Estaremos en paz

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIRCuando volvimos de las vacaciones seguíamos siendo cuatro. Mi madrastra se había quedado en el burladero, colgada de los ojos siempre entornados de un torero de cuarta fila que toreaba en plazas improvisadas con carros, remolques y camionetas viejas.  Ella se quedó en Málaga y del corazón de mi padre sólo la mitad llegó a Oslo, pero dentro de mí latía uno nuevo. El nombre de mi hija habría sido Elsa, el mismo que el de mi madre, muerta el día que yo nací.

Tardé tres semanas en darme cuenta del retraso. Lo achaqué al cambio de latitudes, al clima, a las muchas emociones. Luego estaba Pedro, el chico español del que me había despedido entre lágrimas escribía en aquellos tiempos hasta tres cartas por semana. Se las dirigía a Otto, no sé si por alguna costumbre del sur que aquí en Noruega no conocemos. Quizá mi padre le diera miedo. Le vio una única vez en el paseo marítimo. Aunque había muchos turistas altos y rubios, mi padre destacaba por su altura en todas partes. Pedro me dijo en su inglés dificultoso que no sabía si le recordaba más a San Nicolás o a un vikingo sediento de sangre y tesoros. Si le hubiera visto después habría pensado en un gran oso de peluche desmadejado. Así volvió de España y así le veía Otto, que no tenía más referente adulto que yo, a mis diecisiete años. A veces sorprendía a mi hermano  mirando a papá con una mueca de desprecio impropia.

—Tú no eres así —me decía.— Nosotros somos distintos.

Nunca le prohibí leer mi correspondencia, que llegaba a su nombre, así que él sólo llegó a la conclusión, a través de las palabras de mi amor de verano, de que Pedro no le gustaba. Aunque yo creía que era porque nada español le gustaba ya desde que su madre nos abandonara por aquel torero  de ranuras negras rodeadas de pestañas.

—Estás embarazada de ese.

Pedro se lamentaba de no poder hacer nada por mí. Yor problema is very difficult, escribía. Y tenía razón. Era un problema peliagudo y no había un solo adulto en aquel país helado al que yo pudiera acudir. Los días corrían y no podía cargar a mi padre con la muerte del primer nieto de su mujer difunta. Otto me acompañó con una rabia que yo confundí con determinación. No me consoló. Esperó en el cubículo que me habían asignado y, cuando salí, temiendo que algo malo hubiese pasado y no hubieran podido operarme, me puso los zapatos. La enfermera me aseguró que todo había salido bien, me indicó que reposase un día y que en el futuro tuviese cuidado.

Nuestro padre no estaba en casa cuando llegamos. Pasaba todo el tiempo posible en el laboratorio, donde nada le recordaba a España, a su mujer ni a la vida. Otto me obligó a meterme en la cama aunque no era necesario. Cerró las cortinas y me dio un beso frío en la mejilla.

—Me vengaré.

Tenía doce años, era un niño muy delgado, con los ojos grises del mismo color que el cielo tras la tormenta. A mí me duraban aún los efectos de la anestesia, estaba triste por Pedro, que me había dejado; por mi hijo, que ya no nacería; por mi padre desaparecido y por la vida, que enseña tan pronto las garras. Ni me imaginaba que mi hermanito, el dulce Otto, cumpliría su amenaza.

Volvimos a Málaga, los dos solos, seis años después. Él acababa de cumplir los dieciocho. Yo tenía veintitrés. Cuando nos despedimos en el aeropuerto, parecía que mi padre hubiera estado esperando el momento en que le dejaríamos. Al fin y al cabo sus dos mujeres le habían abandonado de uno u otro modo y nosotros éramos los hijos de esas mujeres ¿Por qué habríamos de quedarnos? No era así, claro, pero la playa soleada suponía el mejor escenario donde olvidar una vida aburrida en la que reinaba un invierno que parecía eterno. España era la misma que años atrás: un hervidero de sombrillas de colores y cuerpos enrojecidos. Yo sí había cambiado. Ya no era una chiquilla desgarbada con los brazos largos como el cuello de una jirafa. Cuando veo las fotos de entonces veo una mujer guapa, de belleza serena a pesar de la edad y huesos marcados. En las que sonrío se me ve radiante, el sol reflejado en una coleta muy alta.

