Las cosas buenas que me pasan y por qué: curso acelerado de felicidad en lata

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIRÚltimamente, escribía hace minuto y medio en mi FB, me pasan muchas cosas buenas. Pero no es cierto. La verdad es que hace poco que me pasan muchas personas buenas.

Veréis, lo de las personas buenas y yo es un poco como… Veamos, necesito un buen símil aquí. Es como correr, como el deporte en general.

Procedo a explicarme.

Detesto hacer deporte. La sola idea me sube los índices de pereza hasta límites inalcanzables. Si sumara los metros que sube mi pereza cada vez que pienso en salir a correr, escalaría todos los ochomiles sin moverme del sillón. De todas formas, salgo a correr. La consecuencia es que termino agotada pero satisfecha. Además, las endorfinas se ponen a hacer sus cosas de endorfinas y me siento bien. Eso no es óbice para que al día siguiente mi pereza vuelva por sus fueros y el deporte se convierta en mi enemigo número uno.

Esto es así porque nunca fui buena deportista. En cambio he sido educada (con el método del premio como refuerzo) para hacer solo cosas que se me den bien, así que el deporte quedó clasificado en el cajón del “mejor no”. Además, el deporte no me llevaría a ningún sitio, no haría de mí una persona de provecho.

Porque yo DEBÍA ser una persona de provecho.

Con las personas ha pasado algo parecido. No se me han dado nunca especialmente bien. Vengo de una adolescencia tan compleja como la de cualquiera, aderezada con la creencia –inculcada a hierro candente- de que yo era mejor que los demás. En fin, la formulación era otra, era que los demás no eran buenos para mí. Amigos de la infancia que se convertían en malas influencias,  amigas de adolescencia que parecían pobres, amigas de facultad que eran malas, simplemente malas.

Son muchos años, 40 más o menos, asumiendo como cierto que la gente es mala. Pero no mala en general: la gente es mala para mí.

Uno acepta las enseñanzas tempranas sin filtro y descubrir las mentiras no es fácil. De hecho es tan difícil que se necesitan muchas pruebas y muchos cabezazos contra la pared. Las enseñanzas tóxicas tienen la mala costumbre y sorprendente habilidad de transformar el mundo en lo que ellas quieren que sea, de manera que retuercen tu cerebro para que vea maldad donde no la hay (por ejemplo). Pero el cerebro es listo, lento pero listo. Su método de defensa es avisarte de que algo no encaja. En mi caso lo hace provocándome un sentimiento de incomodidad tan intenso que no puedo dejar de prestarle atención. Esto lleva al odio de uno mismo y el odio al lado oscuro y lado oscuro a la soledad.

Parecería sencillo, con estos mimbres, desterrar a las creencias tóxicas de la mente, pero no lo es. Porque esas creencias, esas ideas fijadas por aquellas personas  que asumimos que nos quieren (hola papá, hola mamá) tienden a la indelebilidad. Y solemos decidir que lo aprendido es más cierto y/o más correcto que lo sentido.

Existen las catarsis y las eclosiones. Supongo que también existe la gente que se da cuenta de estas cosas por sí misma, pero no pertenezco al grupo. Yo funciono a porrazos, en secreto los llamo epifanías, que queda más elegante y mucho menos garrulo. Tras mi última eclosión (tras el último hecho que ha manifestado la falsedad de la idea  ”la gente es mala y fea y no me merece”), convergen a mi alrededor un montón de personas que siempre estuvieron ahí y que me tratan bien. Sin esperar nada a cambio, hoygan.

Increíble.

Así que sí, hace unas semanas, pocas, que me rodean buenas personas pero solo porque yo dejo que se me acerquen.

Curiosamente también me cuesta menos salir a correr.

El siguiente paso es más duro, es ver que también yo soy una persona buena, una persona “Avecrem”, que no solo cuece, sino que enriquece. Una de las que suman y no de las que restan.

Bueno, la moraleja es:  revisad, por favor, vuestras creencias, vuestras ideas y vuestras emociones más enquistadas. No sea que os creías que no os gusta el chocolate y resulte que os encanta.

No hay nada peor que no disfrutar del chocolate por error.

 

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