Puro amor: 1.- Paloma

por Alicia Pérez Gil

 

FEAT-ESCRIBIRPaloma vivió la epidemia con regocijo hasta el momento en que las noticias descubrieron que las muertes no se debían a ningún virus o enfermedad. Jaime Vals, el periodista más odiado del país, reveló que los estaba matando una epidemia de amor.

Las primeras víctimas públicas se contaron entre las personas más queridas del planeta. El príncipe William y Kate Middelton sumieron Gran Bretaña en un holocausto de pena y desconcierto mientras la reina Isabel seguía con vida. Carlos y Camila también murieron;  hecho que  proporcionó material de sobra a la prensa amarilla. En España, Belén Esteban nos dejó entre horribles dolores, adorada como era a unos niveles difícilmente superables. El que les habla agradece a sus detractores la inquina con que le han tratado hasta el momento y le anima a cultivar esa actitud.

Así que nadie quería a Paloma.

—Qué mala es la envidia, coño.

Paloma trabajaba como limpiadora. Se escaqueaba tanto como podía; se quedaba con pequeños objetos y, si los robos se descubrían, acusaba a sus compañeros. No pocos de ellos perdieron su puesto de trabajo. El resto no la hablaba. No tenía pareja, hijos ni ningún pariente. Sus vecinos la habían denunciado por no pagar las cuotas de la comunidad. Hasta los perros ladraban con rabia a su paso.

—Os jodéis, que yo estoy viva, imbéciles de mierda, blandos, cursis de los cojones.

Había sobrevivido y se escondía en el cuarto de las escobas. Al menos de momento. Se alimentaba gracias a las máquinas de vending de la planta. Quizá se pudiese decir de Paloma que era mala, pero nunca había sido tonta. Vaga sí, a conciencia. Por eso lo de terminar la escuela se había quedado en una idea. Sin embargo la cabeza le funcionaba a las mil maravillas y suponía, no sin cierta lógica, que si ella había sobrevivido porque nadie la quería, los que hubieran conservado la vida también tendrían lo suyo.

Se quedó allí encogida, bajo la estantería del papel higiénico, los brazos alrededor de las piernas, sujetándose las rodillas contra el pecho hasta que necesitó con urgencia ir al baño. El edificio sonaba a vacío.

—Puro amor —murmuró. Le crujieron las rodillas en cuanto se puso de pie.

Cuando se acercó al lavabo a enjuagarse las manos, el espejo le devolvió la imagen de una mujer gorda de grandes ojos azules y labios carnosos. La bata de la compañía de limpieza no solo no la favorecía, sino que la hacía parecer un tubo de pasta de dientes estrujado por la mitad. Necesitaba cambiar los zuecos por otra cosa, unas botas militares o algo así. Además se cortaría el pelo. Le encantaba su melena cobriza y brillante, pero sospechaba que el mundo ya no era un lugar apto para presumir.

—La hija de mi madre no se va a morir de asco aquí dentro —dijo. El eco la asustó, pero no lo suficiente.

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