Encontré trabajo enseguida en una tienda de regalos. Pocos malagueños hablaban un inglés comprensible por aquel entonces, mientras que yo lo combinaba con mi español aprendido a conciencia y mi noruego nativo. Era alta, guapa, joven y simpática. Podría haber trabajado en una oficina, pero todo lo que me pedía el cuerpo era estar lo más cerca posible de la playa y la diversión.

Otto pretendía encontrar a su madre y yo suponía que la buscaría en los pueblos. No le auguraba ningún éxito, pero me sentía en deuda con él, que me había puesto los zapatos y acostado como un padre hacía tanto tiempo. Viviríamos juntos cerca del mar, nos bañaríamos incluso en febrero, estaríamos morenos y saludables todas las estaciones del año y yo ayudaría a mi hermano a buscar a mi madrastra, enjugaría sus lágrimas cuando no la encontrara, consolaría sus heridas y continuaríamos allí uno o dos años más; hasta que la vida real nos devolviera al invierno eterno de Oslo.

—He encontrado donde aprender a torear. Se han reído de mí.

Con esa noticia llegó un día a casa. Una sombra de enfado se ocultaba bajo su flequillo trigueño y yo no vi el brillo de triunfo en sus ojos grises. La mandíbula se me descolgó de la sorpresa. Era la primera vez que Otto me hablaba de ello. Yo sólo pensaba que debía de haber maneras menos peligrosas de recuperar a su madre y que ella, que le había abandonado, no merecía ese sacrificio.

—Les he dejado que lo hicieran. Me costaba entenderles.

—No pasa nada. Te harás con el acento enseguida —le aseguré, sin saber muy bien qué otra cosa decir.

 

—Están seguros de que fracasaré. Dicen que los suecos tenemos la sangre menos espesa.

—Somos noruegos.

—A ellos les da igual.

—No te lo pondrán fácil.

—No importa. No quería decírtelo así, pero él estaba allí.

—¿Él?

—El de los ojos rasgados. Llevaba cosas de un lado a otro, una especie de carretilla con cuernos. Debe de trabajar como mozo. No me ha visto. No sé si me reconocerá cuando lo haga.

Siguió hablando hasta que se dió cuenta de que yo había dejado de prestarle atención hacia rato. Mi cabeza iba de los toros al torero convertido en recadero y viceversa. Otto me anunció que empezaba muy temprano a  la mañana siguiente y me besó en la mejilla. Así celebró su primera victoria contra el enemigo español, que le había aceptado entre sus filas.

Yo pasaba muchas horas en la tienda. Me gustaban los muñecos de plástico, los dedales con dibujos de pésima calidad y las tarjetas postales de colores relucientes.  Los chicos del barrio me invitaban a salir y los extranjeros se hacían fotos conmigo. Los días pasaban en calma, trasnochaba a menudo porque en el bar de Arturo, pegado a la tienda, casi siempre me esperaba una cerveza tras el cierre. Yo la acompañaba de un pincho de tortilla y con eso cenaba. Los lunes y martes me recogía pronto, pero de miércoles a domingo cada noche era una fiesta. No faltaba dónde bailar ni con quien. A Otto, que madrugaba más que las nubes, apenas le veía. Había veces que abría la tienda sin haber pegado ojo.

—Niña, que no dura el cutis para siempre —me decía doña Sol, mi jefa. Y me traía un pitufo con aceite del bar de Arturo.— Qué envidia me dais los jóvenes. Si vengo yo sin dormir se me caen los mofletes hasta los pies.

Yo en cambio atendía a los clientes con la misma alegría que si hubiera dormido durante doce horas. Por las tardes doña Sol me permitía una siesta durante el rato de más calor, cuando nadie salía de casa porque se podían freír huevos en el pavimento.

—Porque me has duplicado los beneficios, valkiria,  que si no andabas tú lista.

Pero me habría tratado igual aunque no hubiera vendido una mala cucharilla. Doña Sol era un ángel con acento andaluz y no sólo me cuidaba a mí, sino también a mi hermano.

—Mira que esa criatura se está metiendo en un mundo muy difícil.

