Rescatado de 2012: Historias de la mudanza

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIR

Porque todos sabemos que mi oficina parece Kosovo en mala época ahora que han trasladado mi planta a la planta de abajo mientras hacen una estupenda reforma que no sé lo que costará. Hoy he visto que han levantado el criadero de ácaros que teníamos bajo los pies. Lo van a cambiar por un nuevo criadero de ácaros. Darán mucha calidez, las moquetas, pero yo no las veo, la verdad.

 

Bueno, pues en mi planta actual nos han apiñado como a ácaros en moqueta. Las mesas provisionales que tenemos son más pequeñas que las nuestras, convivimos a duras penas, sin armarios suficientes, con la documentación necesaria en cajas apiladas por todas partes, hay más polvo en suspensión que en Gran Hermano y nadie sabe dónde está nada.

 

En estas circunstancias una compañera nos ha pedido cajas de archivo definitivo. Y digo nos porque la oscura mano que controla el material de oficina es la mía. Sí: yo soy la Reina Roja del Post-it. Dudoso privilegio el mío que me coloca en la tesitura de observar comportamientos inexplicables.

 

O sea, que nos piden las cajas. Y resulta que no tenemos. Lógico puesto que con la cosa de trasladar el menor número de cajas posible  la gente se puso la semana pasada a archivar como loca. Yo traslado la noticia: no hay cajas. Hay que esperar a que mi consorte, el Rey del Post-it, haga el pedido.

 

El día transcurre (de hecho sigue transcurriendo. Sólo son las cuatro y media de la tarde) apaciblemente. Con la cosa del puente somos pocos en la oficina. Yo me levanto de mi silla porque tengo que hacer mis cosas de secretaria itinerante y descubro que en una esquinita, agrupaditas muy discretamente, hay unas cien cajas de archivo definitivo. Cien unidades suponen unos 4 paquetes intactos. Y contenta, cual secre naif y predispuesta al servicio, me voy a ver a mi compi y le digo: ¡Anda, mira! Aquí hay cajas.

 

Entonces la trama se oscurece. Mi compañera se acerca despacio, un aura ominosa la rodea (que para eso es un aura) y cuando ya ha invadido mi espacio mínimo intercomunicacional, mira por encima de su hombro, me aleja unos pasos y me dice:

 

– Es que esas son de otro departamento.

 

Y yo abro los ojos como platos, a lo que ella me explica que sí, que así se quedó ella cuando el día anterior le dijeron que no los cogiera porque el dpto. de tal los había pedido exclusivamente para ellos.

 

Claro, que llueve sobre mojado. El día del zafarrancho cajil no sé cuantas veces tuve que declarar en voz alta y clara que las cajas eran para todos, que llegarían más cajas y que la cinta de embalar la centralizaba yo. Había bastado un plazo de 48 horas para que se desarrollase un mercado negro de material de mudanza. Y tras el periodo de escasez provocado por la acumulación irracional de cinta de embalar y cajas de cartón, hice una redada por las mesas vacías y tengo en mi cajón, preparadas para tirárselas a quien sea a la cabeza cuando nos toque volver a la planta de arriba, ni más ni menos que 6 rollos de cinta.

 

Y yo me pregunto: Si hacemos esto en un ecosistema en el que convivimos 50 personas apretadas, incómodas, que la única oportunidad que tienen de pasar un poco mejor las ocho horas de convivencia diaria mínima a la que están obligadas es colaborar en lo posible a que las cosas rueden ¿qué haríamos en un campo de concentración?

 

Seré una exagerada (sí, SOY una exagerada), pero creo que este es el germen que aprovechó la Inquisición para promocionar el sistema de delación para iniciar los procesos por herejía. Exactamente el mismo sistema por el que los alemanes le largaban a la Gestapo dónde se escondían los judíos, o el que funcionó tan bien en nuestra guerra civil para que unos vecinos denunciasen a otros.

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