Los caraduras

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIREstaba yo pensando que, bueno, la mayor parte del fruto de mi trabajo es para enriquecer a personas que ya son lo bastante ricas. Otra parte de ese fruto es para pagar los servicios públicos de los que me beneficio. Me parece genial que otra parte sea para ayudar a quienes más lo necesitan.

Hay quienes piensan que emplear dinero público (o sea,  la parte de mi dinero que el estado ha recaudado cobrando impuestos) en ayudar a quien no tiene empleo, o casa, o a los inmigrantes, o a los drogodependientes, a las mujeres maltratadas, a los ancianos, etc, es dar un cheque en blanco a los caraduras. Tienen toda la razón.

En todas partes hay un porcentaje de caraduras y esos pocos caraduras se aprovecharán, siempre,  de la generosidad de la mayoría. Es así.

Recuerdo que en 2013, cuando negociábamos las condiciones del ERE, uno de los primeros acuerdos a los que hubimos de llegar los trabajadores fue el de contratar a un abogado y pagarlo. La cosa era que pagarían al abogado solo quienes firmasen un contrato con él.  El que no firmaba no pagaba. Pero no se podía contratar al abogado sin determinado número de firmas porque los abogados también comen, es un vicio que tienen.

La pregunta surgió inmediatamente: ¿Y quienes no paguen se beneficiarán de lo que consiga el abogado que estamos pagando los demás?

Respuesta sencilla: Sí. Los cobardes, los indecisos, los egoístas y los tramposos (cada uno sabrá a qué categoría perteneció si perteneció a alguna) se beneficiaron de un servicio que contratamos y pagamos una mayoría de personas que queríamos salir de una situación dada de la mejor manera posible y que para ello involucramos nuestro dinero.

Con las políticas sociales pasa lo mismo:  los tramposos, los caraduras, los ladrones, los defraudadores de baja estofa se aprovechan de los impuestos que pagamos la mayoría. No me gusta y creo que esas trampas hay que perseguirlas con la máxima diligencia. Cárcel para quien puede permitirse una casa pero miente para no pagarla. Esa es la solución.

Contra el fraude, contra la trampa, la solución es el castigo al defraudador, no la eliminación de las ayudas, no el castigo al necesitado.

Estoy muy triste estos meses.

Nada funciona. Hay algunas personas buenas a mi alrededor, pero la mayoría nos perdemos en espirales de enfado, de confusión, de revancha, de deseo de llevar la razón. En un momento como este, en el que todo parece a punto del colapso (desde la economía mundial hasta el clima, que nos tiene en una extraña primavera cuando debería ser invierno), en lugar de alegrarnos cuando se dan actos de generosidad, nos preocupamos por si la generosidad no llega a nosotros.

¿Quién corre riesgos? De los que merecen la pena, de los que tienen que ver con salir de uno mismo para interesarse por el otro. Me rodean algunas personas incapaces de ponerse en la piel del otro y, una vez más, me voy a ganar antipatías varias por no saber callarme. Pero es que yo no corro más riesgos que el de ser una bocazas, así que…

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