Y tenía razón. Cuando yo llegaba de madrugada Otto ya se había marchado a la escuela. Por las tardes trabajaba en una ganadería, a veces hasta bien entrada la noche. No sé qué hacía allí. Quizá quitarse el miedo a los cuernos. Yo no imaginaba de dónde sacaría valor para matarlos si en casa no había vuelto a haber una mascota desde que muriera su primera y única carpa dorada.

—Cuando llegue ese momento ya veré. Además, tengo a Moisés. Él me ayuda.

—¿Y tu madre?

Pero a eso no contestaba. Y yo tenía mis propios asuntos de los que ocuparme: junto a las cañas tras el trabajo había aparecido un muchacho castaño con una cadena de oro y la camisa mal abrochada.

—Aquí y allí, ya sabes, mi alma. En lo que se puede —me contestó cuando le pregunté cómo hacía para pagarme las cañas.

—Ese chico no te conviene nada, chiquilla.

Y era verdad que no me convenía. Ni a mí ni a nadie. No tenía donde caerse muerto ni parecía capaz de mantener un trabajo. Aunque por aquel entonces todos llevábamos una vida más relajada. O eso me parecía a mí, que me sentía como en unas vacaciones infinitas. De Paco debí haberme alejado como de una trampa para osos oxidada; pero tenía esa sonrisa brillante, las pestañas tupidas y, cuando me tocaba, se me erizaba hasta el pasaporte.

—Vamos mañana a una cala que conozco, rubia. Ya verás el agua qué rica.

Yo respetaba las horas de trabajo, pero lo demás me daba lo mismo. Se me iban las horas pensando en Paco. Ya no coqueteaba con los clientes en la tienda ni salía con los chicos del barrio.

Otto estaba de acuerdo con doña Sol.

—Mañana te vienes conmigo a la escuela.

—De eso nada. Tengo que ir a la tienda. Y luego he quedado con Paco.

—Tú vente conmigo por la mañana temprano que ya tendrás tiempo de llegarte después a la tienda.

Otto se había hecho con una Montesa muy barata y en aquella época nadie te paraba por no llevar casco; así que, con las legañas pegadas, me agarré a su cintura firme y musculada, muy diferente de la del niño que había criado yo misma,  y le dejé que me llevara. Se le notaba seguro en aquella especie de bici con motor que alcanzaba los ochenta por hora con dificultad. Apoyé la mejilla en su espalda y noté que respingaba. Debía de haberse dado algún golpe durante los entrenamientos.

Paramos mucho antes de llegar a la escuela. Otto había metido la moto por un camino de cabras, las piedrecitas saltaban y me laceraban los pantorrillas. Me pidió que bajase y lo agradecí. Mientras me frotaba las piernas para aliviarlas escondió a su pequeña tras unos árboles raquíticos. Tras ellos se levantaba un cercado de madera dentro del que se distinguían formas oscuras y amenazadoras.

—¿No irás a colarte ahí?

—¿Para qué?

—Pues para enseñarme lo que has aprendido ¡yo qué sé!

—No seas idiota —me dolió el desprecio. Otto nunca me había hablado así.—Si me pillan toreando ahí, se me cae el pelo. Luego esos novillos están resabiados y son más peligrosos.

—Pues ¿A qué me traes?

—Espera y verás.

Esperé y vi. Aún no había salido el sol cuando una furgoneta se acercó traqueteando por un camino que subía bordeando el otro lado del cercado.

—¡Joder! ¿Quiénes son esos?

Otto no contestó, así que me quedé mirando la furgoneta, que no apagó las luces. De la parte de atrás salieron cuatro chicas con el pelo muy negro y muy largo y las faldas muy cortas. Del asiento del copiloto bajó Paco. El conductor no salió del vehículo.

—Ahora no digas ni palabra, que se oye todo —susurró Otto, tan bajo que me costó entenderle. Asentí y agucé el oído.

—A ver ¿qué me traéis?

Ese era Paco. Le oía y le veía, pero no podía creerlo. Las chicas le entregaban billetes enrollados. Unas más que otras. Y Paco les devolvía unos cuantos junto a pequeños envoltorios de papel de estraza. Me tapé la boca con la mano para que no se me oyera ni respirar. Así que un poco aquí y otro poco allí significaba que Paco era un camello y, por lo visto, un chulo. Menudo tesoro  me había encontrado y vaya razón que tenían doña Sol y mi hermano.

