Puro amor: 3.- Jaime

por Alicia Pérez Gil

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Al contrario que a Jaime, a Abel no le sorprendieron su propia supervivencia ni la de su hermano.  Jugaba con un cubo de Rubik; lo manoseaba con fruición hasta que el sudor y las uñas lo despojaban de todas sus pegatinas de colores. Entonces Jaime le proporcionaba uno nuevo. Cuando necesitaba orinar detenía la marcha, se aseguraba de que no había nadie presente y se arrimaba a alguna parte. Los quitamiedos de la autopista le servían tan bien como los árboles o las paredes de los clubs.

—Pero ¿para qué miras? ¿No ves que no hay nadie?

Jaime no contestaba. Dejaba el cubo a salvo del chorro y seguía a lo suyo.

—¿Y yo para qué te pregunto?

—Tengo hambre.

—Tengo hambre, tengo hambre, tengo hambre —remedó el hermano menor—. Y yo. Vamos dentro.

Abel no entraba en edificios desconocidos. Le gustaban las luces de neón pero, incluso de noche, Jaime no había conseguido que traspasara la puerta de ningún local. Su madre le había enseñado bien: no hablaba con extraños –aunque tampoco habían encontrado a nadie con quien hablar, al menos de momento-, no entraba en lugares sospechosos y no comía nada que no le resultase familiar. Lo único que no representaba un problema para el muchacho era el momento de evacuar.

—¿Aquí tampoco entras?

La silueta en rosa chillón de una mujer en cuclillas con las piernas abiertas y tacones afilados le ponía nerviosol, pero dentro habría agua, seguro. Y panchitos. Quizá aceitunas, cebolletas y pepinillos. La primera  vez que entró en uno de aquellos sitios se sorprendió de lo feos que eran. Con las luces encendidas, los espejos tras la barra sólo hacían más evidente el desgaste de los taburetes, las quemaduras en la piel sintética de los sillones y las manchas indescifrables del suelo. En todos olía raro.

—Pues espera.

Abel asintió. Jaime empujó la hoja metálica que conducía a una segunda hoja de cristal tras la que sonó una cortina de cuentas. El último en salir no había apagado, así que su propia imagen le sobresaltó desde la pared de enfrente: llevaba el pelo rubio pegado al cráneo. Siempre lo había detestado: liso y apagado, como el de una rata, le daba aspecto de pringado absoluto. La camiseta roja con el logo de la empresa paterna no ofrecía mejor aspecto. Ni los vaqueros torturados por la marcha. Se había limpiado el sudor de la frente y secado las manos en los fondillos y los muslos demasiadas veces.

—Y las babas de Jaime, tío. No te olvides de las babas.

Echó un vistazo alrededor y descubrió el mismo patrón por el que estaban cortados todos los clubes de chicas: botellas, muchas botellas, algunas mesas, un par de sofás y una puerta que comunicaba el bar con las habitaciones. No había cruzado ninguna. Todavía.

—No hace falta —dijo en voz alta— todo lo que necesito está aquí.

No encontró grandes boles de cristal llenos de frutos secos a la vista, así que tomó el lado del camarero. Las cámaras de refresco zumbaban como avisperos en el silencio casi absoluto. Buscó un abridor y se sirvió una coca cola helada. Cogió una botella de agua para Jaime y colocó otro par en la faja de supervivencia. La había sacado del armario de caza de su padre y se sentía muy orgulloso de ello.

Los aperitivos continuaban sin aparecer. Nada de tuppers de plástico de tamaño industrial por ninguna parte.

—Tacaños.

Creyó advertir que la puerta al final de la habitación, la que debía de llevar a la parte trasera, latía de impaciencia. Giró sobre sí mismo para no verla y casi se dio de bruces con un cartel dorado sobre el que destacaban unas letras negras: PRIVADO.

—Vale.

Llamó varias veces con los nudillos. No esperaba que nadie fuera a contestarle, pero aguzó el oído de todas formas. Si quedaba alguna chica, o algún cliente, al menos sabría que Jaime tenía educación. Esperó unos segundos y abrió.

Dentro todo estaba oscuro. Un olor a fruta pasada congestionó su nariz. Las naranjas y los limones que se usaban para los combinados, seguro. Buscó el interruptor con la mano. La pared, áspera, carecía de papel. Se arañó con algo metálico, el borde de una estantería, quizá. Cuando los ojos se le adaptaron a la penumbra distinguió un pequeño rectángulo apenas fluorescente tras una balda. La bombilla pelada del techo le descubrió un auténtico paraíso de cacahuetes, maíz tostado, pipas y gominolas. Cogió una bolsa enorme de pistachos, los preferidos de su hermano, y se dirigió a la salida.

Fuera, Jaime se esforzaba por despegar el último cuadrado de color verde de su cubo de Rubik. A sus pies yacía una mujer de largo pelo rojo atado en una cola de caballo. Vestía un chándal gris que había conocido tiempos mejores. Los mocos y las lágrimas no se habían secado aún sobre el labio superior ni sobre las mejillas del chico.

—Me tocó —dijo Abel— tiró el cubo negro sin mirar a dónde y estiró la mano ya libre hacia la comida.

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