Yo también voté PSOE

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIREn 1993 cumplí 19 años y voté por primera vez. Al PSOE.

En 1996 ya tenía 23 y me pasé a Izquierda Unida.

En 2011 voté a Equo porque del PSOE era mejor ni hablar e Izquierda Unida llevaba años demostrándose incapaz de aglutinar una mayoría de izquierdas.

El año pasado, el mes pasado, voté a Podemos.

Mirado así, parece evidente que busco un gobierno de izquierda, sensible con los problemas sociales; un gobierno con el que me pueda identificar y en el que pueda creer. También busco la Felicidad con mayúsculas y la fórmula para adelgazar comiendo chocolate.

Anoche vio el programa que enlazo más abajo: La noche del Cambio, un capítulo de Ochéntame otra vez”, una serie documental de TVE, laudatoria, simplista, nostálgica y superficial. Nada de eso se me escapa. Este capítulo en concreto habla del PSOE (Ni es socialista, ni obrero, es español solamente. Hay que escuchar más a Krahe), de la victoria de González, del gasto en campaña, de la inversión en formación, de la orquestación de Alfonso Guerra… “Por el cambio”, decían. Y que a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió.

La verdad es que todo eso va calando a medida que pasan los minutos, salpicados con imágenes de mítines a rebosar, gente con pinta de hípster (que entonces no eran hípsters, eran modernos del montón, ya sabéis) abarrotando plazas, manifestaciones… Y declaraciones de entrevistados: Felipe acababa de cumplir 40 años, era un crío. Aquella era una juventud brillante, la primera vez que en el congreso entraban personas diferentes, con aspecto diferente.

Luego las imágenes de la victoria. 201 diputados, señoras y señores, una mayoría absoluta de españoles que salieron a la calle (Cristina Almeida se pilló un pedo de tres pares, según dice ella misma. Harían falta muchas Cristinas Almeidas, una por bloque de pisos o así) a celebrar ese cambio. Una señora lloraba porque la lucha había sido dura, larga y muchos compañeros no habían podido ver la victoria.

Todos esos millones de ciudadanos querían trabajo, vivienda y un cambio real en las instituciones.

A lo mejor nos suena de algo.

Luego resultó que los nuevos, los críos, los más brillantes que el arroz, dijeron Diego donde habían dicho Digo. Hicieron Diego a la chita callando donde había gritado Digo. Y nos dejaron huérfanos. Huérfanos de representantes, huérfanos de esperanza y de fe en el futuro. Porque hay una cosa que no se puede reprochar a la derecha española ni a ninguna otra derecha: quizá el PP haya mentido a los ciudadanos, pero nunca, jamás, ha traicionado sus principios. La izquierda española en cambio, la izquierda española con poder, ni fue socialista, ni obrera, ya lo decía más arriba.

Nos quedaban los sindicatos. Por lo menos parecía que nos quedaban los sindicatos, los representantes de los trabajadores, los que se preocuparían por nosotros (no sé cuanta de la gente que lee mi blog no es trabajadora, sospecho que poca), pero ha resultado que tampoco. Y esa traición, la que investigaba la jueza Alaya, nos dejó aún más huérfanos. Porque si antes ya no se gobernaba para nosotros, que somos la mayoría, ahora ya ni siquiera se nos defiende.

Y en estas estamos, sin gobierno y sin mucha traza de que se forme uno en breve. Hasta ayer pensaba que un acuerdo PSOE –Podemos quizá fuera la menos mala de las opciones. Hoy no, hoy creo que la única opción serían unas nuevas elecciones. Unas que se celebraran después de que todos los votantes de izquierdas vieran ese programita de ahí abajo y recordaran que una vez creyeron que se podía. Porque se podía.

Se pudo.

Y se puede.

Y ya veremos, dentro de muchos menos años que 34, si hay que volver a buscar alternativas nuevas. No es una cuestión de fe, es una cuestión de prueba y error. Pero que los errores sean nuevos, al menos. Al menos eso.

La noche del cambio

 

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