Cuando la furgoneta desapreció por donde había venido Otto me sujetó por los hombros.

—¿Todo bien, hermanita?

—Como unas castañuelas.

—¿No recuerdas a qué habíamos venido?

—A buscar a tu madre.

—A buscar venganza —me clavaba los dedos, así que me lo sacudí como pude.

—No te puedes vengar de un país entero —grité.— Todos los españoles no son iguales. Además, fue tu madre quien decidió quedarse. Nadie la obligó a que nos dejara.

—Eso ya lo sé —contestó con una voz dura y fría como el filo de un hacha.— Ni a ti te obligaron a acostarte con Pedro. Ni con Paco.

—Eso no tiene nada que ver. Déjalo, Otto. Vente conmigo a la playa. Les encantarás a las chicas. A las españolas, a las inglesas o a las que prefieras.

—Hay que terminar lo que se empieza. Te di mi palabra y se la di también a papá. Pero, sobre todo, me la di a mí.

—A mí me da igual. Y papá… —Me entristeció el recuerdo del viejo titán derrotado en medio de sus tubos de ensayo.— Papá tampoco es que cuente mucho.

Me levantó la barbilla con la mano y me obligó a mantener la mirada fija en sus ojos grises.

—Cuento yo —dijo.

Creí que librarme de Paco sería sencillo, pero me equivocaba. Esa noche no acudí a nuestra cita después del cierre así que, para variar, llegué pronto a casa. Pensé que Otto cenaría conmigo y se acostaría pronto, pero también me equivocaba en eso. Vi la tele un buen rato y me fui a la cama sin que mi hermano hubiera aparecido.

Por la mañana su cama seguía sin tocar, aunque eso no quería decir nada. Podía haberla hecho antes de marcharse a esas horas que se gastaba. En el bar del desayuno me esperaba un Paco con cara de pocos amigos. En lugar de sentarme a su mesa me encaramé a un taburete en la barra y me comí allí mi pan con tomate, bajo la vigilancia secreta de Arturo.

—Me llevo el café a la tienda. Luego te bajo el vaso ¿vale?

—Pero no me lo vayas a romper —contestó mi camarero de la guarda echándole a Paco una mirada torva. Ya le tenía pegado a mi espalda y no me había dado ni cuenta.

—Descuida, que yo le llevo el café a mi chica.

—No gracias —le corté.—Yo no soy tu chica. —Y cogí el vaso con tanto ímpetu que la mitad del café se derramó sobre su camisa blanca.

—Hija de…

—¡Ojo, que mi madre está muerta!

Se lo conté a doña Sol, que me miró con más preocupación que alivio.

—Si es que ya te decía yo que no te convenía.

—Bueno, mujer. Pero ya no le voy a ver más.

Sin embargo allí estaba, en la puerta de la tienda, con la camisa echa un asco y su sonrisa de siempre adornada con un aire siniestro que yo no le había visto nunca.

—Lárgate —dije antes de que él pudiera pronunciar palabra.

—La calle no es tuya, reina.

—Déjalo, niña. Yo llamo a la policía.

Aquello le convenció mucho más rápido de lo que lo habría hecho yo. Me lanzó un beso envenenado, me guiño un ojo y desapareció entre los madrugadores  que ya habían cogido sitio en la arena. Aquel día lo pasé tranquila solo a medias. De vez en cuando, entre abanico vendido y delantal de topos colocado se me ocurría que quizá Paco me esperase tras alguna esquina oscura. El tendido eléctrico no era entonces el que es ahora y a aquellas alturas mi andaluz moreno de verde oliva se había convertido en un tipo al que prefería no enfrentarme.

—¿Te acompaño hasta tu casa, cariño?

—¿Y quién la acompaña a usted, doña Sol? No diga tonterías, ande, y váyase que ya hemos cumplido por hoy.

—Yo la llevo, señora.

Me quedé de piedra. La voz áspera, como de cantos rodados que chocasen unos contra otros dentro de un saco, salía de una boca de labios finísimos de los que colgaba una colilla aún humeante. Doña Sol me miró, las cejas tan enarcadas que casi se le juntaron con el nacimiento del pelo.

—Me manda su hermano Otto.

—¿Nena?

—Sí, Otto le conoce. De la escuela.

