4k de memoria

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIRAlgunos alardeamos de buena memoria, de recordar conversaciones enteras o el lugar exacto donde está aquel bar, el trazado de las calles, los números de teléfono, el color de ojos de nuestro primer amor o la ropa que llevábamos el día que ocurrió tal o cual cosa. Muchos recordamos dónde nos pilló uno u otro acontecimiento y casi todos estamos seguros de que hay cosas que no olvidaremos jamás. El reflejo de la luz cuando abrimos la puerta, como dice Montserrat Roig, a quien ya podían recatalogar en español.

No es cierto.

Para algunas personas con una memoria excelente y determinados problemas sicológicos que afrontar, los recuerdos se distorsionan o desaparecen.

Corrí 4 km seguidos por primera vez en Londres el día 7 de agosto de este año.  Había comenzado a correr una semana antes y no quería que las vacaciones de verano interrumpiesen mi evolución. Inicié la carrera en la orilla sur del puente de Hammersmith, en Londres, y corrí junto al Támesis, a lo largo de unas instalaciones deportivas verdes. Una ardilla se cruzó conmigo y, a pesar de que a los 500 metros yo ya resoplaba de cansancio, sonreí. En el río algunos equipos de traineras entrenaban. Había llovido el día anterior y la corriente daba un poco de miedo, todo grises cambiantes bajo un cielo de plomo.

En Madrid el asma había estado tratándome fatal, con esa falta de piedad de los problemas respiratorios, que te dejan sin aliento un poco por defecto; pero Londres es húmedo, así que los pulmones hacían su trabajo sin mayor problema. Dejé atrás el parque y crucé hacia el lado norte  por un paso elevado en una estación de tren, un par de km  más abajo de mi lugar de partida. Algunas mujeres iban de paseo vestidas con esa mezcla de colores tan inglesa, digamos que poco ortodoxa, con sus gorritos para la lluvia, sus paraguas y sus bolsas de picnic. Las adelanté con dolor aunque ellas caminaban y yo corría. Estaba empezando.

Los dosmil últimos metros estaban flanqueados por casitas de estilo tudor, chalets y mansiones con coches de gama alta aparcados junto a las vallas de los jardines delanteros. Crucé algunas puertas que avisaban de que entraba en recinto privado y debía respetar las normas de la comunidad. Salía el sol cuando llegué a la zona de pubs. Dos de los más antiguos de Londres están allí. Una muchacha con más sobrepeso que yo salió de un portal, vestida para correr, me adelantó sin problema alguno y siguió carretera privada adelante. La alcancé a los pocos metros y seguí.

Llegué al extremo norte del puente de Hammersmith agotada, el cuerpo inclinado de cansancio, calor, hambre y no recuerdo la sensación de haberlo logrado. Recuerdo la conversación con Emilio acerca de que eran 4k, de que estaba bien, de que era un avance. Sin embargo estoy segura de que debí  de sentirme bien.  Por correr en vacaciones, por correr más km que en Madrid, porque no me había parado a pesar de haberme perdido en mitad del recorrido, por haber adelantado a aquella chica, por no arredrarme ante las escaleras del paso elevado.

Debí de sentirme bien y de hecho el recuerdo conserva colores vivos y luminosos, es un buen recuerdo.

Pero las mejores sensaciones se han borrado de alguna manera y ahora, cuando corro 5k y termino agotada lo vivo como un fracaso.

Comencé a correr caminando durante dos minutos y haciendo como que trotaba durante otros dos. Me cansaba tanto que iba más rápido cuando caminaba que cuando corría, salvo que el Runtastic mienta. La primera vez que corrí diez minutos seguidos quería morir, tenía que meter la cabeza debajo de la fuente del parque para poder llegar a casa.

Todo eso se olvida. Y no debería olvidarse.

Correr dos minutos cuando no se corría nada es un logro, correr un kilómetro completo es un logro, y dos, y tres y diez, y una maratón (todo llegará). Cada uno de esos hitos es importante y satisfactorio. Sobre todo cuando crees que jamás conseguirás ninguno de ellos. Recuerdo que en cuanto corrí mis primeros 5k creí que podría comerme el mundo a golpe de zapatilla. No fue así y el día que lo descubrí me sentí estúpida y humillada. Resolví que el mundo tendría que esperar a que digiriera esos 5k. Me ha ido bien desde entonces. Mastico despacio y procuro no enfrentarme a platos demasiado llenos.

Pero la memoria es oscura y alberga vacíos. Por eso prefiere dejar que los primeros 4k en Londres desaparezcan o que los primeros diez minutos al trote dejen de contar. Lo que no puede hacer la memoria es borrar el hecho  de que antes de correr, no corría; de que un día me puse las zapatillas y salí de casa vestida de coral fosforito, que daba pena verme.

Pasa un poco lo mismo con el Nanowrimo y la cosa de escribir. Puede que se nos olvide, a los que nos pegamos con las expectativas altas y los logros parciales, que todas y cada una de las nuevas palabras que antes del 1 de noviembre no existían ahora están ahí. Puede que no lleguemos a las 50.000, es verdad. Pero para escribir 50.000 hay que escribir una, la primera. Y esa ya está escrita. Ahora sólo es necesario tirar del hilo, atarse los cordones y disponerse a la satisfacción personal.

Una palabra escrita y un minuto al trote es todo lo que se necesita para iniciar el camino de escribir una novela y correr una maratón.

 

 

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