Viajeros del Picoteórico, de Rafael Lindem: instrucciones de uso

por Alicia Pérez Gil

FEAT-LEERSeñoras, señores, tienen ante ustedes una novela poco común. Podría parecer que para leerla basta con separar la portada de la primera página, posar la vista sobre la primera palabra y continuar, de izquierda a derecha. Sin embargo eso, que sirve para casi todo lo escrito en occidente, no será suficiente para viajar al Picoteórico.

Antes de nada, señoras, háganse a la idea de que se han convertido en elegantes damas y que en las posaderas les ha crecido un polisón. Llévense la mano a la cabeza; eso que tocan son plumas; adornan su sombrero. Caballeros, tiren con delicadeza del pantalón antes de sentarse y aparten la cola del frac si no quieren presentar una apariencia astrosa.

Y, ahora sí, tomen el libro y obsérvenlo. En primer lugar admiren la ilustración de la portada. Encontrarán varias del mismo autor en el interior. Su nombre es Antonio Hernández y no lo hallarán en internet, así que disfruten de esta muestra de su talento ¿no les recuerda a nada? Es decir… ¿No les traslada a ningún tiempo pasado?

En ese caso comiencen la lectura. Se darán cuenta de que Viajeros del Picoteórico es una novela llena de palabras. De palabras poco usuales combinadas de manera desusada. Donde desusada no significa antigua ni rebuscada. Desusada significa que, lamentablemente, ha caído en desuso. Los reseñadores profesionales llaman a esto riqueza del lenguaje. Yo, que soy mucho más prosista, digo que es un lujazo y un recurso muy bien traído, que permite al Sr. Lindem manejar un humor inteligente; donde inteligente no significa complejo, sino ingenioso, chispeante y casi sobrio.

Sí, humor sobrio. Así están las cosas.

Viajeros del Picoteórico tiene un argumento de los aristotélicos: plantemiento-nudo-desenlace. No vayamos a reinventar la rueda, que si algo funciona, pues funciona. Lo bueno es que el planteamiento solo anuncia el desatino del nudo; un nudo lleno de mares musicales, desiertos temporales, vacíos judiciales y un pueblecito donde se comen cruasanes a la sombra de un tirano. A mí nadie me había dicho que esto era un libro de aventuras y ya ves. Cuatro contextos como cuatro soles, mucho sarcasmo apenas disfrazado y referencias, referencias por doquier. Será por la R y por la F: Rafael refiere referencias, no sé.

Es un libro tan bien escrito que da gusto leerlo, verdadero placer estético.  Yo creo que merece la pena,  aunque solo sea para saber de primera mano que el español no ha  muerto aunque nos empeñemos en ahogarlo con un uso limitado de sus posibilidades. Fíjate que en el capítulo final sale un Seat 600 y yo no me quito de la cabeza la imagen de un cacharro de esos que gira y tiene dibujos y si miras por una rendija ves una peli animada. Uno de esos cuyo nombre Rafael Lindem conocerá, casi seguro.

Leedlo.

 

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