Mi jefa no se quedó tranquila. Después de darme los dos besos de cada noche se recolocó las horquillas del moño y la piel de las sienes se le estiró aún más de lo que ya estaba. Se reservaba ese gesto para avisarme de que habían entrado en la tienda personas de aspecto que ella consideraba sospechoso. Se fue a regañadientes y me dejó con el torero de los ojos en rendijas. Parecía que hubieran pasado cincuenta años en lugar de seis. Cuando mi madrastra y yo le vimos, capote en mano, muleta después, era la viva imagen de la fuerza: los pies bien plantados, la espalda arqueada y la mano libre separada del cuerpo. Se hacía más grande que el toro enorme que tenía delante. Las cejas negras, fruncidas, las pestañas que le protegían las pupilas de la arena roja, los labios cerrados alrededor de una vocal larga, la barbilla apenas adelantada. Un hombre por el que abandonar una familia

—Me llamo Moisés.

No le di mi nombre. Me quedé pensando que el torero que recordaba no se parecía en nada a Moisés el aldeano de dedos correosos y espalda cóncava. Aquellos pantalones de trabajo, raídos, demasiado grandes, no ocultaban el deterioro de su cuerpo. Me pregunté dónde habría quedado su traje de grana y oro.

—Es usted igual que su hermano. No hablan mucho, los noruegos.

—Lo siento.

—No se preocupe —la colilla seguía pegada  s u labio inferior como con pegamento.— estoy acostumbrado. Mi mujer es igual.

—¿Está casado?

—Con la madre de su hermano. Tampoco habla mucho.

Le miré embobada, más incapaz aún de articular palabra.

—Otto quería venir él mismo, pero tenía trabajo esta noche. Estaba preocupado por el Paco. Con buena pieza se ha juntado usted. Aquí le conocemos por lo que es.

—¿Usted le conoce?

—No es que esté orgulloso, pero sí. Dejé los toros por culpa del chico. Ya apuntaba maneras entonces, el muchacho. Yo habría tenido una carrera más larga, pero no iba para figura. Da miedo, el toro. Te pones ahí delante, le miras a los ojos y le engañas, le provocas, le tientas. Pero llega un momento en que el animal sabe a qué ha venido. Entonces cambia la suerte. Cuando toro y torero se entienden por fin es cuando se coge la muleta y uno de los dos muere. Todos los toreros temen a la muerte. Los buenos, los de verdad, no torean al toro, sino al miedo. Yo no era bueno. Entonces Paco era un chiquillo, pero era listo y ya sabía… A mí me vendía antes de las corridas. Pero así no se puede torear. Terminé con lo mío antes de empezar, pero ya sabe lo que se dice: muerto el perro se acabó la rabia. Sin toros se acabó el miedo. Sin miedo se acabó la droga. Ahora trabajo en la escuela. Uno no se deshace de esto así, porque sí.

—Allí ha conocido a Otto.

—Sí. Y perdone que se lo diga tan claro, pero su hermano no va a ser torero nunca en la vida.

—No le conoce usted, Moisés.

Empezaba a caerme bien, el hombre. Si mi hermano me daba la oportunidad se lo diría. La vida le había castigado bastante sin la intervención de Otto: ya no toreaba, se había casado con una noruega mustia y no tenía ni para tabaco. Así lo atestiguaba la sempiterna colilla que se movía al ritmo de su conversación.

—No le conoceré, pero le he visto. Le tiemblan las canillas como a un crío.  A veces cierra los ojos cuando el bicho embiste. Mire, no ha nacido mujer que aparte al hombre del toro, pero ustedes no son de aquí. A lo mejor con los extranjeros es distinto.

Para entonces ya habíamos llegado a casa. Moisés no abandonó el portal hasta que cerré por dentro con llave. Otto no había llegado. Era temprano, al menos para mi costumbre, y me sentía encerrada.  Me quedé dormida delante del televisor. Por la mañana lucía el sol y con él se marcharon mis preocupaciones. Paco no apareció en el bar ni asomó tampoco por la tienda, así que Arturo y doña Sol estaban encantados. Los españoles son tan exagerados para lo bueno como para lo malo: Arturo me invitó al café del desayuno y mi jefa me dio la tarde libre.

