi mejor tiempo en mi distancia más larga.

Lo que importa de todas formas no es eso, sino lo mucho que enseña esto de correr acerca de uno mismo. Imagino que es parecido a meditar porque me obliga, igual que la meditación, a acallar los pensamientos ruidosos que pretenden que me distraiga. Por lo demás, no tiene nada que ver, claro, porque mientras corro pienso y a veces aprendo cosas.

Hoy, apenas comenzado el kilómetro 1,5, ha sonado una canción preciosa, que ya me gustaba antes, pero que hoy ha abierto una puerta. Se titula Alive y la canta Sia. Habla de sobrevivir. No hay nada a lo que yo haya tenido que sobrevivir, pero el asma es una mala jugada cuando te has propuesto correr. Y te has propuesto correr porque asumes que no vas a morir mañana, porque tu familia es longeva y tienes 41 años; lo que quiere decir que pasarás de los 50 y de los 60. Decides correr porque es más barato que un gimnasio, porque no compites contra nadie, porque es la calle, tu voluntad y tú. Porque es eso para lo que te dijiste que no estabas hecha pero has decidido que nadie te dirá para qué estás hecha, que estás hecha para lo que hagas y por eso lo haces.

Entonces te diagnostican asma. Ya sabías que las arizónicas no te sientan bien, pero, joder, asma. Asma. El asma te obliga a veces a quedarte en casa. Quedarte en casa es el comienzo de una espiral de inactividad y tú siempre has tendido a dejarte llevar. No puede ser, piensas, que ahora que ibas en serio venga el universo de las narices a soltarte un asma, en plan gracioso. Así que yo iba por ahí, con mi kilómetro y medio a la espalda, a la busca del kilómetro dos, pensando en el asma y las plantas hostiles cuando Sia ha gritado: Todavía respiro. Te lo llevaste todo, pero todavía respiro.

El sol caía sobre mi cabeza, los árboles verdes se mezclaban con algunas hojas que ya amarillean y yo corría por un camino llevo de polvo. Respirando.

A lo mejor jamás corro más de los 7.5 que he corrido hoy, pero estoy viva. Y respiro.

Llevaba más de un año preguntándome por qué la vida no hacía más que ponerme a gente enferma en el camino. Personas que cargan con un dispensador portátil de morfina porque sufren dolores espantosos; personas, mujeres, que viajan con una percha y una bolsa de drenaje porque no les funciona el intestino; personas de 25 años que no pueden medicarse porque son fármaco resistentes y a la vez se les desencaja la cadera, sin avisar, se caen al suelo.

Mujeres todas ellas que le sonríen a la vida mucho más de lo que yo he sonreído hasta hoy. Mujeres con fuerza, con carisma, con amor.

Era por esto. Porque yo respiro.

Yo respiro. Nadie me ha quitado nada y YO RESPIRO.

Correr te da muchas cosas. Correr te pone delante de ti misma con mucha más precisión que un espejo si te paras a escucharte. Porque no se trata de correr un kilómetro en cuatro minutos, sino de correr cien metros y mirarte. Por eso es difícil. Cuando corres estás sola. Llevas la música pero estás sola con tu mejor amiga y con tu peor enemiga. Estás sola contigo. En un mundo con prisa y tests de resultados estar a solas con uno es un deporte de riesgo.

Pero el premio merece la pena.

Hoy, por primera vez en mucho tiempo, agradezco respirar.

De corazón.

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