Puro amor 4: Armas de destrucción masiva. Irene.

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIR

Primer capítulo

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No podía evitarlo. Desde pequeña los demás habían abusado de ella. Se encariñaba con todo el mundo por los motivos más absurdos.  El primer día de preescolar la cogió con otra niña, Patricia se llamaba. Una cría hostil, antipática y fea. Porque hay niños feos por mucho que las madres se nieguen a verlo. Patricia era fea, maliciosa y taimada. Tardó nada y menos en averiguar que Irene era material defectuoso. Al principio no entendía por qué la seguía a todas partes ofreciéndole su pegote de plastilina. En cuanto lo comprendió se hizo con un alijo de ceras, cartulinas, purpurina y juguetes. Irene haría lo que fuera por amor.

Patricia quedó sepultada en el recuerdo. Sus padres se mudaron por motivos de trabajo así que, al empezar primaria, Irene escogió un segundo objeto para su amor: Iván vivía justo encima de ella, las dos familias se llevaban bien, celebraban los cumpleaños juntos… resultaba perfecto como amigo inseparable. Además compartían cierta incapacidad para los trabajos manuales y las relaciones sociales. Irene permitía que copiara sus exámenes. La relación se mantuvo firme como una roca hasta la universidad. Iván estudiaría fuera, Irene lo haría en la facultad de ciencias más cercana. No hubo correspondencia. En cambio conoció a mucha gente, toda encantadora. Pablo, Domingo, Chema, Feli, Charo y los chicos de Sin Fronteras enseñaron a Irene a canalizar su amor hacia la humanidad al completo.  También la enseñaron a compartir sin esperar nada a cambio, le permitían asistir a clases y prestarles luego los apuntes. Le permitían dejarles dinero y mostrarle su amor tomándolo como un regalo. Irene se sentía afortunada, llena. Su razón de ser radicaba en la acción de dar. Su felicidad anidaba en la generosidad y el amor.

Cuando la epidemia se disparó, Irene contó tantas víctimas como conocidos tenía. Enseguida asumió dos cosas: que era una persona capaz de amar ilimitadamente y que nadie la había amado a ella.

Con su media melena rubia, su labio leporino y su figura de modelo supo lo que debía hacer casi de inmediato.

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