—Anda, toma un poco el aire, a ver si te pones morena. Que llevas aquí ocho meses y no hay manera, criatura.

Iba a negarme, pero se había quedado una tarde estupenda y la arena empezaba a vaciarse, así que le di un beso a la jefa y me marché corriendo. En casa me esperaban el bikini, la toalla y la cara de ceniza de Otto, que cayó sobre mí igual que una maldición.

—El miércoles que viene toreo.

—Pero ¿qué dices? —las advertencias de Moisés se me vivieron encima como aspas de molino. Le agarré del cinturón y me lo llevé a mi cuarto, donde estaba el único espejo de cuerpo entero de la casa.— ¿Has visto qué cara tienes? Estás aterrorizado. No puedes torear.

—Ya te lo dije. Tengo que hacerlo. No habrá más oportunidad.

—¿Pero a qué genio se le ha ocurrido que tú puedes ponerte delante de un toro?

—Lo hacen por echarme. Dicen que no valgo y quieren demostrarlo.

—¿Y te vas a prestar a eso?

—Moisés estará ahí para echarme un capote si hace falta —por un momento el pavor dejó sitio a otra cosa, a aquella otra cosa que yo no había sabido ver seis años antes y que tampoco identifiqué  entonces.

La mañana del día de la corrida doña Sol me echó de la tienda a patadas.

—Chiquilla, tú lo que tienes que hacer es irte a casa y quitarle a tu hermano esas ideas de la cabeza ¿Dónde se ha visto un torero guiri?

Pero yo recordaba las palabras de Moisés y comenzaba a conocer a Otto. No había nacido mujer que apartase al hombre del toro y yo no sería la primera. Yo, pobre de mí, que me había comido las uñas de los nervios. Las uñas y los cafés bebidos por la mañana. No me entraba nada más en el estómago. No sería yo quien convenciese a mi hermano de ninguna cosa.

Hacía un calor que derretía las piedras en la plaza. Uno de esos círculos de carros y furgonetas que duraría allí lo que dictase la comisión de festejos de aquel pueblo perdido al que casi no fui capaz de llegar. No había tendido de sombra. Los más de cuarenta grados nos castigaban a todos por igual: a los diestros imberbes, a los banderilleros avejentados, al público y a los animales.

A Otto le habían prestado un traje que le quedaba corto. El pantalón no le llegaba al gemelo, sino por debajo de la rodilla, la faja disimulaba la escasez del chaleco y la chaquetilla le estallaba en los hombros nórdicos porque estaba confeccionada a la medida de algún malagueño delgado y mucho más bajo que mi hermano. Las guedejas rubias se le pegaban a las sienes debajo de la montera. Durante el paseíllo miró la plaza con aprensión; Moisés al lado, vistiendo la misma grana y el mismo oro de hacía años, un poco deslustrado pero en realidad nuevo por la falta de uso. Se le veía tan nervioso como a Otto. Los dos giraban el cuello hacia el redondel, como si el graderío improvisado en volquetes les quemase en las retinas. Escruté al público, siguiendo un impulso y la vi. Por eso ellos no miraban. Hacia mi derecha, vestida de azul y con el pelo de un nuevo color rojo estaba la madre de mi hermano, la esposa del torero.

Los hombres y los muchachos se ocultaron tras los burladeros . Todos menos Otto, que salió a los centros con más decisión que aplomo. Se colocó de pie, con las piernas bien abiertas, ante el remolque que hacía de puerta de chiqueros. Yo sólo le veía la espalda. Temblaba como una hoja, ya lo había dicho Moisés. Rogué que se desmayara antes de que soltaran al novillo. Así terminaría todo. Otto, humillado, no volvería a intentarlo; su madre vería a qué extremos había llegado el hijo abandonado, se reconciliarían y volveríamos a Oslo. Cuidaríamos de nuestro padre, viviríamos vidas aburridas con mucha nieve en invierno y poco sol en verano.

Pero Otto no se desmayó. Del burladero donde se había resguardado su cuadrilla hecha de retales salió una figura de hombros cargados que apenas alcanzaba a arrastrar el capote. Se colocó allí, junto a mi hermano, ante el estupor del público, que despertó de repente para estallar en pitos y abucheos. A Moisés le dio lo mismo. La madre de Otto inclinó la cabeza y juntó las manos bajo la barbilla, o eso me pareció ver.

Cuando se abrió la puerta Otto no tuvo ninguna posibilidad. Moisés le derribó de un codazo y encaró la res con la misma vocal retadora cercada por sus labios finos. El novillo, mucho más grande de lo que yo esperaba, aceptó y se fue a por él, directo al bulto. El rosa y el amarillo no le engañaron. Resabiados, había dicho Otto. Y mientras el torero caía enredado en la tela de colores me pregunté de qué conocía mi hermano aquel cercado donde me había mostrado la verdadera cara de Paco. Me pregunté por qué tanto miedo mal contenido si sólo se enfrentaba a un toro joven. Seguía tirado sobre la arena cuando los demás salieron a despistar al animal, que se había ensañado con Moisés. Mi hermano no había hecho siquiera intención de levantarse.

La enfermería, también improvisada, alojaba una camilla sobre la que tendieron el guiñapo ensangrentado en que se había convertido el cuerpo del torero. Yo asistía a Otto en una silla en la parte de atrás. Le habían dado una bolsa de hielo que sostenía sobre una hinchazón en el tobillo que yo no lograba ver. De vez en cuando lanzaba un gemido en el que, de todos modos, nadie reparaba. Hasta que entró la viuda, su madre, mi madrastra.

Se me agarrotaron todos los nervios del cuerpo, se me cerraron las venas y  la sangre del rostro se me fue al suelo cuando vi de qué modo se esforzaba aquella mujer a la que nunca había querido demasiado y a la que por tanto no odiaba, por no mirar la camilla. El cadáver de su marido yacía bajo una sábana teñida de sangre donde rozaba con el cuerpo, pero yo era la única que se permitía mirarlo.

—Si querías matar a alguien, haberme matado a mí —dijo en noruego. Otto no se levantó de la silla.

—No quiero que mueras, madre —contestó, también en nuestro idioma—. Quiero que sufras.

La frialdad de sus palabrashizo que me tambalease. Era la misma que había impreso a su juramento de venganza. Pero era mi hermano y le quería. Le quería y estaba en deuda con él, aunque no era el tipo de endeudamiento que yo creía.

—Esta mujer está trastornada, doctor —intervine, forzando mi acento—. Creo que es la esposa del muerto. Necesita un calmante. Yo voy a sacar a mi hermano de aquí antes de que ocurra una desgracia.

Creo que fue porque oyó que Moisés estaba muerto. Seguramente ya lo supiera, pero oírlo la volvió loca. De dolor, supongo. El médico, que vio que por fin su presencia servía para algo, pidió ayuda para sujetarla y la sedó. Yo levanté  a Otto de la silla con dificultad. Resultó ser muy buen actor.

Cuando el taxista se llevó la mayor parte de mi sueldo de esa semana y nos quedamos solos ante la puerta de casa, Otto perdió la cojera y yo le hice la única pregunta  cuya respuesta me importaba.

—¿En paz, hermano?

—Él mismo le ha comprado la cocaína a Paco.

—¿Estamos en paz? —repetí con la voz quebrada.

—Me dijo que saldría al ruedo conmigo, que sabía que no sería capaz, que no podía permitir que le hiciera eso a mi madre.

No había ni un atisbo de dolor en el tono de Otto. Estábamos en el salón y se había quitado la camiseta. Sin ventilar en todo el día, la casa era un horno. Vi que tenía moretones antiguos en el pecho y me acerqué . También se había magullado la espalda, pero ninguno de los golpes era reciente excepto el codazo en el costado.

—No quiero saber nada de eso.

—Yo tampoco quería saber que te acostabas con españoles de mierda.  Tú eras lo único que me quedaba.  Cuando volvimos a Oslo no tenía a nadie más: mamá me había dejado por ese imbécil y Papá no fue lo bastante hombre. Sólo me quedabas tú. Pero resultó que eras como ellos. Aún así me quedé contigo. A pesar de saber cómo eres. Y por eso seguiré queriéndote como un hermano aunque no hayas cambiado.

—¿Estamos en paz, entonces?

—Estaremos en paz cuando sepas cuánto he disfrutado viéndole morir, cuánto he disfrutado con el dolor de mi madre. Si me quieres sabiendo eso, estamos en paz.

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